Nochebuena compartida

Nochebuena compartida

Era Nochebuena. Andaba con prisas para terminar pronto de trabajar y prepararme para la velada que iba a pasar con mi familia y amigos, cuando de repente sonó el teléfono. Respondí con impaciencia:

—Sí, dígame.

Al otro lado de la línea alguien exclamó alegremente con acento extranjero:

—¡Feliz Navidad, Lilia!

—¿Cecilia? ¡Feliz Navidad! ¿Cómo te va?

Tras los acostumbrados saludos y frases triviales, Cecilia me explicó que estaba de guardia aquella noche en el hospital donde nos habíamos conocido. Como es la matrona con más antigüedad del pabellón y además está soltera, le había tocado el turno de Nochebuena. Normalmente viaja al sur para estar con su familia y asistir a la Misa de Gallo en el pueblo donde nació. Por el tono de su voz me di cuenta de que estaba con el ánimo por los suelos.

Como yo he sido preparadora para parto natural, coincidimos una vez que asistí a un alumbramiento. Después de eso seguimos en contacto, y la iba a visitar de tanto en tanto. Nos hicimos amigas.

Aunque Cecilia nunca se ha casado, crió a los hijos de su hermano menor, que falleció en un accidente de automóvil hace unos veinte años. Los chicos han crecido y se han ido a vivir lejos, así que ella se ha quedado sola.

Sentí el impulso de decirle que pasaría a verla un rato esa noche. Sonó gratamente sorprendida e incluso emocionada cuando se lo dije. Pero me respondió que no me preocupara si no lograba ir a verla. Al fin y al cabo era Nochebuena, y una fecha tan señalada debía pasarla con mi familia, comentó.

Llegaron todos mis familiares y temporalmente me olvidé de Cecilia mientras disfrutábamos juntos, cantábamos villancicos y tomábamos chocolate caliente acompañado de galletas hechas en casa. Era casi medianoche cuando de pronto algo me hizo acordarme de la promesa que le había hecho a Cecilia. Acabábamos de cantar un villancico que habla de que Jesús dejó el Cielo por amor, y me avergoncé de no haber considerado más prioritario abandonar mi pequeño cielo para ir a animar a un alma solitaria.

Rápidamente llené un termo de chocolate caliente, envolví unas galletas en una servilleta roja con motivos navideños y preparé una tarjeta con un mensaje de amor y aprecio por lo bien que cuida Cecilia a todas las mujeres que dan a luz en su hospital. Lo puse todo en una bolsa de plástico y tomé una vela decorativa para regalársela y una caja de fósforos para encenderla. Salí poco después de la medianoche.

El hospital estaba en silencio y casi desierto. La enfermería de la sala de partos se encontraba a oscuras. Pensé: «Esta noche no hay partos. ¿Estará ya dormida?» Sin hacer mucho ruido, toqué a la puerta.

—¿Quién es?

—Cecilia, ¡soy Lilia!

Luego de unos instantes de silencio, la puerta corrediza se abrió de golpe, y Cecilia salió apresuradamente con los brazos abiertos y el rostro radiante. Me abrazó y exclamó con lágrimas en los ojos:

—¡Sabía que vendrías! ¡Lo sabía!

Me contuve de llorar y en silencio di gracias a Dios por haber hecho caso de la indicación de ir a visitarla.

—Cecilia —le dije—, traje chocolate caliente. ¡Celebremos juntas la Navidad!

—Voy por unas tazas —contestó saliendo a toda prisa.

Cuando volvió, la alegría y la gratitud que le iluminaban el semblante bastaron para confirmarme lo sola que se había sentido esa noche.

Nos sentamos, tomamos chocolate caliente y disfrutamos de las galletas. Conversamos, reímos y hasta hicimos el intento de cantar unos villancicos. Cecilia no dejaba de exclamar que jamás olvidaría esa Navidad y que había sido la mejor de su vida.

Antes de irme le pregunté si podía rezar por ella. Ni bien había terminado de hacerlo cuando ella, con gran sinceridad, le expresó a Dios su gratitud. Su oración se alargó, y observé que le rodaba una lágrima por la mejilla. Estaba claro que mi pequeño gesto de amor había dejado una profunda huella.

*

En Navidad y cada día del año, todos nosotros en quienes habita el Espíritu de Dios somos en cierto sentido una extensión de Él en nuestra comunidad: para nuestros amigos y vecinos, nuestros colaboradores, los que nos atienden en los locales comerciales y restaurantes y los desconocidos a quienes Él pone en nuestro camino. El amor que expresamos al relacionarnos con el prójimo, nuestras palabras, nuestras acciones, la amabilidad y generosidad que manifestamos, la ayuda que ofrecemos, reflejan que el Espíritu Santo mora en nuestro interior. Los demás perciben en nosotros algo singular y poco común, y cuando les explicamos que Dios está con nosotros y puede estar también con ellos, contribuimos a que se cumpla la razón última de la Navidad.  Peter Amsterdam

La Navidad es el espíritu de dar sin ánimo de recibir. Es felicidad porque vemos alegría en la gente. Es olvidarse de uno mismo y hacerse tiempo para los demás. Es descartar lo insustancial y poner el acento en los valores verdaderos.  Thomas Monson (n. 1927)

Lilia Potters

Lilia Potters es escritora y correctora de textos. Vive en los Estados Unidos. Tiene 6 hijos mayores y 14 nietos. Uno de ellos cuenta 10 años de edad y sufre de autismo altamente funcional. Lilia se dedicó exclusivamente a él hasta que el chico cumplió 6 años. Todavía participa en su cuidado, y la experiencia adquirida sobre el tema la ha motivado a trabajar con ahínco para crear conciencia y ayudar a familias que tienen niños con trastornos del espectro autista.

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