Cuando los problemas persisten

Hay cosas en la vida —por ejemplo, una gripe o una discusión con un compañero de trabajo— que no duran mucho. Otras pueden prolongarse considerablemente: una enfermedad crónica, un impedimento físico, una adicción, la pérdida de un ser querido o una lucha sin cuartel por superar un defecto, como pueden ser la ira o el mal humor. Quizá tengas que bregar durante semanas, meses o incluso años con algo así.

A veces esas situaciones persisten pese a que uno considera que ha hecho todo lo que estaba a su alcance: ha orado, leído y obedecido la Palabra, ha invocado las promesas de Dios y ha procurado confiar en Él. Aun así, no halla salida al laberinto en que se ve. Puede ser muy desalentador.

En tales casos, es posible que Dios nos esté poniendo a prueba para ver si vamos a confiar, tener fe y agradecerle todo lo bueno que nos brinda, aun cuando parezca que no responde a nuestras oraciones. «Por fe andamos, no por vista. Bienaventurados los que no vieron, y creyeron.»1 A Dios le encanta que Sus hijos manifiesten fe, y promete recompensar grandemente a quienes soportan la prueba con valor.

Si Dios está obrando en tu vida con el fin de cultivar en ti determinada cualidad, puede que el proceso se demore un poco. Un trozo de carbón no se convierte en diamante de la noche a la mañana; lo mismo sucede con nosotros.

Cuando te parezca que has llegado al límite de tus fuerzas, aguanta un poco más. Muchas veces la paciencia es la llave que abre la puerta de la recámara de las bendiciones de Dios. Hay casos en que tenemos que conformarnos con aguardar a que Él nos responda. Aunque le pidamos que ponga fin enseguida a nuestras dificultades, es posible que Él considere preferible hacerlo más adelante. El cronograma de Dios es impecable. «Bien lo ha hecho todo.»2 Confía en Él.

La fe es creer y confiar. La fe no se rinde ni accede a dar algo por imposible. La fe se niega a que las circunstancias o las pruebas la despojen de su paz y alegría.

Si nos negamos a claudicar y en cambio nos aferramos a Dios pase lo que pase... si nos proponemos firmemente creer en Sus promesas aunque no veamos aún su cumplimiento, la victoria será nuestra al fin. Una fe de esa naturaleza no puede ser derrotada. Dios nunca nos fallará.

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Es imposible desesperarse cuando uno recuerda que su Auxiliador es omnipotente.
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La paciencia —virtud, por cierto, muy escasa— parece ser una de las lecciones que Dios procura enseñarnos con más frecuencia. Para ello pone a prueba nuestra fe y nos empuja a acudir a Él y a Su Palabra. De otro modo, es posible que no les dedicásemos tanto tiempo ni atención. Es un medio del que Dios se vale para que le prestemos oído. D.B.B.

1. 2 Corintios 5:7; Juan 20:29
2. Marcos 7:37

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