Lo que hace Dios por mí

Lo que hace Dios por mí

Cuando llegué al pabellón de pacientes con Alzheimer para hacer mi turno de enfermería, me encontré con una señora que estaba muy nerviosa y no se quedaba quieta. Podría haberle suministrado algún medicamento para tranquilizarla; pero como no tenía una actitud agresiva ni dolor, decidí caminar un rato con ella. Fue un paseo sin destino; a veces me detenía a estudiar unos cuadros, mostrarle un peluche, mirar por la ventana y cosas así, aunque mayormente nos limitamos a caminar.

Ese deambular sin rumbo se prolongó más de una hora. Cada vez que yo intentaba encaminarla hacia la zona común, ella me empujaba en otra dirección. Entonces me vino un pensamiento que nunca había considerado: «¡Eso mismo hago yo con Dios!»¡Cuántas veces lo llevo a rastras hacia los rincones de cada recinto de mi vida y hago caso omiso de lo que Él se propone indicarme u obrar en mí! Aun así, Él siempre me acompaña, retirando los obstáculos para que no tropiece. Está conmigo en todo instante, y Su amor es inagotable.

En determinado momento aquella paciente estaba casi tirándome de la ropa para que fuéramos por donde ella quería. Insistía en meterse por una salida de incendios que estaba cerrada. Aunque ya habíamos recorrido aquel pasillo varias veces, no dejaba de insistir, de modo que me dejé llevar por ella. Se me ocurre que a veces Dios debe de mirarme y pensar: «Y bueno, pronto tendrá que darse la vuelta. Si no escucha, dejaré que haga lo que quiera. Ya aprenderá, ya lo entenderá».

Por lo visto, Dios quería mostrarme que Él vela por mí y me cuida. Que nunca se impacienta. Yo estaba pensando que aquello se estaba alargando demasiado, que era hora de pedirle a una enfermera auxiliar que se hiciera cargo. Sin embargo, no me pareció correcto. Me dije: «¿Cómo puedo abandonarla en su hora de necesidad con todo lo que hace Dios por mí? ¿Acaso mi vida y mi tiempo son más importantes que brindarle mi apoyo a alguien?»

Aun cuando obro bien, a menudo termino por aburrirme y lo dejo, o caigo en la tentación de creerme fenomenal y sentirme bastante complacida conmigo misma. En realidad, ayudar y servir a los demás es apenas mi «culto racional», el servicio que le debo1. Después de todo, Él hace lo mismo por mí todos los días.

1. V. Romanos 12:1
Ingibjörg Torfadóttir

Ingibjörg Torfadóttir

Ingibjörg Torfadóttir está afiliada a LFI. Vive en Reikiavik.  

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