De Pascua a Pentecostés

De Pascua a Pentecostés

La otra noche estaba reflexionando sobre la Semana Santa cuando me vino una frase al pensamiento: «No dejó mi alma en el infierno». Me sonaba a versículo de la Biblia, pero no estaba segura. Tampoco tenía la certeza de que el autor se refiriera a Jesús.

Me gustaría poder decir que saqué la Biblia y busqué el pasaje, pero no; agarré mi teléfono inteligente y lo busqué en Google. Efectivamente, está en la Biblia. Se encuentra en el Salmo 16: «Tú no dejarás mi alma entre los muertos»1.

Después quise averiguar a quién se refería David, por lo que indagué un poco más. El apóstol Pedro citó el pasaje en su primerísimo sermón de Pentecostés2. Jesús acababa de ascender el Cielo y había dicho a Sus discípulos que el Espíritu Santo vendría a ellos. Los creyentes se juntaron ansiosos en un aposento alto a la espera de lo que pudiera ocurrir. Entonces el Espíritu Santo se manifestó en forma de llamas de fuego, y todos fueron investidos de un poder y una audacia que nunca habían tenido.

En aquel tiempo Jerusalén estaba repleta de judíos procedentes de otras partes del mundo. Aquellos creyentes devotos se hallaban en la ciudad para celebrar la Pascua, una de las fechas más relevantes del calendario judío.

Tras ser llenos del Espíritu Santo, los discípulos fueron bajando del aposento alto, aparecieron en público y empezaron a pregonar el evangelio, ¡en idiomas extranjeros que nunca habían hablado! Los peregrinos de diversas naciones que por entonces visitaban Jerusalén se quedaron atónitos al oírlos hablar en su propio idioma. La gente no acertaba a entender cómo era posible que hablaran lenguas que nunca habían aprendido. Algunos se burlaron:

—Deben de estar borrachos.

Luego Pedro, el mismo que había negado a Jesús unas semanas antes, se puso en pie y se dirigió a la muchedumbre:

—No estamos ebrios; apenas son las 9 de la mañana. Estamos llenos del Espíritu, tal como auguró el profeta Joel.

Siguió explicando que Jesús de Nazaret —que todos sabían que había sido crucificado poco antes— era el Hijo de Dios, a quien Dios había levantado de los muertos. Ahí fue cuando se refirió a la profecía de David en el Salmo 16:

—Hermanos, permítanme hablarles con franqueza acerca del patriarca David, que murió y fue sepultado, y cuyo sepulcro está entre nosotros hasta el día de hoy. Era profeta y sabía que Dios le había prometido bajo juramento poner en el trono a uno de sus descendientes. Fue así como previó lo que iba a suceder. Refiriéndose a la resurrección del Mesías, afirmó que Dios no dejaría que Su vida terminara en el sepulcro, ni que Su fin fuera la corrupción. A este Jesús, Dios lo resucitó, y de ello todos nosotros somos testigos3.

El discurso de Pedro fue tan contundente y él estuvo tan ungido que ese día 3.000 creyentes se sumaron a la iglesia. Y eso fue el comienzo nada más.

Cuando leí este capítulo quedé muy impresionada con el mensaje de Pedro. Aparte de ser osado, habló con mucha propiedad. Aludió con toda precisión a las profecías y profetas judíos y se expresó con una claridad palmaria, cosa que no solía hacer anteriormente. Obviamente fue por obra del Espíritu Santo.

Mediante Su muerte y resurrección, Jesús nos concedió dones que han cambiado por completo la historia de la humanidad, a saber:

1. La salvación y una estrecha relación con Dios.
2. El Espíritu Santo.
3. El don de la sanidad, fruto de Su sufrimiento en la cruz4.

Mientras Jesús estaba con Sus discípulos, ellos no podían recibir el don del Espíritu Santo. Él tuvo que irse para poder mandárselo. «Les digo la verdad: Les conviene que me vaya porque, si no lo hago, el Consolador no vendrá a ustedes; en cambio, si me voy, se lo enviaré a ustedes»5.

No siempre he pensado que el Espíritu Santo fuera motivo de celebración durante la Pascua; pero ahora sí. El que Jesús se separara físicamente de Sus discípulos posibilitó que ellos —y nosotros— recibieran el don del Espíritu Santo. «Si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?»6

Esta forma de entender el Espíritu Santo me hace valorar más la Pascua. Estoy agradecida por haber llegado a comprender más profundamente lo que hizo Jesús por mí, algo que nunca quiero dar por sentado.

1. Salmo 16:10 (NTV)
2. V. Hechos 2
3. Hechos 2:29–32 (NVI)
4. V. Isaías 53:5
5. Juan 16:7 (NVI)
6. Lucas 11:13

Mara Hodler

Mara Hodler es escritora independiente. Este artículo es una adaptación de un podcast transmitido en Just1Thing, portal de internet de formación cristiana para jóvenes.

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