Oración

Tres aprendizajes

Comenzó una mañana cuando tuve un desacuerdo con mi esposa por algo que ella había dicho. Fue durante una temporada difícil en que yo andaba irritable y no hacía más que ver defectos en todas las personas de mi entorno. Estaba a punto de replicarle en duros términos cuando, con las palabras ya a flor de labios, me detuve y decidí orar para ver si era prudente decirlo. La respuesta fue un categórico no. En mi mente todo sucedió en un instante, pero eso dio inicio a una reacción en cadena que me llevó a enfocar las cosas de otra manera.

Lavando platos con Jesús

Algunos de los momentos más trascendentales que he pasado con Dios fueron cuando tenía las manos sumergidas en el agua con jabón donde lavo la vajilla. Desde hace años tengo el hábito de comenzar la mañana con oración y una lectura devocional. Pero el tiempo inapelablemente pasa, y al llegar cierta hora tengo que levantarme y meterme de lleno en la jornada con la sensación de que no he terminado del todo. Viene al caso una paráfrasis de un viejo himno góspel: «Con Él encantada estoy, pero en torno ya el día comienza»1.

Como la fragancia de una vela

Hay versículos de la Biblia con los que he tenido dificultades. Uno de ellos es: «Oren sin cesar»1. Pienso con frecuencia en esa exhortación, y me ha servido para entender la importancia de orar. Rezo mucho, pero debo confesar que no lo hago sin cesar, así que a menudo me he sentido culpable por no hacerlo lo suficiente.

Dos minutos

Suele resultarme difícil encontrar tiempo para orar. Si bien mi mujer y yo rezamos juntos todas las mañanas y antes de acostarnos, muchas veces desaprovecho las oportunidades que tengo de hablar un rato con Jesús a lo largo del día, sobre todo cuando surgen situaciones inesperadas. Sé que necesito orar, pero me resulta difícil, me cuesta un mundo apartar tiempo para la oración.

Una receta saludable

La oración en muchos casos se asemeja a la elaboración del pan: hay que mezclar los ingredientes, amasar, dejar leudar la masa y finalmente hornear el pan.

Primer paso: Mezclar los ingredientes. Al hacer pan, uno no echa en un recipiente cantidad de ingredientes al azar con la esperanza de que salga una barra de pan. Para conseguir algo medianamente comestible, hay que poner ciertos ingredientes bien específicos.

Pedir, buscar, llamar

El capítulo 7 de Mateo, el último del Sermón del Monte, contiene una serie de sucintas declaraciones que develan importantes preceptos para los creyentes. Se retoma la cuestión de la oración sobre la base de lo ya expuesto anteriormente en el Sermón: que no debemos rezar como los hipócritas que aspiran a ser vistos por los demás1, ni como los paganos, que se explayan interminablemente pensando que sus oraciones obtendrán respuesta si las repiten una y otra vez2; sino orar con la confianza de que nuestro Padre nos ama y vela por nosotros3.

El tapón de corcho y la barra de acero

La Biblia enseña que «la oración del justo es poderosa y eficaz»1. Así y todo, la mayoría probablemente hemos dudado en algún momento de la eficacia de nuestras oraciones, sobre todo si llevamos largo tiempo rezando con ardor y perseverancia por cierta situación que aún no presenta visos de resolverse.

Almuerzos de oración

Cuando estaba en el segundo semestre de mi primer año de universidad, algunos compañeros de curso cristianos tuvimos la sensación de que nuestra fe iba quedando ahogada por nuestros estudios, amigos, clubes y pasatiempos. No queríamos que terminara siendo un interés al que dedicáramos un poquito de tiempo los fines de semana y que luego dejáramos de lado para volver los lunes al emocionante trajín y las aventuras de la vida universitaria. El problema se agravaba por el hecho de que muchos vivíamos lejos de las iglesias y grupos a los que estábamos habituados, y otros se hospedaban con familiares que no eran creyentes.

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