Mi gran descubrimiento

Mi gran descubrimiento

Siempre tuve una afinidad con el apóstol Pedro. Cometía muchos errores, abría la boca cuando no debía, no quería perdonar a su hermano y en última instancia negó a Jesús tres veces.

Con todo, Pedro me gusta porque me parezco mucho a él. Al igual que él, cada uno de nosotros comete errores. Todos tenemos momentos en que no perdonamos a quienes nos ofenden y, sin duda, todos hemos decepcionado a nuestro Salvador. Sé que así ha sido muchas veces en mi caso.

Llegó un punto en que me miraba a mí misma y me daba cuenta de todos los errores que había cometido (y que sin duda seguiría cometiendo), y llegué a la conclusión de que era una pésima persona. No siempre soy sincera, me enojo, soy perezosa, discuto mucho, soy sarcástica y criticona. Y pare usted de contar.

Pensé: Tal vez Él me ama por la persona que podría ser. Eso tenía sentido. Traté, pues, de convertirme en esa persona: amorosa, compasiva, servicial, siempre dispuesta a brindar estímulo y ánimo a los demás.

En fin, ese era el plan. Pero aun el mejor de los planes no sirve de nada si no se logra llevarlo a efecto. Y yo no lo conseguía. Aunque me esmeré por portarme mejor, parecía que el haber cobrado más conciencia de mis defectos solo me llevaba a cometer más errores. Por mucho que me esforzaba, no lograba convertirme en la persona que podía llegar a ser, la que yo pensaba que Dios amaría.

Entonces me cayó la ficha: Dios no me ama por la persona que podría o debería ser. Me ama tal como soy ahora mismo, aquí mismo, así como soy, quebrada, hecha trizas y decepcionante. No necesita un motivo para amarme. Y eso mismo va para todos.

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Amy Joy Mizrany

Amy Joy Mizrany nació y vive en Sudáfrica. Se desempeña como misionera a plena dedicación con la organización «Helping Hand». En su tiempo libre toca el violín.

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