El pedido

El pedido

La primera Navidad que pasé en Taipéi, en la isla de Taiwán, oí por primera vez el clásico villancico Noche de paz en chino. Me impresionó mucho, y recuerdo pensar que debía aprenderme la letra. El primer verso fue fácil: a fin de cuentas, la mitad era el título de la canción; pero el resto se me hizo más difícil.

Aunque apenas si entendía las palabras más básicas en mandarín, a mis dos compañeros y a mí nos pareció que no podíamos dejar que eso nos impidiera comunicar el espíritu de la Navidad. En un dos por tres se nos vino encima un calendario durísimo de actuaciones benéficas. Los diez días anteriores a la Navidad terminaron repletos de interpretaciones de villancicos y presentaciones con bailes.

En mi segunda Navidad en Taipéi nuestras voces resonaron por las relucientes galerías de algunos de los centros comerciales más modernos de la ciudad y se dejaron oír también en los inhóspitos corredores de un reformatorio. La acogida que nos dispensaron los muchachos fue conmovedora: en sus rostros quedó grabada la gratitud que sentían por el hecho de que les hubiéramos transmitido el verdadero sentido de la Navidad. Los pacientes de los hospitales que visitamos ese año también nos dieron las gracias por acordarnos de ellos. Nos disfrazamos de payasos y arrancamos sonrisas de los huérfanos a los que fuimos a ver.

Mientras ayudaba a distribuir juguetes donados a unos niños de escasos recursos, pensé que Dios siempre tiene para ellos el regalo de Navidad idóneo, lo que Él sabe que más necesita cada uno en ese momento. Recordé los hogares de ancianos, donde los abrazos de nuestros niños habían confortado a los que sufrían por la ausencia de su familia. En un albergue para indigentes, entre un revoltijo de objetos donados, había artículos para bebé, en respuesta a las sentidas oraciones de una joven madre.

Al cabo llegó mi tercera Navidad en Taipéi. Para entonces ya me había aprendido Noche de paz en chino; pero como acompañaba a la guitarra las canciones de nuestro pequeño grupo, me quedaba en un segundo plano durante las actuaciones. Alternábamos entre las visitas a centros para discapacitados y a hospitales. Cada vez que interpretábamos Noche de paz recordaba aquella vocecilla que me había instado a aprendérmela en chino, y no me explicaba para qué me había tomado la molestia.

Pocos días antes de la Navidad me hallaba en el vestíbulo del hospital Yang Ming tocando distraídamente la guitarra. Nuestra función había terminado, y algunos de mis compañeros habían ido a las salas de enfermos para llevar un poco de alegría a los pacientes que no habían podido asistir. Alguien tenía que quedarse con los instrumentos y amplificadores, y esa vez me había tocado a mí.

Entonces vi a un anciano que tendría setenta y tantos años. Me sonrió, y le devolví la sonrisa. Me hizo una seña para que fuera a sentarme a su lado. Me senté con cuidado en el banco, dejando que la guitarra que llevaba colgada se deslizara hacia el suelo a mi espalda.

—Gracias por venir aquí —dijo el anciano pausadamente.

Tardé un momento en darme cuenta de que me hablaba en inglés. Le pregunté si le había gustado la actuación, y enseguida nos pusimos a hablar en mandarín cuando vi que se le había agotado el vocabulario en inglés.

—Lo siento, no la vi —respondió—, pero me he enterado de lo que hacen. Me parece estupendo que vengan a mi país a hacer todo esto.

Hizo un ademán con las manos para recalcar lo de todo esto.

Tratando de mantener viva la conversación, comenté:

—El año pasado también vine.

—Y puede que vengas también el próximo —dijo el anciano con expresión de picardía—; pero yo no voy a estar.

Me sentí como una tonta al caer en la cuenta de que no se refería a que no estaría en el hospital. Era que no esperaba vivir hasta la próxima Navidad.

—Si quiere —dije tartamudeando un poco por lo incómoda que me sentía— puedo cantarle algo ahora. Solo estoy yo, y no sé muchas canciones, pero…

Una mirada de satisfacción se le dibujó en el rostro marcado por las arrugas. Suspirando dijo:

—Hay una canción en particular que me gustaría escuchar.

Quise que me tragara la tierra al pensar que tendría que cantar a pedido. Me sentiría fatal si lo decepcionaba. Entonces mis ojos se posaron sobre el papel que el caballero tenía en las manos. Era un folleto que le había entregado en el momento de sentarme con él. En la primera página se veía un dibujo de un regalo bien envuelto y adornado con cintas, y el título Regalos de Navidad para ti.

En ese momento caí en la cuenta. Por medio de los juguetes, las risas, las lágrimas y las palabras de ánimo que transmitíamos, Dios estaba dando a cada persona el regalo que más necesitaba. Mi misión era simplemente dejar que Jesús se sirviera de mis manos, pies, ojos, oídos y boca como instrumentos para comunicar Su mensaje. De repente supe que todo iba a salir bien. Sonreí con valentía, aun antes de que el anciano terminara de expresar su pedido:

—¿Podrías cantar Noche de paz?

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