Joyeux Noël

Joyeux Noël

Sin enemigo, no hay guerra.

Hace poco vi la película Joyeux Noël (Christian Carion, 2005), que cuenta un suceso bien documentado ocurrido en Francia, en un campo de batalla, la Nochebuena de 1914.

El episodio tuvo lugar durante la Gran Guerra (la Primera Guerra Mundial), y participaron unos tres mil soldados escoceses, franceses y alemanes. Al llegar la Nochebuena, alguien en el lado alemán se pone a cantar Noche de paz. Enseguida responde una gaita escocesa. Al rato, soldados de los tres ejércitos entonan al unísono la misma canción desde sus respectivas trincheras, a cien metros de distancia, en el mismo sitio donde apenas unas horas antes habían estado matándose. ¡Qué contraste!

Persuadidos a darse tregua por la letra de ese villancico universal, los bandos enemigos se aventuran a salir de sus trincheras y acuerdan un cese del fuego extraoficial. En ciertos tramos del frente, la tregua navideña llega a durar diez días. Los enemigos intercambian fotografías, direcciones, chocolates, champaña y otros pequeños obsequios. Descubren que tienen más en común de lo que se imaginaban, incluido un gato que merodea de una trinchera a otra y entabla amistad con todos, si bien ambos bandos reclaman que es su mascota.

Los otrora enemigos se esfuerzan por comunicarse como mejor pueden en el idioma del otro. El comandante alemán, Horstmayer, le dice al teniente francés, Audebert:

—Cuando tomemos París, todo habrá terminado. ¡Luego espero que me invites a un trago en tu casa de la Rue Vavin!

—No te sientas obligado a invadir París para que te invite a un trago en mi casa —replica Audebert.

La amistad que se forja aquella noche entre los bandos en pugna va más allá de los comentarios superficiales. La mañana en que acaba la tregua de Navidad, ambos bandos se dan aviso mutuamente cuando se enteran de que sus unidades de artillería están a punto de abrir fuego. La camaradería nacida entre ellos cala tan hondo que se sabe que incluso llegaron a cobijar soldados enemigos en sus trincheras a fin de protegerlos del peligro.

¿Qué produjo tan inverosímil transformación? Todo comenzó con el efecto que tuvo en unos y otros ese entrañable villancico.

Ese incidente nos muestra que la guerra es un mal que tiene remedio: simplemente debemos dejar de satanizar a nuestros enemigos y aprender a amarlos, tal como Jesús nos conminó a hacer1. Claro que del dicho al hecho hay largo trecho; pero no quiere decir que sea imposible. Dejemos de lado las distinciones de raza, color y credo y tomemos conciencia de que todos los seres humanos tenemos una necesidad común, que es el amor. Todos necesitamos amar y ser amados. Si procuramos entender mejor a las personas con las que aparentemente no tenemos ninguna afinidad, es posible que descubramos, como los soldados en aquellas trincheras, que en realidad tenemos bastante más en común de lo que pensamos.

Considerando que, luego de ese incidente, la Primera Guerra Mundial se prolongó tres años más y se cobró casi veinte millones de vidas, y que desde entonces se han librado decenas de guerras que han segado la vida de incontables millones más, se podría inferir que esos gestos de amistad y buena voluntad en la Nochebuena de 1914 fueron en vano. A los soldados que participaron en la tregua se les dio una fuerte reprimenda. La siguiente Navidad, para garantizar que el incidente no se repitiera, los jefes militares ordenaron bombardeos más intensos. A pesar de todo, esta historia de paz en medio de la guerra sigue viva y continúa derribando las barreras que enconan a quienes podrían ser buenos amigos. En definitiva, es un testimonio del poder del amor de Dios, que es la esencia de la Navidad.

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Dichosos los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios. Mateo 5:9 (NVI)

Algunos […] pensamos: «¡Si yo hubiera estado allí! ¡Cómo me habría apresurado a ayudar al Niño! Le habría lavado los pañales. Alegremente habría acompañado a los pastores a ver al Señor en el pesebre». Sí, ahora lo haríamos. Decimos eso porque conocemos la grandeza de Cristo; pero si hubiéramos estado allí en aquella época no nos habríamos comportado mejor que los pobladores de Belén. […] ¿Por qué no lo hacemos ahora? Tenemos a Cristo en nuestro prójimo. Martín Lutero (1483–1546)

Oración de Navidad

Amoroso Padre celestial, ayúdanos a recordar el nacimiento de Jesús para que participemos del canto de los ángeles, del regocijo de los pastores y de la adoración de los reyes magos. Cierra las puertas del odio y abre las del amor por todo el mundo. Que cada regalo vaya acompañado de bondad y cada felicitación sea portadora de buenos deseos. Líbranos del mal por la bendición que nos depara Cristo. Llena nuestra mente de gratitud y nuestro corazón de perdón por amor a Jesús. Amén.  Atribuida a Robert Louis Stevenson (1850–1894)

1. V. Mateo 5:44

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Curtis Peter van Gorder

Curtis Peter van Gorder

Curtis Peter van Gorder es escritor, facilitador y mimo. Vive en Alemania. V. el sitio web Elixir Mime.

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