Los recuerdos que agradezco

Los recuerdos que agradezco

Recuerdo que en mis años de infancia en Estados Unidos, el Día de Acción de Gracias era una fecha que esperaba con casi las mismas ansias que la Navidad. Me encantaba el otoño, con sus fuertes contrastes de marrones y dorados, anaranjados y violáceos de los árboles de hojas caducas del valle de Ohio, que irrumpían en alabanzas de gratitud a Dios por el cálido verano que acaba de obsequiarles. Un último testimonio de la gloria de Dios antes de despojarse de sus hojas y dejarlas caer para abonar la tierra.

Me encantaba ver los almiares en los campos y el cuerno de la abundancia con su plétora de bienes y visiones de prosperidad. Con todo, lo que más me gustaba era el viaje a la casa de la abuela y el clima de alegría que se creaba mientras el abuelo cortaba el pavo y llamaban a todos los tíos, tías y primos para que tomaran su lugar a la mesa.

Los pequeños inclinábamos respetuosos la cabeza mientras el abuelo agradecía reverentemente a Dios por la comida y un año más de abundante provisión, tras lo cual todos aguardaban con la mayor paciencia posible hasta que sirvieran y pasaran los platos. Yo no le quitaba el ojo a la gran fuente de relleno de pavo, especialidad de la abuela.

Si bien en muchos países se celebra un día de acción de gracias, en Estados Unidos esa fecha cae el cuarto jueves de noviembre. Fueron los primeros colonos los que dieron origen al Día de Acción de Gracias, el cual celebraron después de su primera cosecha en el nuevo mundo. Se estableció como feriado nacional en 1863, cuando el presidente Abraham Lincoln proclamó un día nacional de «gratitud y alabanza a nuestro benéfico Padre que mora en los Cielos».

Espero que la gente que celebra el Día de Acción de Gracias en estos tiempos modernos se acuerde de Aquel de quien fluyen todos los bienes. Aunque es fantástico que se fije una fecha al año para dar gracias, la Biblia nos insta a los hijos de Dios a hacerlo en todo momento y en toda circunstancia, no solamente una vez al año.1

Ha pasado ya mucho tiempo desde que era un niño sentadito a la mesa de mi abuela pidiendo repetir aquel relleno. Las cosas por las que estoy más agradecido hoy en día son la buena salud, una mujer amorosa y simplemente un día más de vida para servir a nuestro «benéfico Padre que mora en los cielos».

1. V. 1 Tesalonicenses 5:18.

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Andrew Heart

Andrew Heart y su mujer, Ana, se desempeñan como misioneros desde hace casi cinco décadas.

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