Ahora me desayuno

Ahora me desayuno

A veces me sorprendo de lo torpe que puedo llegar a ser. Leo la Biblia con asiduidad desde hace 40 años y, sin embargo, no fue hasta ayer que capté algo tan elemental que me quedé pensando dónde había tenido la cabeza los últimos cuatro decenios.

Últimamente me molesta el injusto trato mediático que se le suele dispensar a Dios. En muchos de los libros que he leído y los programas de televisión y películas que he visto, pareciera que cada vez que se menciona a Dios, lo presentan como un ser duro e inflexible, incluso ruin. Ya me estaba cansando de eso,  simplemente porque no coincide con el Dios que conozco yo. Al mismo tiempo admito que a veces yo mismo he dudado de Su bondad. No es que haya puesto en entredicho que Él sea bueno, sino que me he sentido ajeno a Su bondad, como marginado de ella. Sin embargo, aun lidiando con mis propios interrogantes acerca de la justicia de Dios, sabía que esas formas de retratarlo eran tremendamente injustas.

Mientras pensaba en eso y en que Dios debe de estar harto de las murmuraciones y recriminaciones de la gente, recordé las siguientes palabras: «El amor es paciente, es bondadoso»1. Las reconocí enseguida como parte de la famosa plática del apóstol Pablo sobre el amor. Entonces me acordé de que el apóstol Juan captó la esencia misma de Dios con tres sencillas palabras: «Dios es amor»2. De repente se me encendió la luz y comprendí que el pasaje de 1 Corintios también describía a Dios.

¡Qué Dios tan singular! Nos aguanta porque Él es tolerante por naturaleza. Atenúa Su justicia y rectitud con infinita paciencia, bondad, mansedumbre y disposición a pensar siempre lo mejor de nosotros. Es un Dios que soporta todas las acusaciones injustas que le hacemos. No es vanidoso, arrogante, grosero, indecoroso, egoísta, susceptible, enojadizo, resentido ni vengativo, sino un Dios que nos lo da todo con gracia y prodigalidad3.

Lo que me chocó más fue que, mientras me fijaba en la paja en el ojo de esos escritores y guionistas que considero que han tratado muy indignamente a Dios, justificaba la viga en mi propio ojo al quejarme a Dios por tenerme olvidado. Como dije al principio, a veces soy muy torpe.

¿Por qué te fijas en la astilla que tiene tu hermano en el ojo y no le das importancia a la viga que tienes en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: «Hermano, déjame sacarte la astilla del ojo», cuando tú mismo no te das cuenta de la viga en el tuyo? Saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás con claridad para sacar la astilla del ojo de tu hermano.  Jesús, en Lucas 6:41,42 (NVI)
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El carácter de Dios

El amor es paciente, es servicial, es bondadoso. El amor no es envidioso ni se deja llevar por los celos; no es jactancioso ni presumido ni se da importancia.

No se comporta con rudeza o grosería, no es egoísta ni busca su propio interés. El amor de Dios en nosotros no insiste en hacer valer sus derechos o su opinión, pues no busca lo suyo. No es susceptible, no se enoja fácilmente, no guarda rencor, no lleva cuentas del mal ni presta atención a las ofensas.

El amor no se deleita en la maldad ni en la injusticia, sino que se regocija cuando prevalecen el bien y la verdad.

Sobrelleva todo lo que se presenta. Está siempre presto a pensar lo mejor de cada persona. Sus esperanzas no desfallecen cualesquiera que sean las circunstancias. Todo lo soporta sin desmayar.

El amor jamás se extingue ni pierde vigencia o eficacia. En cuanto al don de profecía —de interpretación de la voluntad y los designios divinos—, se cumplirá y cesará; el de lenguas —de hablar en idiomas desconocidos—, será silenciado, y el de conocimiento perderá valor y desaparecerá ante la supremacía de la verdad. 

El apóstol Pablo, paráfrasis de 1 Corintios 13:4–8

1. 1 Corintios 13:4 (NVI)
2. 1 Juan 4:8
3. V. Romanos 8:32

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Phillip Lynch

Phillip Lynch

Phillip Lynch es escritor, nacido en Nueva Zelanda y actualmente residente en el Canadá. También ha redactado diversos artículos y libros con el seudónimo de Scott MacGregor.

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