¿Dónde vive Jesús?

¿Dónde vive Jesús?

—¿En el establo vive…?

—¡Jesús vive en el establo!

Mi primera reacción fue reírme de la respuesta de mi hermanita de cuatro años cuando me puse a darle una clase improvisada sobre dónde se guardan los diversos animales de la granja. No obstante, sus palabras me siguieron rondando la cabeza. «Jesús vive en el establo». ¿Pensaba ella que Jesús para mí no era más que un niño en un establo?

Resistí aquellos pensamientos. «Sin duda ella me ha visto rezar muchas veces. Y hace apenas unos días, ¿no le leí unas páginas de la Biblia para niños?»

Me vinieron a la memoria escenas en que yo andaba corriendo de un lado a otro, afanándome por mis estudios y otras actividades. Y me puse a pensar si en alguna ocasión le había explicado de verdad a mi hermana quién era Jesús. Por supuesto que le había hablado de Su nacimiento, de los milagros que obró y de Su vida y misión. Pero ¿le había contado el papel que cumplía como mi mejor amigo?

¿Solo mencionaba Su nombre cuando sacaba las guirnaldas y los adornos para el árbol navideño? Al terminar nuestros ratos de lectura, ¿lo dejaba bien guardadito entre las páginas de su biblia ilustrada? ¿O celebraba yo Su vida diariamente de forma que mi hermanita se diera cuenta de que Jesús está vivo hoy en día y de que no habita en un establo, sino en nuestro interior? Cuando las cosas se ponían difíciles y se me agotaban las fuerzas, ¿me veía acudir a Él? ¿Le había enseñado que Jesús podía ser su mejor amigo y que, si le entregaba su corazón, Él la cuidaría como si fuera la única niña del mundo y la amaría como nadie?

Ahora que se acerca una nueva Navidad y las celebraciones ya comienzan, tengo una visión muy clara: Este año —y no solo en Navidad— voy a celebrar el sentido de Su vida tomando conciencia de Su presencia en la mía. Voy a sacarlo del establo y lo voy a invitar a vivir dentro de mí. Lo voy a hacer partícipe de todo lo que haga. Entonces podré afirmar: «Jesús nació en un establo, pero vive en mi corazón y en mi casa».

* * *

Tú también puedes invitar a Jesús a ser parte de tu vida:

Gracias, Jesús, por venir a nuestro mundo a vivir como uno de nosotros y padecer muchas de las cosas que sufrimos aquí, todo para que pudiéramos conocer el amor de nuestro Padre celestial. Te agradezco que murieras por mí para que así pueda reconciliarme con Dios y gozar de vida eterna en el Cielo. Perdóname por todas las veces que he obrado mal. Ayúdame a conocerte y a amarte íntima y profundamente. Amén.

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