Decisiones pródigas

Decisiones pródigas

La parábola del hijo pródigo es probablemente la más conocida de cuantas contó Jesús1. Relata el caso de un joven que se va de casa, se descarría, se arrepiente de sus decisiones y termina regresando al hogar, donde su padre le brinda una cálida y amorosa bienvenida. Se trata de un tema que ha aparecido en innumerables obras literarias, que se ha repetido incontables veces en la vida real, que se ha retratado en el arte, que se ha representado en la danza y que hasta está presente en la música contemporánea, como por ejemplo en la carátula del álbum Beggar’s Banquet, de los Rolling Stones. Es un relato de humanidad, que trasciende fronteras nacionales, religiosas, geográficas e incluso históricas, y que hoy en día sigue siendo tan conmovedor y actual como hace dos milenios.

En cierto modo es también un relato de decisiones. La desafortunada decisión del joven de irse de casa para malgastar su vida y su herencia es uno de los ejes de la narración; luego siguen decisiones más atinadas, cuando vuelve a sus cabales y se propone regresar.

El padre también tiene decisiones que tomar. ¿Debe recibir a su hijo con los brazos abiertos, o regañarlo y castigarlo por sus errores? Justamente esa parte del relato contiene un detalle en el que no se suele reparar.

Visualicemos la escena: el joven delgado, harapiento y en deplorable estado a causa de las terribles experiencias vividas en la pobreza extrema; el padre que llora de alegría al abrazarlo. Sin embargo, el momento en que este abre su corazón para recibir a su hijo no es, como uno podría imaginar, cuando el hijo le ruega de rodillas que lo perdone y expresa su arrepentimiento por haberse descarriado. No, ese momento crucial viene antes:

«Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio llegar. Lleno de amor y de compasión, corrió hacia su hijo, lo abrazó y lo besó»2.

Su hijo aún no había pronunciado palabra. No obstante, el padre —que sin duda había pasado muchos meses y hasta años de angustia y pesar— no dudó. Es más, ni siquiera aguardó a que su hijo llegara; salió corriendo a su encuentro.

Esa es una imagen del amor incondicional de Dios. Él no espera a que digamos las palabras de rigor, no toma en cuenta nuestro aspecto desaliñado ni las señales de los golpes que nos ha dado la vida, no aguarda hasta que nos enmendemos. No nos increpa por nuestros errores y desatinos. Desde el momento en que nos volvemos a Él, nos recibe con los brazos abiertos y nos perdona.

1. V. Lucas 15:11–32
2. Lucas 15:20 (NTV)

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Abi May

Abi May, que también firmaba con el seudónimo de Chris Hunt, fue colaboradora de Conéctate desde Gran Bretaña.

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