Salvación eterna

¡Vivamos!

Quien me conoce ha descubierto el secreto para gozar de la vida al máximo. Soy mucho más que un personaje histórico que vivió hace 2.000 años. El hecho de que resucitara significa que hoy en día estoy aún más vivo y activo que cuando anduve por la Tierra. Y porque Yo vivo, tú también puedes disfrutar de la vida y del amor como debe ser, tanto ahora en este mundo como en la eternidad sin límites. No hay sufrimiento que Yo sea incapaz de aliviar. No hay tristeza que no pueda cambiar en gozo, ni necesidad que no pueda satisfacer, ni vacío que no sea capaz de llenar.

Experimentar a Dios

Algo que encuentro particularmente maravilloso de Jesús es la salvación que nos ofrece, capaz de transformar nuestra vida, está a disposición de cualquiera que se la pida sinceramente y con fe. Puede que la comprensión que tenga uno de la doctrina cristiana sea mínima; pero si el corazón está sediento, si uno ansía tener una relación con Dios, uno la encuentra —de manera clara y definitiva, sin tener que dar nada a cambio— aceptando a Jesús como Salvador. La salvación es sencilla; es un regalo. Uno la pide, la recibe y es suya.

La fuente de la alegría

Cuando me aceptas en tu vida y empiezas a conocerme, te lleno de una felicidad intensa y profunda. Es lo que el apóstol Pedro describió como un «gozo inefable y glorioso» (1 Pedro 1:8).

Al morir en la cruz expié los pecados del mundo, entre ellos todas las injusticias y errores que alguna vez cometiste. A consecuencia de ello, quienquiera que crea en Mí y me acepte vivirá para siempre. Eso se aplica también a ti.

Preguntas frecuentes en torno a la salvación

¿Quién la necesita?

La mayoría de la gente cree que Dios califica a las personas del mismo modo que un profesor a sus alumnos. Si uno procura ser bueno y no comete faltas muy graves, cuando muera y termine el curso de la vida probablemente se lo calificará con una nota aprobatoria. En caso de no sacar buena nota y reprobar el curso, la cosa es distinta...

¡Es gratis!

La salvación es cuestión de fe pura y simple. Es consecuencia de creer: «Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo» (Hechos 16:31). Si la experiencia te resulta emocionante y sobrecogedora y va acompañada de alguna sensación intensa, puedes considerarte afortunado; pero eso no tiene ningún efecto sobre el hecho mismo. Lo que nos salva es la fe en la Palabra de Dios. Dios puso una sola condición para que nos salváramos: que creyéramos. Lo que sintamos o dejemos de sentir es irrelevante.

La fuente del verdadero amor

Dios nos creó con la necesidad de amar y ser amados. Él y solo Él puede satisfacer el más profundo anhelo del alma humana: llegar a sentirse totalmente amada y comprendida. Las cosas terrenales podrán satisfacer el cuerpo, pero solo Dios y Su amor eterno son capaces de llenar el vacío espiritual que tenemos en el alma y que Él creó exclusivamente para Sí. El espíritu humano nunca podrá sentirse satisfecho del todo con otra cosa que no sea la unión plena con el gran Espíritu de amor que lo creó.

El ofertazo

Jesús vino para hacernos la salvación lo más fácil posible. Por eso los dirigentes religiosos de Su época se empeñaron en que lo crucificaran. Según la religión imperante era poco menos que imposible salvarse a menos que se cumpliese con una serie de complicadas leyes y enrevesados rituales1. Jesús, en cambio, enseñó que lo único que tenemos que hacer para salvarnos es creer en Él —el Cristo, el Salvador—, confesar que somos pecadores, que necesitamos salvación, y pedirle que nos la conceda2.

Es imposible entender cabalmente la salvación; es tan inaprensible como la amplitud del amor de Dios. Por eso dijo Jesús que aceptar la salvación requiere una fe infantil. «Si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los Cielos»3. Ambos conceptos están fuera de nuestro alcance. No se puede hacer otra cosa que aceptarlos.

La decisión

Jesús dice: «He aquí, Yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye Mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo»1. El amor de Dios es infinitamente poderoso, pero Él no te lo impone. Más bien envía a Jesús a tocar a la puerta de tu corazón, y espera que tú le abras y lo invites a entrar.

Él te ofrece vida eterna, pero al mismo tiempo quiere hacerse muy presente en tu realidad cotidiana. Sin embargo, no puede a menos que tú lo quieras. Espera mansa y pacientemente a la puerta de tu corazón. Tal vez lleva años aguardando a que oigas Su llamada y le abras. Quiere ser tu Salvador y entrará en cuanto se lo pidas; pero ha dejado en tus manos la decisión.

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