Mi boda milagrosa

Mi boda milagrosa

Jesús dijo que si buscamos «primeramente el reino de Dios y Su justicia», Él nos dará todo lo que necesitemos1. A todo jefe le conviene darse cuenta cuando un empleado trabaja esforzadamente y con esmero, y recompensarlo con un aumento de sueldo o un ascenso. Dios piensa de la misma manera. Si invertimos tiempo y energías en Su obra, ayudamos a los demás y vivimos como Él nos manda, Él tomará nota de ello y verá que recibamos nuestra recompensa.

Por mi vocación de misionero me he pasado la vida compartiendo el amor de Dios con los demás y haciendo todo lo posible por vivir con arreglo a mi fe. Sin embargo, ha habido veces en que comparé mi vida con la de otras personas y me puse a pensar si no estaría en mejor situación económica trabajando en un empleo secular.

Cuando mi novia y yo decidimos casarnos, nos preguntamos cómo íbamos a costear una boda a la que pudieran asistir todos nuestros familiares y amigos. Decidimos entonces invocar la promesa de nuestro jefe de que Él nos dará todo lo que nos haga falta si primero lo buscamos Él, y Él no nos defraudó.

Una amiga de mucho tiempo que habíamos conocido con motivo de nuestras labores misioneras y que se había mudado a otra ciudad se enteró de que nos habíamos comprometido y me llamó:

—Felicitaciones a ambos —me dijo—. Mi madre tiene una empresa que organiza bodas en la ciudad donde ustedes viven. Como regalo de matrimonio arreglé con ella para que organice todo el evento.

Además de planificar toda la boda —la decoración, los arreglos florales, etc.—, también se encargó de que un confeccionista hiciera gratuitamente el vestido de novia y mi traje. Otro amigo contrató a un fotógrafo profesional y costeó la torta de bodas, los anillos y el alojamiento en un hotel para los invitados que vendrían de fuera de la ciudad.

El día de la boda, cuando entramos en el salón completamente decorado, nos quedamos asombrados de cómo Dios se había valido de esas personas tan generosas para darnos todo lo que necesitábamos.

Pero ahí no termina la historia.

En vista de que mi mujer nunca había salido del país, yo albergaba secretamente la esperanza de una luna de miel en el extranjero. Encontré unos pasajes promocionales a Macao justo en las fechas indicadas; pero en el mejor de los casos solo tendría los fondos suficientes para el vuelo, no para el alojamiento ni para otros gastos.

Prácticamente había abandonado la idea cuando un viejo amigo —compañero de séptimo grado— me escribió inesperadamente:

—Me enteré de que te vas a casar. ¿A dónde irás de luna de miel? —me preguntó.

Le respondí que tenía la ilusión de ir a Macao, pero que probablemente no resultaría.

Imagínate mi asombro cuando ese chico, con quien no había tenido comunicación en años, me escribió de vuelta diciéndome que él viajaba frecuentemente a Macao por asuntos de negocios y era socio de un club de hoteles.

—Si decides ir a Macao —me dijo—, yo costeo todos los gastos.

Dios —el jefe más estupendo que se pueda tener— me concedió los deseos de mi corazón, todo lo que había soñado y más2. ¿Compensa Dios a quienes lo sirven, invirtiendo tiempo, recursos y talentos en Su obra? Sin duda que sí.

1. V. Mateo 6:33
2. Salmo 37:4; Efesios 3:20

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Andrew Mateyak

Andrew Mateyak

Andrew Mateyak es, al igual que sus padres, misionero de carrera. Trabaja en Cagayán de Oro (Filipinas) y es integrante de La Familia Internacional. Junto con su esposa Melody, imparte clases en la escuela dominical y participa en diversas obras sociales y de beneficencia. Las noticias de sus últimas actividades aparecen en Facebook: Activated CDO.

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