El rompecabezas

El rompecabezas

Los rompecabezas —desde los de madera o goma para niños pequeños hasta los más intrincados de 10.000 piezas o los tridimensionales— son muy eficaces para el desarrollo de habilidades de resolución de problemas, aparte de constituir un agradable pasatiempo para personas de cualquier edad.

Cuando yo tenía 11 años me fascinaban los rompecabezas. Mi madre y yo, para relajarnos, armábamos juntas en la mesa de la cocina rompecabezas cada vez más complejos. Cuando llegaba la hora de comer, cubríamos el rompecabezas con un mantel; después lo retirábamos y nos poníamos otra vez a buscar las piezas faltantes.

Aunque hace ya mucho que no tengo tiempo de armar un rompecabezas de los grandes, mi hijo de dos años ya está aprendiendo a hacer los más sencillos. Yo, con una sola mirada, ya sé dónde va cada pieza. En cambio, a mi pequeño a veces le cuesta averiguar dónde encaja la que tiene en la mano. Cuando se traba y se empieza a exasperar, me pide ayuda, y yo le doy una indicación o una pista. A la larga descubre dónde va cada pieza y se queda contento. Me encanta la mirada de satisfacción que tiene cuando logra terminar el rompecabezas.

A veces nos enfrentamos a situaciones complicadas que parecen no tener salida. Suele ser en esas ocasiones cuando nos damos cuenta de que recurrir a la oración es la mejor opción de que disponemos. Como si fuéramos niños, nos empeñamos en entender y resolver por nuestra cuenta una situación muy enredada, cuando Dios está más que dispuesto a ayudarnos.

Al igual que cualquier padre, Dios disfruta ayudándonos a armar el rompecabezas de la vida. Él goza de una posición estratégica y ve dónde cuadra cada pieza y cuál es la siguiente que hay que poner. No nos arma el rompecabezas —así no aprenderíamos mucho—; pero cuando nos trabamos, nos da pistas. Lo va montando con nosotros pieza por pieza, y poco a poco va apareciendo la imagen.

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Dios sabe lo que necesitamos aún antes que se lo pidamos(Mateo 6:8). No obstante, por lo general espera a que le presentemos nuestras peticiones. A veces la soberbia y la autosuficiencia nos impiden solicitar ayuda de Dios. No acudimos a Él porque nos cuesta admitir que ignoramos la solución. Nos empeñamos en descubrirla solitos hasta que llegamos a un punto de desesperación, cuando en realidad si se la pidiéramos, Él nos la daría. Lo mejor, entonces, es seguir esta consigna: «Yo no sabré la solución para todo, pero conozco al solucionador». Dios es la solución.—David Brandt Berg

Jewel Roque

Jewel Roque

Jewel Roque vivió 12 años en la India, donde realizó labores sociales y de consejería cristiana. En el 2010 regresó a California con su marido, Solomon, y sus tres hijos de corta edad. En la actualidad estudia y se desempeña como escritora y correctora independiente.

 

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