Tesoritos

Tesoritos

Todos los años en diciembre pido a mis hijos, Toby y Kathy —de siete y nueve años— que revisen sus juguetes y su ropa y separen todo aquello que ya no usan o que les queda chico. Luego repaso lo que seleccionaron y descarto lo que está muy desgastado. En algunos casos ejerzo mi poder de veto. Lo mejor de lo que queda lo embalo en una caja para donarlo a personas menos afortunadas que nosotros. Además de que así les inculco a los niños una actitud dadivosa, he descubierto que es una buena táctica para que su dormitorio no esté tan atiborrado de cosas y al mismo tiempo dar buen uso a artículos que ya no necesitan y todavía están en buen estado.

La Navidad pasada noté que los dos se pusieron un poco más materialistas. Estaban muy pendientes de los regalos que esperaban recibir y muy poco preocupados de lo que podían dar. La cuestión me intrigó. También me pregunté si eran conscientes de su cambio de actitud.

Opté por abordar el tema de forma indirecta.

—¿Cuál piensan ustedes que es el verdadero sentido de la Navidad?

Naturalmente, tenían claro que se trataba de la celebración del nacimiento de Jesús; pero eso fue lo único que atinaron a decir.

—¿Creen que Dios nos envió algo defectuoso, algo que le sobraba? —les pregunté.

—No —respondió Toby reflexivamente—. Nos dio lo que más quería, Su mayor tesoro.

—Ese es el verdadero sentido de la Navidad —les expliqué—. Dar a los demás de lo mejor que tenemos, igual que hizo Dios.

Los chicos se lo pensaron un rato e hicieron un plan para obsequiar algunos de sus juguetes preferidos en lugar de entregar los que ya no les interesaban. Toby optó por dar algunos de los autitos de su colección que más le gustaban. Kathy, por su parte, decidió regalar una de sus muñecas. Empacamos esto con el resto de los artículos que habíamos separado, y me llevé a los niños conmigo el día que fui a entregar nuestra donación navideña.

Uno de mis principales deberes como madre es inculcar valores a mis hijos. Enseñarles a pensar en los demás antes que en sí mismos constituye una parte importante de ese cometido. Como es lógico, no basta con dar una vez al año algo que nos cuesta un sacrificio. De todos modos, la Navidad es una oportunidad perfecta para ello.

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Con los años, lo que los niños recordarán no serán los regalos, sino el cariño, la emoción y el espíritu con que vivieron está celebración.—Cristián M. González

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