Experiencias navideñas

Nochebuena compartida

Era Nochebuena. Andaba con prisas para terminar pronto de trabajar y prepararme para la velada que iba a pasar con mi familia y amigos, cuando de repente sonó el teléfono. Respondí con impaciencia:

—Sí, dígame.

El reloj de arena

Cuando me dirigí a mi escritorio por la mañana en la víspera de Navidad descubrí que nuestro apreciado reloj de arena se había quebrado. Lo boté a la basura, aunque luego lo volví a tomar para sacarle una última y nostálgica foto.

El regalo

La Navidad es comparable a un regalo, un magnífico obsequio. Dios es quien lo hace, y los beneficiados somos nosotros, cada persona del planeta. La analogía se basa en uno de los versículos más conocidos y citados de la Biblia, Juan 3:16: «De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a Su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna».

Sola en Navidad

Estaba evitando a toda costa pensar en la Navidad. Me horrorizaba cómo me iba a sentir cuando llegara el día, y esperaba contra toda esperanza que se apareciera un ángel y lo solucionara todo. Hasta intenté convencerme de que era una fecha como cualquier otra, nada del otro mundo, imaginándome que así se disiparía mi soledad. Pero no había escapatoria: el ambiente navideño me rodeaba por todas partes, y estaba sola. No tenía a nadie con quien hablar y reír, nadie que me deseara «Feliz Navidad». Estaba cada vez más deprimida. Eso era lo que más me aterraba.

Temporada de milagros

Hace varios años estuve viviendo y trabajando en un pequeño centro de voluntariado del sur de Rusia. Una semana antes de Navidad, una tormenta de nieve rompió la principal línea eléctrica de la región. Nadie sabía cuánto duraría el apagón. Los técnicos debían esperar a que amainara el temporal para subir a las montañas a arreglar la avería.

Nuestra mejor Navidad

El año en que contábamos con menos dinero para gastar terminamos pasando la mejor Navidad de todas. Habíamos llegado poco antes a un nuevo país y en la mudanza habíamos tenido que dejar atrás todos los adornos navideños. Yo no sabía cómo decorar la casa, sobre todo teniendo en cuenta que nuestros recursos económicos eran escasos y teníamos que hacer frente a gastos adicionales para instalarnos. Felizmente, un fin de semana de otoño en que salimos a dar un paseo por un pinar, a mis hijos se les ocurrió juntar las piñas que habían caído de los árboles y elaborar con ellas adornos navideños. Nos pusimos manos a la obra enseguida y para el atardecer habíamos llenado una bolsa grande.

Mil y un regalos para Jesús

La Navidad pasada no tuvo en ningún momento esa chispa mágica que suele tener. Me molestó todo el espíritu comercial que contamina nuestra ciudad desde meses antes. Entre los avisos llamativos de las revistas y la sensación de que yo no tenía mucho que ofrecerle a Jesús por lo limitantes que son nuestras circunstancias, perdí el entusiasmo. No me hacía ninguna ilusión decorar el árbol. Tampoco deseaba el estrés y el sentimiento de culpa que suele producir el esforzarse frenéticamente por darle sentido a todo.

Ballet en el cielo

Era la mañana de Navidad. Mi mujer y yo disfrutábamos de un descanso después de un mes de diciembre sumamente ajetreado. El paisaje que se admiraba desde nuestro balcón —un lago prístino rodeado de montañas nevadas— era idílico. Sin embargo, como aficionado a las aves que soy, lo que captó mi atención fue lo que ocurría en el cielo.

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