El fruto prohibido

El fruto prohibido

En su clásica autobiografía, Confesiones, el teólogo de los primeros siglos de la iglesia, San Agustín, narra un incidente que protagonizó cuando era adolescente. Había un peral cerca de la viña de su familia, que estaba colmado de fruta no muy apetecible, ni a la vista ni al gusto. Pese a ello, junto con unos amigos, se robó unas peras de aquel árbol. No lo hicieron para comerlas ellos, sino para arrojárselas a los cerdos. Cuenta que él y sus amigos robaron simplemente porque les proporcionaba placer hacer algo prohibido, cuento tan viejo como el de Adán y Eva en el Jardín del Edén.

Muchas generaciones antes, cuando Dios libró al pueblo de Israel de la esclavitud en Egipto y lo trasladó a la Tierra Prometida, inicialmente el pueblo creyó y temió a Dios.1 No obstante, cuando los israelitas debieron enfrentar circunstancias difíciles en el curso de su viaje, tuvieron una crisis de fe y se apartaron de Dios y de Moisés. Mientras este último se encontraba en la cima del Monte Sinaí recibiendo la Ley de Dios, la gente forjó un becerro de oro para rendirle sacrificios.2 En los siglos posteriores, los pueblos de Israel y de Judá continuaron contrariando a Dios con su idolatría y acciones pecaminosas, a pesar de la bondad y la protección milagrosa que les había dispensado y de las promesas que les había hecho.3

Desde los tiempos de la Creación, cuando según la Biblia Dios buscaba a Adán y Eva en el Edén, Él siempre ha deseado tener íntima comunión con la humanidad.4 Pero el pecado generó una brecha en nuestra relación con el Creador y, por mucho que lo intentemos, no somos capaces de guardar Sus mandamientos. El Apóstol Pablo lo expresó así: «Cuando quiero hacer lo que es correcto, no puedo evitar hacer lo que está mal».5 La Biblia dice que la brecha que se abrió entre Dios y la humanidad la cerró Jesucristo.6 La vida, muerte y resurrección de Cristo allanó el camino para la reconciliación y el establecimiento de una nueva relación con nuestro Padre Celestial. La restauración de esa relación entraña que se nos dote de un nuevo corazón, el cual responde a la voluntad de Dios para nuestra vida.

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«Si ustedes me aman, obedecerán mis mandamientos. ¿Quién es el que me ama? El que hace suyos mis mandamientos y los obedece. Y al que me ama, mi Padre lo amará, y yo también lo amaré y me manifestaré a él. El que me ama, obedecerá mi palabra, y mi Padre lo amará, y haremos nuestra morada en él». Jesús, Juan 14:15,21,23 (NVI)

1. V. Éxodo 14:31.
2. V. Éxodo 32:1–6.
3. V. Jeremías 7:9.
4. V. Génesis 3:9.
5. Romanos 7:21 (NTV)
6. V. Romanos 5:1

Uday Paul

Uday Paul

Uday Paul vive en Bangalore (India). Imparte cursos de inglés y de desarrollo personal.

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