Volver a empezar

Volver a empezar

La tierra para volver a empezar
¡Ojalá hubiera un espléndido paraje,
una tierra para volver a empezar,
donde, antes de entrar,
soltáramos nuestros viejos ropajes,
la suma de nuestros yerros,
nuestras angustias
y nuestra codicia egoísta,
para no ponérnoslos de nuevo!

¡Ojalá diéramos con él fortuitamente,
como el cazador que halla un sendero perdido!
¡Y ojalá que la persona a quien, enceguecidos,
con tremenda e indolente
injusticia tratamos
estuviera a la puerta
para saludarnos alegre,
como a un compañero al que se aguarda!
Louisa Fletcher Tarkington

Afortunadamente ese sitio existe —la tierra para volver a empezar—, y cualquiera puede encontrarlo, sea quien sea, sin importar cuál haya sido su pasado. Lo hallarás en los siguientes versículos de la Biblia:

«Dios es luz y en Él no hay nada de oscuridad. Si vivimos en la luz, así como Dios está en la luz, entonces tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesús, Su Hijo, nos limpia de todo pecado. Si confesamos nuestros pecados a Dios —así es como puedes despojarte de los viejos ropajes de tu pasado—, Él es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad»1.

Ese pasaje, al igual que muchos otros de la Biblia, contiene una promesa fantástica que el Padre celestial te hace porque te ama entrañablemente. Dios te ha dado «preciosas y magníficas promesas para que [llegues] a tener parte en la naturaleza divina»2.

Dios garantiza esas promesas con todo Su poder y capacidad. Por otra parte, están sujetas a ciertas condiciones que nosotros debemos cumplir. Esas condiciones las fija Dios, y cuando las cumplimos ¡cuántas bendiciones recibimos! Al someternos a Sus condiciones, las bendiciones nos llueven encima. Las llaves que abren las bóvedas de tesoros del Cielo son estas: conocer y cumplir las condiciones aparejadas a cada promesa.

Dios no solo quiere que tengamos satisfechas todas nuestras necesidades y que veamos materializarse los mayores deseos de nuestro corazón, sino que anhela que así sea. El rey David escribió en los Salmos: «Deléitate en el Señor, y Él te concederá los deseos de tu corazón»3. Observa, sin embargo, que hay una condición: «Deléitate en el Señor». Dios te concederá los deseos de tu corazón —lo dijo y por ende lo hará—, pero primero debes cumplir la condición. Primero deléitate en Él, amándolo más que a nadie y por encima de todo y haciendo todo lo posible por complacerlo; luego Él te concederá tus deseos.

Las condiciones que Dios pone no son difíciles. Jesús dijo: «Venid a Mí todos los que estáis trabajados y cargados, y Yo os haré descansar. Llevad Mi yugo sobre vosotros, y aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque Mi yugo es fácil, y ligera Mi carga»4.

La Biblia nos hace espléndidas promesas. Nos garantiza el perdón de nuestros pecados, alegría, paz interior, vida eterna… tantas cosas que no podría enumerarlas todas. Esas promesas están escritas para ti y pueden transformar por completo tu vida. Pero antes debes cumplir las condiciones, la primera de las cuales es acudir a Dios y admitir humildemente que necesitas Su ayuda y perdón5. Él puede perdonar cualquier yerro, y lo hará, pero solo si se lo pides.

La Palabra de Dios dice: «El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia»6. No seas como la criada que, cuando su patrona le preguntó si había barrido debajo de la alfombra, le contestó:

—Sí, señora. Lo barrí todo debajo de la alfombra.

Lo que barremos y dejamos debajo del tapete suele volver a salir a la luz y perseguirnos. Nada sacamos con hacer de cuenta que todo está bien cuando no lo está. En cambio, si aceptamos humildemente las condiciones que Dios nos pone para otorgarnos el perdón, Él nos lo concede. En cuanto confesamos que somos pecadores y acudimos a Jesucristo, nuestro Salvador, pidiéndole auxilio, Él entra en nuestra vida, nos transforma y nos concede una libertad que nunca habíamos conocido. «Si Dios no se guardó ni a Su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿no nos dará también todo lo demás?»7 Inclusive un nuevo comenzar.

1. 1 Juan 1:5,7,9 (NTV)
2. 2 Pedro 1:4 (NVI)
3. Salmo 37:4 (NVI)
4. Mateo 11:28–30
5. V. 1 Juan 1:9
6. Proverbios 28:13
7. Romanos 8:32 (NTV)

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Virginia Brandt Berg

Virginia Brandt Berg

Virginia Brandt Berg (1886-1968) fue una conocida pastora evangelista norteamericana y una de las primeras mujeres en difundir el Evangelio por la radio en su país. Los libros «El borde de su manto» y «Arroyos que nunca se secan» son de su autoría. Además produjo un ciclo de programas de inspiración religiosa titulados «Momentos de meditación». (Los artículos de Virginia Brandt Berg publicados en Conéctate son versiones adaptadas del original.)

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