La montaña rusa

La montaña rusa

Creo que tenía unos 14 años cuando me monté por primera vez a una montaña rusa. Recuerdo que cuando mi carrito subió hasta lo alto y emprendió el primer descenso en picada se me congeló la sangre y pensé: «¿A santo de qué estoy haciendo esto!» Luego comenzó la sucesión de subidas y bajadas violentas. El pulso se me aceleró. Y no había respiro ni escapatoria. Mi única alternativa era aferrarme con todas mis fuerzas y aguantar hasta terminar el circuito.

Los primeros meses después que acepté a Jesús como Salvador se parecieron mucho a esa experiencia de la montaña rusa. Hubo momentos de euforia y otros en que me sumí en el mayor derrotismo. En ocasiones, mientras mi carrito subía, pensaba: «Esto es fantástico, cada vez está mejor. Tengo la felicidad asegurada». Entonces llegaba a la cima y me detenía allí un momento antes de caer en picado y sumergirme en un mar de dudas y abatimiento. Todavía no había aprendido que andar por fe y no por vista1 significa acoplar nuestro carrito a las inalterables promesas divinas en vez de atornillarlo a nuestros efímeros sentimientos.

Los días en que estaba feliz y en la cúspide deducía que algo había hecho bien. Quizás había sido excepcionalmente humilde o estaba más en sintonía con el Señor y Su Espíritu Santo. Fuera lo que fuera, algo me había impulsado a cruzar una frontera invisible y me encaminaba hacia un plano espiritual más elevado, dejando atrás a los demás mortales. Me sentía en el pináculo de la gloria y me enorgullecía de ello. Había escalado mi Everest.

Pero justo cuando más orgulloso me sentía de mis presuntos progresos y revelaciones espirituales, ineludiblemente mi verdadero yo asomaba la cabeza y veía todas mis imperfecciones. Horrorizado, caía en la cuenta de que en realidad no había llegado a ninguna parte. Solamente había alcanzado una cumbre momentánea, apenas una de las muchas que había en la montaña rusa, con todas sus curvas, contracurvas y bajadas repentinas. Así era mi vida espiritual basada en mis sentimientos.

Por último, cuando terminaba el recorrido y me detenía, indispuesto y aturdido, me asombraba de que el Señor todavía me amara. Él era como un papá: me estrechaba en Sus brazos y me aseguraba que todo iba a salir bien. Me alzaba hasta que se me pasaba el mareo producido por aquella sensación de fracaso.

Hicieron falta varias vueltas de esas para percatarme con diáfana claridad de lo incondicional que es el amor de Dios. Por muy bajo que hubiera caído o muy alto que me pareciera haber escalado, Su amor era constante. Cuando daba contra el fondo y clamaba a Él en oración, me invadía un sentimiento de paz y seguridad, y me sentía aceptado. Era como si Él me levantara, me sacudiera el polvo, me diera un beso y una palmada en la espalda, me plantara sobre la firme base de Su Palabra y me señalara la dirección que debía tomar. Todo ello con una sonrisa radiante de amor y alguna palabra de aliento. El versículo «Dios es amor»2 cobró toda una nueva dimensión para mí.

Finalmente me di cuenta de que mis inútiles esfuerzos por arribar a un estado de espiritualidad que me creía en el deber de alcanzar no hacían otra cosa que impedir que Dios dirigiera mi vida. Una vez que tomé conciencia de ello, dejé de poner tanto empeño en ser de determinada manera y empecé a confiar en que, efectivamente, Él era dueño de la situación y me ayudaría a ser lo que Él quería que fuera.

Tardé varios años en comprender en qué consiste la verdadera espiritualidad y en darme cuenta de que el objetivo no es llegar a la cima. La auténtica humildad no es otra cosa que darnos cuenta de que, si la amorosa mano de Dios no obra en nuestra vida, no lograremos salir adelante; y que la verdadera religión consiste en transmitir Su amor al prójimo.

Ahora, cada vez que veo una montaña rusa, me detengo y hago una oración para agradecerle al Señor Su amor y Su paciencia, y que Su Palabra me haya librado de aquel circuito de altibajos construido sobre mis sentimientos y mi propia concepción de la espiritualidad, para encaminarme por la senda derecha y angosta que conduce a una vida celestial junto a Él, ahora y para siempre.

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Dios no nos ama porque seamos buenos o trabajemos arduamente por Él. Nos ama porque el amor es un aspecto central de Su carácter y porque escoge hacerlo. También escoge hacernos una invitación a todos: «¿Alguien tiene sed? Venga y beba, ¡aunque no tenga dinero! Vengan, tomen vino o leche, ¡es todo gratis! Les daré el amor inagotable que […] prometí»3. Puedes aceptar ahora mismo esa invitación:

Amado Jesús, acepto Tu amor y Tu invitación. Te ruego que te hagas parte de mi vida y que me perdones todas las cosas malas que he hecho. Ayúdame a amarte y a amar los demás. Amén.

1. V. 2 Corintios 5:7
2. 1 Juan 4:8
3. Isaías 55:1,3 (NTV)

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