Descubrir a Jesús

La ruta hacia la fe

Nací en el año 1955 en una familia de obreros alemanes. Por aquel entonces Alemania estaba en proceso de reconstrucción, luego de la devastación producto de la Segunda Guerra Mundial. El lema familiar de mi niñez era «trabajar mucho y aguantar». La vida era dura, las provisiones escasas y mis dos padres trabajaban para salir adelante. Casi todas las tardes mi hermana y yo encontrábamos la casa vacía al volver del colegio. En nuestra familia no se hablaba mucho de la fe o la oración, ni quedaba tiempo siquiera para atender nuestras necesidades emocionales.

Fascinado con Jesús

Yo tenía 20 años cuando leí la Biblia por primera vez. Alguien me recomendó que leyera primero el Evangelio de Juan, pero como en aquella época conocía tan poco de la Biblia, no entendía que los Evangelios configuraban cuatro recuentos separados de la vida y obra de Jesús. Partí, pues, por donde me pareció más lógico, al principio del Nuevo Testamento, con el Evangelio de Mateo.

Una historia de amor

En la Biblia Dios a menudo se vale de metáforas o alegorías para describir nuestra relación con Él; a saber, un pastor y su oveja, un padre y su hijo, una vid y sus sarmientos y una novia y su novio.

Aunque la Biblia se compone de 66 libros, diversos comentaristas observan que en realidad se trata de un solo libro con un hilo conductor nítido. Es una historia de amor. Y como toda historia de amor, esta tiene un principio, algunos altibajos y un final dramático.

La diferencia

Imagínate un bosque exuberante, profundo, incitante. Te internas en él y miras a tu alrededor esperando que te sobrecoja ese mismo asombro que has sentido otras veces al adentrarte en un paraje natural. Sin embargo, en esta ocasión los pájaros no cantan, no hay brisa que agite las hojas, no corre el agua del arroyo. Todo está inmóvil, paralizado en el tiempo, inerte. Aunque estás en un bosque, bien podría ser un cuadro colgado de una pared.

La renovación del alma

En algunos aspectos, la renovación del alma por la acción de Jesús es similar a la renovación de una vivienda deslucida y deteriorada, a cargo de uno de esos equipos de expertos restauradores que protagonizan esos programas de reconstrucción total en televisión. Ustedes los habrán visto. Los innovadores superestrella ingresan con ánimo jocundo en un recinto desvencijado y lo recomponen y redecoran hasta que queda casi irreconocible.

El fruto prohibido

En su clásica autobiografía, Confesiones, el teólogo de los primeros siglos de la iglesia, San Agustín, narra un incidente que protagonizó cuando era adolescente. Había un peral cerca de la viña de su familia, que estaba colmado de fruta no muy apetecible, ni a la vista ni al gusto. Pese a ello, junto con unos amigos, se robó unas peras de aquel árbol. No lo hicieron para comerlas ellos, sino para arrojárselas a los cerdos. Cuenta que él y sus amigos robaron simplemente porque les proporcionaba placer hacer algo prohibido, cuento tan viejo como el de Adán y Eva en el Jardín del Edén.

Una fe revitalizada

Yo me crié en un hogar cristiano, con padres cristianos muy entregados a su labor. Orábamos antes de salir, cuando nos subíamos al auto, antes de cocinar, antes de empezar nuestros quehaceres y, por supuesto, antes de dormir. Los estantes de libros estaban llenos de obras devocionales y biblias para niños y en las tardes veíamos dibujos animados de la Biblia.

Una nueva identidad

Una de mis películas preferidas es la ya clásica ¿Sabes quién viene a cenar?, del año 67. Se estrenó en un momento muy sensible de la historia de los Estados Unidos, producto de la alta volatilidad de las tensiones raciales. Fue éxito de taquilla y llegó a ser un importante agente de cambios sociales.

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