Cómo enmendarse

Si te parece que los problemas que afrontas actualmente son consecuencia de haberte apartado de tu Pastor o haber desobedecido a tu Padre celestial, no tienes por qué dejarte abrumar por el remordimiento. Bastan cuatro pasos sencillos para enmendarte: 1) reconoce ante Él tu error; 2) agradécele que te ame tanto como para corregirte; 3) propónte en tu corazón enderezarte; y 4) pídele ayuda.

La Palabra de Dios promete: «Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos. Cuanto está lejos el oriente del occidente, hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones. Como el padre se compadece de los hijos, se compadece el Señor de los que le temen.»1

Lo que a Él le interesa es que aprendamos y hagamos progresos. Su intención es hacernos más sensatos, más juiciosos y dependientes de Él.

A la larga caemos en la cuenta de que nuestro Padre sabe más que nosotros y de que somos más felices cuando le obedecemos que si nos rebelamos o le rehuimos cuando quiere enseñarnos algo.

Dios se vale de las tribulaciones para enseñarnos a conducirnos mejor; pero ésa no es la única razón por la que enfrentamos escollos. Cada vez que te veas en dificultades o que te sobrevengan padecimientos, quebrantos, enfermedad o dolor, no tienes por qué angustiarte pensando que has hecho algo horrible y en extremo desagradable a Dios. Hay muchos otros motivos por los que pasamos por pruebas y tribulaciones. Si Él en efecto se propone conseguir que cambiemos en algún aspecto, por lo general entendemos bastante pronto de qué se trata. De hecho, mucho antes de que llegue a ese punto, normalmente nos ha dado señales de advertencia a las que no hemos prestado atención.

Si no sabes por qué se te ha presentado determinada contrariedad, pregúntaselo al Señor. No con actitud resentida o escéptica, sino con fe y humildad. Cuéntale tus inquietudes, tus preocupaciones, tus aprensiones. Luego haz silencio y escucha. La voz de Su Espíritu te hablará al corazón y te indicará por qué ha permitido que ocurran esas cosas.

Es posible que no te lo diga enseguida ni te lo explique todo cabalmente. Eso en sí puede constituir una prueba de fe. Él quiere ver hasta qué punto lo amas, confías en Él y le agradeces todo lo que pone en tu camino, sabiendo que a la larga redundará en tu bien, aunque Él no te exponga todas las razones por las que lo ha hecho.

En todo caso, tanto si te lo aclara como si no, Jesús siempre te confortará en espíritu cuando acudas a Él. Como se ha llegado a decir, sanará tu corazón destrozado si le entregas a Él cada pedazo.2

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Que no diga yo en la enfermedad: «¿Me estoy mejorando de mi dolencia?» Sino más bien: «¿Estoy mejorando a causa de ella?» Shakespeare
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La desgracia es capaz de abrir los ojos hasta a los ciegos. Es una maestra que sabe mucho, y una amiga que no engaña como la felicidad. Ruiz Aguilera
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Nuestras tribulaciones se duplican cuando las malinterpretamos. El peso de una carga lo determina la forma en que la percibimos. Si vemos los perjuicios que sufrimos como castigos impuestos por un Dios ofendido, éstos nos esclavizan. Mas si los consideramos elementos de limpieza y pulimento del Creador, concebidos para embellecer Sus joyas —nosotros—, aguardamos con paciencia el feliz desenlace. Adaptado de J. H. Jowett
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El dolor, cuando no se convierte en verdugo, es un gran maestro. Concepción Arenal

1. 1 Juan 1:9; Salmo 103:12–14
2. En el libro Escucha Palabras del Cielo, de la colección Actívate, encontrarás consejos sobre cómo puedes recibir palabras de ánimo, fortaleza e instrucción directamente del propio Jesús.

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