El Buen Pastor y el Padre amoroso

En algún momento todos nos apartamos de nuestro Pastor, Jesús, y nos desviamos de la senda por la que nos conduce. «Todos nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino».1 Nos enfrascamos en nuestros propios planes y nos vamos en pos de nuestros intereses. Actuamos por impulso y tomamos decisiones importantes casi sin detenernos a reflexionar y orar sobre si eso es lo que el Señor quiere que hagamos. Peor aún, a veces actuamos erróneamente a sabiendas de que lo que hacemos se opone a las leyes de amor y consideración por los demás que Dios ha instituido, o bien en franca desobediencia a las instrucciones que nos da Su Palabra. Todas esas conductas nos alejan de nuestro Pastor y Guía.

Jesús nos indica el camino en que debemos andar. Lo hace por medio de Su Palabra y de la voz de Su Espíritu, que nos habla al corazón y nos indica lo que está bien y lo que está mal. Luego nos dice lo que a Sus primeros seguidores: «Si sabéis estas cosas, bienaventurados seréis si las hiciereis».2 Si creemos en lo que nos dice y le obedecemos, contamos con Su bendición.

Pero cuando empecinadamente hacemos caso omiso de Sus instrucciones y actuamos de forma poco amorosa —ya de palabra, ya de hecho; ya con Él, ya con los demás—, tarde o temprano permite que paguemos las consecuencias, las cuales se materializan en problemas o males. Lo hace con la finalidad de enseñarnos a distinguir el bien del mal y de mantenernos muy unidos a Él, escuchándolo y avanzando en la dirección indicada. Le duele vernos trastabillar o caernos, pero como pastor amoroso que es, tiene el deber de ayudarnos a crecer y a madurar. A veces, por haber obrado mal, no le dejamos alternativa.

Dios es, por encima de todo, un Dios de amor.3 Nos ama entrañablemente, como un padre a sus hijos. Pero como buen padre, también nos disciplina por nuestro propio bien cuando nos obstinamos en obrar mal. La Biblia dice que «el Señor al que ama, disciplina. Porque ¿qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina? Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados.»4

En todo caso, haga lo que haga, Dios siempre obra con amor. Puede que a veces tengamos que sufrir las consecuencias de nuestras acciones cuando éstas son contrarias a la regla de oro, que es amarlo a Él y a los demás. Sin embargo, ni siquiera en ese caso persiste Su enojo contra nosotros. Sabe que somos humanos. Cuando nos volvemos a Él, está presto a perdonarnos y olvidar. Nos alienta y consuela amorosamente a pesar de nuestras faltas y errores. Promete: «Perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado».5

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Aunque los castigos de Dios a veces sean difíciles de tragar, representan una prenda de Su amor, un cumplido intolerable, y nos vienen bien si nos hacen escarmentar y nos ayudan a vivir felices y en armonía con Él. D.B.B.
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Dios nos disciplina para nuestro provecho, a fin de que seamos partícipes de Su santidad. (V. Hebreos 12:10.) Dicho de otro modo, con ello nos purifica, nos limpia de los pecados e impiedades que albergamos en el corazón y que nos causan tantas complicaciones. D.B.B.

1. Isaías 53:6
2. Juan 13:17
3. V. 1 Juan 4:8
4. Hebreos 12:6–7,11
5. Jeremías 31:34

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