El eunuco de Etiopía

El eunuco de Etiopía

Hechos 8:26-40 en versión moderna

Nunca olvidaré el día de la operación. Contaba apenas 7 años. A partir de entonces me convertí en un eunuco real, destinado a servir en el palacio de los reyes y reinas de Etiopía. Nunca llegaría a formar mi propia familia, nunca se me consideraría un hombre como todos los demás y siempre tendría que ceñirme a un régimen especial. Tampoco se me permitiría hacer las cosas que hace la gente común y corriente.

Con el paso de los años he aprendido a servir en la casa real. Me enseñaron cálculo, escritura y geografía, materias que despertaron en mí una fascinación por otros pueblos y territorios. Descubrí que otros eunucos habían prestado servicio a los faraones de Egipto, a los emperadores de la China y a los rajás de la India. Para encontrar eunucos, bastaba con ir a centros de poder. Nunca estarían lejos de allí.

Cuando la reina Kandake necesitaba a alguien que se encargara de su comercio exterior, me nombraron a mí, dado mi conocimiento de otras culturas. Fue un gusto desempeñar ese cargo, aunque mi anhelo era formar parte de una familia. Pensaba que debía de haber algún lugar en que pudiera sentirme en casa y en el que me aceptaran tal como soy.

Por asuntos de Estado viajé a Jerusalén, pero me quedé más de lo estrictamente necesario, pues tenía interés en la religión judía. Me enteré de todo lo que pude y hasta me las arreglé para obtener una copia de sus escrituras. Me quedé con ganas de visitar su templo, pues me impidieron la entrada.

—¿Por qué no puedo ingresar? —le pregunté al guardia apostado a la entrada—. ¿No sabe usted que soy miembro de una casa real y que me encuentro aquí en una importante misión diplomática?

—¡No se permite entrada a los eunucos! —me contestó con rudeza.

—¿Y quién lo dice? —le pregunté desafiante.

—Lo dice nuestra Ley —replicó.1

Consideré muy injusto ese rechazo. La extirpación que me convirtió en eunuco no fue decisión mía; sin embargo, me rechazaban. Esa desde luego no era una comunidad religiosa a la que yo pudiera integrarme.

Con todo, el Dios de Israel no dejaba de intrigarme. De modo que ya viajando de regreso a casa en mi carroza continué leyendo los pergaminos, curioso por dilucidar su significado. Fue precisamente en el camino del desierto, a las afueras de Jerusalén, cuando noté a un judío barbudo que deambulaba por allí.

Como yo iba leyendo en voz alta, él debió de darse cuenta de que mi pergamino contenía las enseñanzas de Isaías, el profeta judío. Me preguntó entonces:

—¿Entiendes lo que lees?

Hice detener la carroza y los dos intercambiamos miradas con cierta expectación.

Le respondí con seriedad:

—¿Cómo podría entender, si alguien no me ayuda? Lo llevo hasta donde necesite si usted puede explicarme lo que dice aquí.

Leí el pasaje:

—«Como cordero, fue llevado al matadero; como oveja, enmudeció ante su trasquilador; y ni siquiera abrió su boca. Después de aprehenderlo y juzgarlo, le dieron muerte; nadie se preocupó de su descendencia. Fue arrancado de la tierra de los vivientes».2

Aquello me recordaba mi propia suerte: sin descendencia y arrancado de la tierra de los vivientes.

—Dígame usted, ¿a qué profeta se refiere aquí? ¿A sí mismo? ¿O a otro?

Felipe procedió a revelarle que las predicciones de aquel rollo que iba leyendo se habían hecho realidad. Le contó que él había conocido a Jesús de Nazaret y que había sido su seguidor. Le relató además que Jesús había sacrificado Su vida por el pueblo dejándose crucificar escasas cinco semanas antes y que al tercer día había resucitado de los muertos.

Me maravillé, pero titubeaba todavía, pues no olvidaba las palabras de desprecio que había oído días antes. Felipe me indicó entonces algo que figuraba en el mismo pergamino:

—«Así dice el Señor: “A los eunucos que […] elijan lo que me agrada y sean fieles a mi pacto, les concederé ver grabado su nombre dentro de mi templo y de mi ciudad; ¡eso les será mejor que tener hijos e hijas!”»3 ¡Me embargó una inmensa alegría! Por fin había encontrado una comunidad en la que sería aceptado, en la que ¡me amarían tal como era yo!

En ese momento advertí que pasábamos por un oasis con una pequeña laguna. Me volví rápidamente hacia mi nuevo maestro y le pregunté:

—¿Qué me impediría bautizarme en este mismo instante?

Deseaba ardientemente el rito purificador del bautismo. Felipe respondió:

—Si crees de todo corazón, bien puedes.

Luego que Felipe orara por mí y me bautizara, me sentí renovado. ¡Transformado! Quise agradecerle, pero de un momento a otro se esfumó. ¿Para dónde se fue?

Ignoraba lo que le había pasado a Felipe, pero no lo que me había pasado a mí. Mi vida tomó un nuevo derrotero. Ya no estaba solo. Por lo menos sabía a qué pertenecía: la familia de Dios.

1. V. Deuteronomio 23:1.
2. Isaías 53:7,8 (NVI).
3. Isaías 56:4-5 (NVI).

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Daniel Benjamin

Daniel Benjamin aceptó a Jesús a la edad de 16 años en Europa. Desde entonces ha procurado seguir las huellas de Cristo en una travesía que lo ha llevado a China, Hong Kong, Corea y Singapur. Actualmente vive en el Sureste Asiático, donde predica en iglesias de pequeñas localidades y dirige una célula de creyentes.

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