Libre al fin

Libre al fin

Uno tras otro los reclusos fueron entrando en el pequeño auditorio. Todos iban con el mismo uniforme gris y el mismo corte de pelo; pero cada uno llevaba escrita en su rostro su propia historia, las circunstancias que lo habían llevado allí.

—Estoy haciendo diligencias para que los delincuentes más encallecidos y peligrosos vean la presentación que van a hacer ustedes —nos había dicho el encargado de la cárcel—. Muchos jamás saldrán en libertad. Son los que más necesitan el mensaje que ustedes vienen a dar.

Faltaban tres días para Navidad. Después de pasar por diversas puertas y puestos de control de aquella cárcel de máxima seguridad, nuestros hijos estaban listos para actuar y dirigir la palabra a los presos. Uno de los reos me llamó particularmente la atención. Fue el último en entrar y parecía el de más edad. Andaba con paso vacilante y tenía el cabello canoso. Pensé: ¿Qué hace aquí un viejito como él?

—Mamá, ¿viste a ese anciano de allá atrás? —preguntó mi hijo—. Tendrías que hablar con él.

Pensé: Sí, pero ¿cómo? No teníamos permiso para acercarnos a los reclusos. Oré: Señor, dame la oportunidad.

Los niños se lucieron en la función. Fue maravilloso ver aquellos rostros huraños irradiando sonrisas. Los hombres hacían gestos de aprobación, se tomaron a pecho el mensaje de los relatos que escucharon y al final inclinaron la cabeza para rezar con nosotros. Muchos se conmovieron hasta las lágrimas. Después de las últimas reverencias, saludos navideños y despedidas, la larga fila de reclusos vestidos de gris se puso de nuevo en movimiento, esta vez para regresar al pabellón.

Me dirigí rápidamente a la parte de atrás de la sala para hablar con el anciano. Sabía que dentro de unos momentos se pondría en la fila con los otros internos. Nos miramos a los ojos como si me hubiera estado esperando.

—Tiene unos niños encantadores —dijo felicitándome—. Reflejan mucho amor, mucha alegría. Cuando su hija cantó el salmo 23, no pude evitar que se me saltaran las lágrimas Tengo 68 años y en un tiempo fui cristiano. Conozco ese salmo.

Con voz ronca comenzó a cantar en su dialecto vernáculo:

—El Señor es mi pastor, nada me faltará...

Los ojos se le pusieron rojos y llorosos, y no logró terminar la frase.

—Hice algo terrible. Por eso estoy aquí —me explicó en un susurro.

Yo también estaba a punto de llorar. Poniéndole la mano en el hombro, le dije:

—Dios lo ama, y Su amor es eterno. Jesús ya lo ha perdonado, y siempre lo amará.

Eso fue todo lo que acerté a decir en aquel instante; pero esa sencilla verdad le caló hondo. Se le dibujó una sonrisa en el rostro bañado en lágrimas y se irguió, como si se hubiera quitado un gran peso de encima.

—Gracias por recordármelo —me contestó.

Había llegado el momento de que se integrara a la fila de reclusos. Cuando iba a torcer la esquina, hizo un ademán para despedirse y desapareció.

Al regresar a casa en el auto, pensé: Ese hombre cometió un delito grave y sin duda le hizo daño a otros; pero igual Dios quería recordarle que lo ama y lo perdona.

Me pregunto cuántas personas andan por el mundo como aquel hombre, aprisionadas por sentimientos de culpabilidad y remordimientos por sus errores y malas acciones. Se recriminan por algún delito de comisión o de omisión. Sin embargo, bastan unas sencillas palabras que les recuerden el amor incondicional y eterno de Dios, Su misericordia y perdón, para devolverles la esperanza y arrojar luz en los rincones más oscuros de su corazón apesadumbrado.

* * *

Aunque sus pecados sean como la grana, como la nieve serán emblanquecidos. Aunque sean rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana. Isaías 1:18

Li Shuping Sichrovsky

Li Shuping Sichrovsky está dedicada a labores misioneras y de consejería en Taiwán. Tiene 9 hijos.

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