No hay mal que por bien no venga

No hay mal que por bien no venga

Dios previó nuestras debilidades y defectos humanos y los entretejió en el plan que nos trazó. Nada escapa a Su control, y si colaboramos con Él, es capaz de sacarle provecho a cualquier situación, por negativa que parezca. De hecho, en lugar de constituir obstáculos en el camino de la vida, las dificultades a menudo se convierten en trampolines hacia cosas mayores y mejores.

A continuación, algunos ejemplos bíblicos:

José confió en Dios, tanto en los buenos como en los malos momentos; a su tiempo, las dificultades que tuvo lo pusieron en condiciones de ayudar a su familia y su país (Génesis 37–47).

Los hermanos de José lo vendieron como esclavo a unos extranjeros sin decir nada a su padre. A la postre acabó como propiedad de Potifar, funcionario del Faraón y capitán de la guardia. Aunque se destacó en su nuevo puesto, cuando la esposa de Potifar lo acusó falsamente de intentar abusar de ella, terminó en la cárcel.

Allí también adquirió notoriedad. Al interpretar con acierto un sueño que tuvo el copero del Faraón, este accedió a interceder ante el rey para que lo liberaran. Desafortunadamente, el copero se olvidó de su promesa, y el pobre José tuvo que sufrir otros dos años de cárcel. Todo parecía ir de mal en peor para él.

Sin embargo, cuando el Faraón tuvo dos inquietantes sueños que ninguno de sus sabios atinó a interpretar, el copero se acordó de José y se lo recomendó al rey. Después que José interpretó correctamente los sueños, el Faraón no solo lo sacó de la cárcel, sino que lo nombró primer ministro, convirtiéndolo en la segunda autoridad de todo Egipto. Como tal, más adelante estuvo en situación de salvar a Egipto, a su familia y a gran parte de la región de una hambruna de siete años. Finalmente se reencontró con su familia.

José afirmó que Dios tornó en bien la maldad cometida contra él por sus hermanos, pese a las numerosas dificultades a las que se enfrentó en el ínterin, como las falsas acusaciones de la esposa de Potifar, la ingratitud y mala memoria del copero y la hambruna.

«Es verdad que ustedes [los hermanos de José] pensaron hacerme mal, pero Dios transformó ese mal en bien para lograr lo que hoy estamos viendo: salvar la vida de mucha gente» (Génesis 50:20, NVI).

Con Su muerte en la cruz, Jesús expió nuestros pecados, posibilitando que disfrutáramos de vida eterna con Él.

Los dirigentes religiosos y civiles de los judíos acusaron a Jesús de blasfemia, decidieron que debía ser condenado a muerte y lo llevaron ante Poncio Pilato, gobernador romano de Judea. Pilato no encontró motivos para condenarlo; pero por temor a la multitud hostil que se había reunido, dejó que el pueblo decidiera el destino de Jesús. Incitada por sus dirigentes, la gente exigió: «¡Crucifíquenlo!»

Jesús fue objeto de escarnio, golpes y escupitajos. Fue azotado, y las puntas de hierro y hueso que había en las terminaciones de las correas del látigo molieron y desgarraron su carne. Le colocaron una corona de espinas sobre la cabeza. Después de todos aquellos tormentos, terminó desnudo y demasiado débil para llevar a cuestas Su cruz hasta el lugar donde lo iban a ejecutar. Un transeúnte se vio obligado a cargar la cruz por Él.

En el Gólgota lo sujetaron a la cruz clavándole estacas en las muñecas y tobillos, y lo dejaron entre dos delincuentes comunes hasta que muriera. Jesús permaneció colgado de la cruz seis horas, período durante el cual los soldados echaron suertes sobre Su ropa y los espectadores le espetaron insultos. Casi todos Sus amigos y seguidores lo abandonaron. Sumido en la más absoluta soledad, clamó a Su Padre: «Dios Mío, Dios Mío, ¿por qué me has desamparado?» Sin embargo, al morir afirmó: «¡Consumado es!» Nuestros pecados habían sido expiados. Había logrado nuestra salvación.

«Herodes y Poncio Pilato se juntaron aquí, en esta ciudad, con los extranjeros y los israelitas, contra Tu santo siervo Jesús, a quien escogiste como Mesías. De esta manera, ellos hicieron todo lo que Tú en Tus planes ya habías dispuesto que tenía que suceder» (Hechos 4:27,28, DHH).

Parecía que todo les había ido fatal a Pablo y Silas en Filipos (Hechos 16:16–40).

Al liberar Pablo a una adivina del demonio que la poseía, los iracundos amos de la mujer azuzaron a una turba en contra de los maestros cristianos, los llevaron ante las autoridades de la ciudad y presentaron falsos cargos contra ellos. Los funcionarios mandaron que los despojaran de sus ropas, los golpearan y luego los encadenaran y echaran en la cárcel, desestimando sus derechos como ciudadanos romanos. Esa noche hubo un gran terremoto. La cárcel se sacudió con tal violencia que las paredes se derrumbaron y las puertas se abrieron.

Sin embargo, después que Pablo y Silas le salvaron la vida al carcelero al no huir del lugar, este los llevó a su casa, les dio de comer, curó sus heridas y escuchó lo que le dijeron. Esa misma noche, él y toda su familia abrazaron la fe en Jesús. A la mañana siguiente Pablo y Silas fueron puestos en libertad, con las disculpas del tribunal.

«El carcelero […] y su familia estaban muy felices de haber creído en Dios» (Hechos 16:34, TLA).

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Ronan Keane

Ronan Keane es el jefe de redacción de la revista Activated. 

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