De tal manera amó Dios al mundo…

De tal manera amó Dios al mundo…

Cuando éramos niños, a menudo mi hermano y yo nos poníamos a pelear. Nos fastidiábamos mutuamente, nos decíamos cosas feas y a veces llegábamos a tirarnos del cabello. Cuando Mamá nos veía, hacía lo imposible por detenernos. Nos explicaba con mucho cariño por qué no debíamos hacerlo, nos regañaba o, en ocasiones, nos imponía un castigo. Las diversas tácticas que empleaba le daban resultado momentáneamente, pero al rato caíamos en lo mismo. Un día se le agotó la paciencia. Percibimos enojo en su mirada y una sensación de impotencia en sus lágrimas. 

Estábamos seguros de que nos esperaba un severo castigo. Pero no fue así. En lugar de ello, empezó a golpearse a sí misma. Se dio una cachetada en la cara y se tiró del pelo. Era tal su desesperación que necesitaba desahogar su enfado; pero nos amaba demasiado como para darnos nuestro merecido. Así que sufrió en carne  propia su indignación.

Lo mismo hizo 2.000 mil años atrás nuestro Padre celestial con Sus hijos descarriados. Habían cometido toda clase de pecados. Pese a que sabían que lo que hacían le desagradaba, lo hacían de todos modos. Él les llamó la atención amorosamente, pero hicieron oídos sordos. Les hizo advertencias por medio de profetas, pero se burlaron de ellas. Cuando estaban en dificultades y clamaban a Él, acudía sin falta a socorrerlos; no obstante después, cuando que ya no necesitaban tanto de Su ayuda, siempre lo rechazaban. Y no es que lo hicieran una vez, sino repetidamente. (Claro que todos somos igualmente culpables de eso.)

Llegó un momento en que el disgusto de Dios llegó a ser tan intenso que se le colmó la paciencia. Por otra parte, amaba a Sus hijos demasiado como para descargar Su ira sobre ellos. Así que realizó el mayor sacrificio que padre alguno pueda hacer. Envió a Su amado Hijo para que pagara las consecuencias de nuestros pecados. Jesús adoptó forma humana, vino a la Tierra y vivió entre nosotros. No vino a imponernos la justicia, sino como «varón de dolores», para ser rechazado por la mayoría de las personas a las que, paradójicamente, había venido a ayudar. Su propio pueblo lo traicionó. Lo golpearon, le escupieron y se burlaron de Él. Al final entregó Su vida para salvar la nuestra. «De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a Su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna» (Juan 3:16).  

Sukanya Kumar-Sinha

Sukanya Kumar-Sinha

Sukanya Kumar-Sinha es una lectora de Conéctate de la India. Vive en Gurgaon y trabaja como directora de programas de una misión diplomática en Nueva Delhi.

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