A veces no se requiere un milagro

A veces no se requiere un milagro

No soy ciudadana de los Estados Unidos de América por nacimiento. Ganarme el derecho a vivir aquí fue todo un proceso. Tuve que llenar pilas de formularios, pasarme horas al teléfono con funcionarios, pagar una suma considerable, registrar mis huellas digitales y acudir a una entrevista para determinar si reunía los requisitos para obtener la residencia. Y ¡yupi, lo conseguí! ¡Estaba tan contenta!

Ahora salgo y entro libremente. Cuando abordo un vuelo para ir a otro país, no tengo que preocuparme de que al regreso me vayan a negar la entrada. Enseño mi tarjetita verde y con ello demuestro que tengo derecho a estar aquí. Eso significa mucho para mí, porque hubo una época en que no tenía green card a pesar de que mi marido y mis hijos son estadounidenses.

¿Qué hice para conseguirla? Me llevó un buen tiempo. Tuve que seguir todas las instrucciones y pasarme horas al teléfono hablando con funcionarios de inmigración que me explicaban los complicados formularios y requisitos. El día de la entrevista estaba un poco nerviosa. ¿Qué pasaría si por algún curioso motivo me negaban la solicitud? Cuando me puse a pensar en ello y orar, me di cuenta de que había hecho todos los trámites necesarios, había cumplido todos los requisitos, y no había motivo alguno para que me negaran la solicitud. Podía acudir a la entrevista con total confianza porque había hecho mi tarea.

Por supuesto que le rogué a Dios que se aprobara mi solicitud; pero no le pedí un milagro. Durante todo el proceso de inmigración, habría sido una insensatez de mi parte haber contado con un milagro sin realizar diligentemente todos los trámites del caso, para luego rogarle a Dios que interviniera sobrenaturalmente en el momento de la entrevista.

Tal vez sea porque soy madre y sé lo que es que los pequeños vengan a mí con sus pedidos todo el día:

—¿Me puedes dar un vaso de agua?

—Sí, podría. Pero tienes siete años y puedes servírtelo tú misma.

Creo que a veces Dios se siente igual cuando le pedimos cosas que podemos resolver perfectamente nosotros mismos.

Puede que mi hija de siete años necesite algún consejo para no pillarse los dedos con la puerta del armario o para limpiar lo que ensucia; pero no me cabe duda de que es capaz de servirse un vaso de agua, y yo dejo que ella misma lo haga. Si estuviera enferma o le doliera algo, sería distinto; pero en general espero que ella deje lo que está haciendo y vaya a buscar por su cuenta lo que necesita.

La Biblia relata muchos episodios en los que Dios dejó que la gente hiciera lo que estaba a su alcance antes de intervenir Él para llevar a cabo lo que nadie más podía hacer. Si bien salvó a Noé y a su familia del Diluvio, le mandó a este construir el arca. Aunque proveyó milagrosamente maná para los hijos de Israel, ellos debían recogerlo cada día. Jesús resucitó a Lázaro, pero antes pidió a los presentes que hicieran rodar la piedra que tapaba la entrada de la tumba.

Cuando Jesús multiplicó los panes y los peces, probablemente habría podido hacerlo sin la cesta que le entregaron con cinco panes y dos pescaditos. Hasta podría haber dispuesto que la comida simplemente apareciera en la mano de cada persona de aquella muchedumbre, en lugar de pedir a Sus discípulos que la repartieran. Sin embargo, dejó que cada uno hiciera su parte. Cuando has hecho lo que te corresponde, puedes tener la expectativa y confianza de que Dios hará Su parte conforme a Su voluntad.

En cada uno de esos casos, no había más remedio: se requería un milagro. Hay también ocasiones en que no se necesitan milagros. Simplemente hay que ser diligente. El desenlace depende de nosotros, por así decirlo.

Con esto no pretendo decir que no debas rezar, sino que no esperes que Dios haga lo que es tu deber. Si has hecho lo que debías y podías, puedes proceder con confianza. Así como los ciudadanos de un país tienen ciertos derechos, también los tenemos quienes nos acogemos a nuestra ciudadanía celestial. En la medida en que cumplimos los requisitos, obtenemos derechos y privilegios. Y los de un hijo de Dios son sensacionales.

Mara Hodler

Mara Hodler es escritora independiente. Este artículo es una adaptación de un podcast transmitido en Just1Thing, portal de internet de formación cristiana para jóvenes.

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