Icemos nuestras velas

Icemos nuestras velas

En la vida, todo lo que queramos hacer bien requiere esfuerzo, y adquirir un mayor parecido con Cristo también. Requiere esfuerzo cultivar con voluntad y tesón creencias, hábitos, actitudes, pensamientos y conductas que estén en armonía con Dios. También es preciso abandonar intencionadamente creencias falsas, hábitos dañinos, actitudes que no agradan a Dios, pensamientos erróneos y malas conductas.

A lo largo del Nuevo Testamento se habla del concepto de que debemos despojarnos o deshacernos de ciertos elementos de nuestra vida —tanto pensamientos y emociones como acciones derivadas de ellos— que nos impidan ser imitadores de Cristo. Al mismo tiempo debemos incorporar a nuestra vida o vestirnos de otros atributos que nos hagan más semejantes a Dios. Está claro que tanto para lo uno como para lo otro es preciso tomar una decisión y actuar.

De qué debemos despojarnos

Ahora es el momento de eliminar el enojo, la furia, el comportamiento malicioso, la calumnia y el lenguaje sucio. No se mientan unos a otros, porque ustedes ya se han quitado la vieja naturaleza pecaminosa y todos sus actos perversos. Colosenses 3:8,9 (NTV)

Nada de acritud, rencor, ira, voces destempladas, injurias o cualquier otra suerte de maldad; destierren todo eso. Efesios 4:31 (BLPH)

Quitémonos todo peso que nos impida correr, especialmente el pecado que tan fácilmente nos hace tropezar. Hebreos 12:1 (NTV)

De qué debemos vestirnos

Revístanse de afecto entrañable y de bondad, humildad, amabilidad y paciencia, de modo que se toleren unos a otros y se perdonen si alguno tiene queja contra otro. Así como el Señor los perdonó, perdonen también ustedes. Por encima de todo, vístanse de amor. Colosenses 3:12–14 (NVI)

Pongámonos la armadura de la luz. Revístanse ustedes del Señor Jesucristo. Romanos 13:12,14 (NVI)

Pónganse la nueva naturaleza, creada para ser a la semejanza de Dios, quien es verdaderamente justo y santo. Efesios 4:24 (NTV)

Tales cualidades son el fruto de una vida transformada y potenciada por el Espíritu Santo, el resultado de seguir las enseñanzas de las Escrituras y de aplicar a diario nuestra fe. Ninguna de ellas es fácil de adquirir; pero después de dedicar tiempo y esfuerzo a ejercitarnos, a abandonar malos hábitos y adquirir buenas costumbres, nos sale más natural.

Huelga decir que para cultivar nuevos hábitos dependemos de la ayuda y gracia de Dios. Por otra parte, tampoco podemos esperar que el Espíritu Santo nos transforme si no hacemos ningún esfuerzo ni emprendemos ninguna acción. Si bien Dios nos perdona nuestros pecados, también nos pide que procuremos no pecar. Debemos hacer morir y desechar lo que nos aparta del objetivo de imitar a Cristo y vestirnos de una nueva forma de ser, para vivir en la medida de lo posible como las nuevas criaturas en Cristo que hemos llegado a ser. Perseverar en ello conduce a una mayor felicidad, una mejor relación con Dios, más satisfacción y más alegría.

Hace poco leí el análisis de una encuesta que hizo Michael Zigarelli, un escritor cristiano, comparando a los cristianos que él llama poco virtuosos con los medianamente virtuosos y los muy virtuosos1. Los resultados indicaron que, de los 5.000 cristianos encuestados, la mayoría eran medianamente virtuosos. Los minoritarios que él catalogó de muy virtuosos eran los que se esforzaban por dar pasos concretos que favorecían el desarrollo de su carácter cristiano.

Zigarelli señala que todo cristiano desempeña un papel activo y vital en su propio desarrollo espiritual.

Una conceptualización más completa del proceso de desarrollo sería decir que Dios desempeña un papel en él y nosotros también. La interacción entre esos dos papeles se ha comparado con la tarea de llevar un barco de vela de un lugar a otro. Para navegar en un velero del punto A al punto B se requieren dos elementos cruciales: hace falta algo de viento en la dirección de nuestro destino y hace falta disponer adecuadamente la vela para aprovecharlo. Es probable que ya adivines cuál es la analogía. El Espíritu Santo de Dios es el viento que busca empujarnos gradualmente hacia una mayor semejanza con Cristo. Nosotros somos los marineros que tienen que izar la vela, es decir, hacer algo que nos ponga en una situación favorable para aprovechar el Espíritu de Dios, de manera que este nos impulse hacia nuestro ansiado destino2.

Si aspiramos a ser más como Cristo, tenemos que izar nuestras velas por así decirlo y hacer lo que contribuya a cultivar en nosotros el carácter cristiano. En la práctica, volvernos más como Cristo significa alterar ciertos aspectos de nuestra personalidad actual. Es una transformación que tiene un alto costo, pero que definitivamente vale la pena.

A lo largo de los Evangelios Jesús enseñó que el reino de Dios es tanto futuro como presente. Vivir en el reino ahora mismo significa dejar que Dios gobierne y rija nuestra vida y tratar de conducirnos de un modo que lo honre y glorifique.

Para llegar a ser más como Cristo, para que el reino ocupe un lugar más central en nuestra vida, tenemos que ajustar nuestra conducta, decisiones, acciones y espíritu para que estén en consonancia con Dios y Su Palabra. Eso significa despojarnos de algunos aspectos de nuestra persona y nuestro carácter y vestirnos de cualidades propias de Jesús. Significa cultivar los frutos del Espíritu Santo: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza3. Cuando hacemos nuestra parte e izamos las velas, nos vamos pareciendo más a Cristo.

1. Zigarelli, Cultivating Christian Character
2. Ibíd., 39
3. V. Gálatas 5:22,23

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Peter Amsterdam

Peter Amsterdam

Peter Amsterdam se dedica activamente al servicio cristiano desde el año 1971. En 1995 accedió al cargo de codirector —junto con su esposa María Fontaine— de la comunidad de fe conocida como la Familia Internacional. Es autor de una diversidad de artículos sobre fe y teología cristiana. (Los artículos de Peter Amsterdam publicados en Conéctate son versiones adaptadas del original.)

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