Si yo fuera Dios

Si yo fuera Dios

No son pocas las veces en que he deseado tener camionadas de dinero para poder ayudar a la gente. Conozco a muchas personas que precisan recursos económicos para suplir una u otra carencia, y sería fabuloso contar con medios para prestarles ayuda. Sueño con el día en que pueda pasarles fajos de billetes a mis amigos y familiares —y a otras personas— y disfrutar observando cómo se alivian sus cargas económicas y gozan de la vida sin las presiones de las dificultades monetarias. Por ahora, no cuento con dichos medios.

Aunque todavía albergo la esperanza de convertirme en esa clase de benefactor, me he dado cuenta de que no me corresponde hacer el papel de Dios.

Ahora bien, eso no significa que Él y nosotros no podamos ser socios, a fin de que Él tenga oportunidad de demostrar lo bondadoso, amoroso y pródigo que es. De todos modos, nosotros, como mucho, siempre seremos socios minoritarios. Digamos que tenemos voto, pero la decisión no es nuestra. Dios tiene Su plan y sabe lo que desea lograr en la vida de cada individuo y cada familia, así como a través de ellos.

Estuve repasando los numerosos milagros que obró Jesús en Su paso por este mundo, y el único que encontré ligeramente relacionado con el dinero fue cuando los discípulos tuvieron que pagar un impuesto. Jesús mandó a Pedro a atrapar un pez, y resulta que en la boca este tenía una moneda que alcanzó para pagar el tributo1. Aun en ese caso, sin embargo, solo sirvió para satisfacer una necesidad puntual; no se multiplicó como los panes y los peces. He llegado a la conclusión de que por muy predispuesto que esté yoa preocuparme por el dinero, no creo que a Dios le preocupe en absoluto.

Con dinero se logran muchas cosas, pero no se compra la felicidad. Estudios recientes revelan que el respeto y el aprecio son factores que contribuyen mucho más a la felicidad que el dinero, el prestigio o la posición social. Una vez cubiertas las necesidades básicas, la felicidad se estabiliza; de ahí en más, ganar más dinero no aumenta la sensación de satisfacción. Pues si el respeto y el aprecio de la gente contribuyen a nuestra felicidad, ¿no crees que el aprecio y el amor que siente Dios por nosotros debieran producirnos enorme dicha?

Lo cierto es que así es. El salmista escribió: «¡Dichoso el pueblo cuyo Dios es el Señor!»2 No se trata de una afirmación gratuita, sino de una fórmula para ser feliz. Cuando estamos bien con Dios, somos felices.

Volviendo al tema de si yo fuera Dios: Aunque todavía tengo el anhelo de socorrer a los demás con grandes sumas de dinero, debo recordar que eso no siempre es lo más idóneo para esas personas. Solo Dios conoce a fondo su situación, y es mejor que yo me haga a un lado y le deje cumplir Su papel.

1. V. Mateo 17:24–27
2. Salmo 144:15 (NVI)
Phillip Lynch

Phillip Lynch

Phillip Lynch es escritor, nacido en Nueva Zelanda y actualmente residente en el Canadá. También ha redactado diversos artículos y libros con el seudónimo de Scott MacGregor.

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