¿Qué motiva la alabanza?

¿Qué motiva la alabanza?

La alabanza consiste en expresarle a Dios, ya mentalmente, ya con palabras, ya cantando, cuánto lo amamos y apreciamos. También podemos alabarlo con nuestros gestos, por ejemplo levantando las manos hacia el cielo.

¿Alguna vez te has planteado qué sentido tiene alabar a Dios? ¿Por qué desea o necesita nuestras alabanzas un Dios omnipotente? ¿Acaso las aprecia? Basándome en la sencilla verdad de que estamos hechos a Su imagen y semejanza (Génesis 1:27), estoy convencido de que sí. A nosotros nos encanta que nos aprecien, y dado que Dios nos creó a imagen Suya, sin duda debe de disfrutar de la gratitud y el aprecio tanto como nosotros, ¿no te parece?

La Biblia habla mucho de alabar a Dios. Solamente en el Antiguo Testamento hay 222 referencias a la alabanza. En casi todos los casos se trata de un acto espontáneo, como cuando el rey David alaba a Dios por Su poder y bondad en el libro de los Salmos.

La alabanza es algo que hacemos de buen grado, como cuando le damos las gracias a alguien que nos ha hecho un obsequio. La persona que nos ha hecho el regalo no debería tener que decirnos: «¡Dame las gracias!» La gratitud debería brotarnos espontáneamente.

Lo alabamos porque nos escucha y nos responde.

«Te alabaré porque me has oído y me fuiste por salvación» (Salmo 118:21).

Aunque Dios nos escucha siempre que rezamos, pareciera que el aprecio que le tenemos aumenta cuando nos saca de una situación difícil. Un caso así tuvo lugar en la ciudad de Basilea (Suiza) en 1815.

Napoleón acababa de escapar del exilio en la isla de Elba. En cuanto llegó a Francia, reagrupó su ejército y reanudó su campaña para conquistar Europa. Camino de Bélgica, sus fuerzas se vieron obligadas a pasar por la ciudad de Basilea. Uno de sus generales, Barbanègre, había sitiado la ciudad y amenazaba con arrasarla si no capitulaba.

Un grupo de cristianos de la ciudad convenció a las autoridades para que dieran a Dios ocasión de obrar. Rezaron afanosamente para que interviniera en su favor y le dieron las gracias de antemano, prometiéndole fundar un seminario para formar misioneros una vez que los librara.

Enseguida llegaron tropas rusas y húngaras que atacaron a los franceses. Luego una tormenta repentina hizo que los cañones franceses quedaran empantanados en el fango. Al general Barbanègre no le quedó más remedio que rendirse, y Basilea se salvó.

Dado que Dios escuchó y respondió sus oraciones en su hora de mayor necesidad, el pueblo de Basilea cumplió su promesa y expresó su gratitud formando cientos de voluntarios cristianos y enviándolos a las misiones de todo el mundo, cosa que todavía hace hasta el día de hoy.

Lo alabamos porque es bueno.

«Alabad al Señor, porque Él es bueno» (Salmo 135:3). «Alabaré Tu nombre por Tu misericordia y Tu fidelidad» (Salmo 138:2).

Es fantástico —¿no crees?— tener un Dios bondadoso que nos ama y nos perdona todas nuestras faltas y pecados. ¿Y no consideras estupendo que Dios nos revele tanta verdad para ayudarnos a disfrutar plenamente de la vida? De verdad que estaríamos perdidos sin Él. ¿Cómo no vamos a mostrarnos agradecidos? La siguiente anécdota lo ilustra muy bien:

Un juez hindú y un general británico realizaban un viaje juntos por la India. En una ocasión en que se detuvieron a descansar, observaron a varias mujeres cristianas que cuidaban de unos leprosos. El juez quedó hondamente impresionado por el amor y el interés que les manifestaban, pero no lograba entender por qué arriesgaban su salud y su felicidad por el bien de aquellos parias.

—¿Por qué cree usted que lo hacen? —preguntó el juez.

—Porque están agradecidas —respondió el general.

—¿Agradecidas? ¿Qué han hecho esos pobres leprosos por ellas?

—Se lo explicaré contándole otro caso —dijo el general—. Una vez conocí a un hombre que estaba en graves aprietos económicos. Si no cancelaba sus deudas en dos días, iban a rematar su casa y todos sus bienes para pagar a sus acreedores y se iba a quedar en la calle. Sin embargo, un bondadoso desconocido pagó sus deudas y lo salvó de la ruina.

—¿Y quién fue ese benefactor? —preguntó el juez.

El general sonrió. Lo habían descubierto.

—Tuve que ayudarlo —explicó—. Es que hace años me sucedió  algo muy similar y alguien pagó mi deuda. Siempre estaré agradecido por ello, y eso me mueve a prestar ayuda a los demás. De igual manera, estamos agradecidos a Jesucristo, nuestro Salvador, que saldó nuestras deudas y nos libró de la muerte. Esas mujeres sienten lo mismo que yo. Tienen un solo motivo para ayudar a los leprosos: expresar su gratitud a Aquel que pagó todas sus deudas.

Lo alabamos porque Sus obras son portentosas.

«Te alabaré; porque formidables, maravillosas son Tus obras; estoy maravillado, y mi alma lo sabe muy bien» (Salmo 139:14). «Señor, Tú eres mi Dios; te exaltaré, alabaré Tu nombre, porque has hecho maravillas» (Isaías 25:1).

En cierta ocasión, estando de visita en casa de mis padres, encontré una composición mía que había hecho cuando cursaba la escuela primaria. Se titulaba: «¿Qué haría si supiera que mañana iba a quedar ciego?» Mi respuesta fue que iría al bosque a admirar la naturaleza. Gozaría todo lo que pudiera de ella en mi último día con vista. Dado lo maravillosa, fascinante e impresionante que es la creación divina, ¿cuántas veces nos detenemos a darle gracias a Dios por ella, o por el don de la vista, como el hombre del siguiente relato?

Un grupo de personas se encontraba en un centro turístico de montaña contemplando la puesta de sol desde un ventanal del salón. Un hombre corpulento de aspecto algo tosco se quedó mirando hasta que se desvanecieron los últimos vestigios de luz. Parecía arrobado con la belleza imponente del espectáculo.

Más tarde, uno de los turistas, más observador que los demás, le dijo:

—Disfrutó mucho de la puesta de sol. ¿Es usted pintor?

—No, soy plomero —dijo el hombre con un esbozo de sonrisa—; pero estuve ciego cinco años.

Existen muchos otros motivos para alabar a Dios. Uno de ellos, nada despreciable, es que nuestra relación con Él se vuelve así más profunda. Pruébalo, te convencerás de la eficacia de la alabanza.

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Curtis Peter van Gorder

Curtis Peter van Gorder

Curtis Peter van Gorder es escritor, facilitador y mimo. Vive en Alemania. V. el sitio web Elixir Mime.

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