Belleza en lugar de cenizas

La Biblia promete que «a los que aman a Dios todas las cosas les ayudan a bien».1 No solamente algunas, ni la mayoría, ni muchas, sino todas. ¡Qué promesa!

A veces es difícil creer que Dios pueda sacar algún provecho de las peores tragedias y decepciones que sufrimos. Pero si lo amamos y procuramos complacerlo, lo hará. ¿Cómo? En muchos casos por medio de lo que aprendemos en nuestros momentos de desesperanza. La experiencia que adquirimos da profundidad a nuestra relación con el Señor y a nuestra interacción con los demás. Además, nos permite identificarnos con otras personas y comprenderlas mejor, a fin de que podamos consolarlas en sus momentos difíciles. No obstante, en otras situaciones no vemos con claridad los beneficios que puede habernos reportado cierta contrariedad. Es posible que no lo entendamos del todo hasta que lleguemos al Cielo y veamos lo ocurrido entre bambalinas en nuestra vida espiritual, lo cual no se nos hizo tan patente cuando estábamos en la Tierra. De todos modos, puedes tener la certeza de que si amas a Dios, algo bueno saldrá de los obstáculos con que te topes en la vida.

Intenta, pues, verle el lado bueno a cada situación, por desventajosa que pueda parecer a simple vista. Eso requiere un esfuerzo considerable además de una dosis de oración. No se logra de la noche a la mañana. Pero hará la mar de diferencia cuando te enfrentes con problemas y escollos.

Lamentablemente, si no vemos nuestros desengaños, penas, pruebas, enfermedades y demás dificultades bajo el prisma de Romanos 8:28, nos perdemos las valiosas enseñanzas que el Señor se propone impartirnos y nos privamos de la paz que se obtiene al confiar en esa singular promesa y principio.

Las pruebas equivalen a beneficios. Comprender esa sencilla ecuación y creer en ella puede enriquecer nuestra existencia y darle un sentido más profundo y alegre. Hay una diferencia enorme entre el efecto que tiene el afrontar los escollos y tropiezos con miedo, esperando que suceda lo peor, y encarar los obstáculos con fe y valor, seguros de que el Señor les sacará provecho y de que nos fortalecerán espiritualmente.

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Es natural que nos preguntemos por qué nos ocurren cosas malas. Conviene recordar que Dios escribe derecho con renglones torcidos. Él siempre tiene un propósito, aunque no siempre nos lo revele enseguida.
A veces se vale de enfermedades, aflicciones y contrariedades para llevarnos a estrechar nuestra relación con Él y confiar más en Él. De lo contrario tendemos a dejarnos llevar por la corriente. A veces nos suceden ciertas cosas con el único fin de mantenernos humildes; en otras ocasiones para acercarnos a otras personas; en algunos casos para forzarnos a rezar; en otros para enseñarnos a ser más cuidadosos y proceder con más oración; otras más tienen por objeto poner a prueba nuestra fe. Hay muchos motivos por los que Dios permite que pasemos tribulaciones, pero en última instancia, todos cumplen el mismo propósito: acercarnos a Él y obligarnos a recurrir más a Su poder, para que nos llenemos más del amor y el gozo que Él nos proporciona.
«Muchas son las aflicciones del justo, pero de todas ellas lo librará el Señor» (Salmo 34:19). Él permite esos sinsabores a modo de pruebas. Tienen por objeto fortalecer nuestra fe y obtener una victoria aún más resonante de lo que parecía una derrota.
Lo que debemos recordar constantemente es que todo lo que Dios hace, lo hace con amor. Dios no va a permitir que a un hijo Suyo que lo ama le ocurra algo que no sea para su bien.
Aunque es posible que sufras multitud de aflicciones y penalidades, el Señor dice en el versículo antes citado que Él te librará de todas, cualquiera que sea su naturaleza o cantidad. D.B.B.
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Aunque todas las naves que tengo en alta mar
vuelvan a puerto con los mástiles destrozados,
confiaré en la Mano que nunca me ha abandonado,
que cambió en bien para mí lo que parecía mal.
Y aunque rompa en llanto al ver mis sueños destruidos,
gritaré entre las ruinas: «¡Señor, en Ti confío!»
Ella Wheeler Wilcox
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Con mi desdicha aumenta mi ventura. Cervantes
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No ha habido médico que haya recetado un medicamento a su paciente ni con la mitad del cuidado y precisión con que Dios dosifica cada una de nuestras pruebas. Jamás deja que se excedan en un solo gramo.

1. Romanos 8:28

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