La pasión del cristiano

La pasión del cristiano

Cada año, a la llegada de la Semana Santa, me embarga una pena inmensa al pensar en lo que Jesús padeció por nosotros. Aguantó muchísimo sufrimiento, dolor y agonía en las horas previas a Su cruel crucifixión, por no mencionar la angustia que debió de sentir previendo lo que le esperaba. Aunque es cierto que sabía cuál era la finalidad de todo, no dejaba de ser terrorífico. De hecho, Jesús solicitó al Padre una exención de la cruz1.

Habría podido echarse atrás o darse por vencido, o hasta invocar ángeles que fueran a rescatarlo2. ¿Por qué no lo hizo? Porque Su deseo de rescatarnos primó por sobre su ansia de poner fin a su dolor físico y tormento mental.

Amó sin prejuicios. Cuando un centurión —representante militar del opresivo régimen de Roma— se acercó a Él para pedirle que sanara a su siervo, Jesús lo hizo de buena gana. Manifestó tanto amor al centurión y a su siervo como a cualquier otra persona3. La samaritana con la que se encontró junto a un pozo pertenecía a una cultura distinta que los judíos procuraban evitar a toda costa, y además era mujer. No obstante, Jesús vio un corazón doliente y le demostró que para Dios ella era importante4.

Cristo manifestó compasión más allá de las normas sociales imperantes. Fue inclusivo, aunque ello perjudicara Su reputación. Una mujer —descrita como una reconocida pecadora— se acercó en cierta ocasión a Jesús mientras comía y se echó a llorar de pena y arrepentimiento. Le lavó los pies con sus lágrimas y luego se los secó con sus cabellos. Los dirigentes religiosos y otras personas que comían con Jesús se mostraron horrorizados de que Jesús se dejara tocar por semejante mujer. Él les contó una parábola sobre un grupo de deudores a los que se les perdonó su deuda. Tras ello, les preguntó:

—¿Quiénes creen ustedes que amarán más al acreedor misericordioso? ¿A los que se les perdonó poco o a los que les perdonó mucho?

Cuando uno de ellos le respondió que suponía que a los que se les perdonó mucho, Él les dijo:

—Rectamente has juzgado.

Acto seguido se volvió hacia la mujer y delante de todos le señaló:

—Tus pecados te son perdonados.

Y asunto terminado5.

Sanó a los enfermos hasta en el sábado —cuando estaba prohibido trabajar bajo las leyes religiosas judías— y explicó por qué lo hizo6. Cenó con Zaqueo, que era un odiado recaudador de impuestos7. Habló con compasión a los leprosos que todo el mundo despreciaba y los sanó8.

Jesús se conmovía cuando veía que otros lo pasaban mal. Al morir Lázaro, lloró de conmiseración9. Cuando Pedro se hundía en un mar embravecido, Jesús extendió la mano y lo salvó10. Después de Su resurrección, aunque Pedro había negado enfáticamente tener algún vínculo con Él, Jesús lo mencionó por nombre, haciéndole saber que siempre hay espacio para el perdón11. Aun cuando Tomás dudó de la realidad de la resurrección, Jesús permitió que lo tocara y lo comprobara por sí mismo12. Él sabía que Sus discípulos a veces se apocaban y se dejaban llevar por sus emociones. Sabe que a nosotros nos pasa lo mismo, y aun así, nos ama13.

Jesús denunció la injusticia. Expulsó a los cambistas del templo y denunció a los hipócritas y mentirosos dondequiera que se topó con ellos. Pese a que era sabio, benigno y en muchos casos manso, también dejó claro que se proponía decir la verdad independientemente de las consecuencias que le acarreara14.

Por eso, si de verdad ansiamos parecernos a Cristo, Jesús mismo nos dio la clave en Mateo 22:37–40 cuando dijo: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente [y] amarás a tu prójimo como a ti mismo».

Si amamos a Dios con todo nuestro corazón, alma y mente, nos saldrá natural prestarle oído. No pondremos otros dioses delante de Él ni tomaremos Su nombre en vano ni nos olvidaremos de darle cabida en nuestra vida. Y si de verdad amamos a nuestro prójimo como a nosotros mismos, no mentiremos ni robaremos ni mataremos ni codiciaremos ni nada de eso. Al contrario, nos sacrificaremos por ayudar a los demás. Amaremos incondicionalmente, pues así somos amados. Alzaremos la voz por la verdad, toda vez que Dios y Su Palabra serán nuestro modelo. Ayudaremos a los demás sabiendo que somos todos iguales a los ojos del Señor, aunque eso requiera que traspasemos los límites de lo socialmente aceptable.

Habrá momentos en que nos descarriemos, desoyamos a nuestro Maestro o hasta neguemos tener algo que ver con Él. Pero al igual que el hijo pródigo, si nos damos la vuelta y nos encaminamos hacia el perdón, nuestro Padre saldrá corriendo a recibirnos con los brazos abiertos.

Gracias a Su sufrimiento, muerte y gloriosa resurrección en la mañana de Pascua, podemos vivir cada día con pasión, con la pasión de un cristiano.

1. V. Lucas 22:42
2. V. Mateo 26:53
3. V. Mateo 8:8–13
4. V. Juan 4:7–26
5. V. Lucas 7:37–50
6. Mateo 12:10–12
7. V. Lucas 19:2–10
8. V. Lucas 17:12–19; Marcos 1:40–42
9. V. Juan 11:35
10. V. Mateo 14:30,31
11. V. Marcos 16:7
12. V. Juan 20:24–28
13. V. Salmo 103:14
14. V. Marcos 11:15; Lucas 11:46; Juan 8:44

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Chris Mizrany

Chris Mizrany

Chris Mizrany es diseñador de páginas web, fotógrafo y misionero. Colabora con la fundación Helping Hand en Ciudad del Cabo, Sudáfrica.

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