La armadura de Dios

El apóstol Pablo, uno de los grandes pioneros y dirigentes de la primera iglesia, comparó la vida del cristiano a la del soldado. «Sufre penalidades como buen soldado de Jesucristo», escribió al joven Timoteo.1 Cuando alguien se alista en el ejército en tiempo de guerra, sabe que irá a combatir. Si quiere sobrevivir, se toma la instrucción seriamente. Aprende todo lo que puede sobre sus armas y se adiestra en su manejo.

En la época de Pablo, el Imperio Romano gobernaba el mundo conocido y la armadura y las armas de las legiones romanas eran lo último en materia bélica. Para librar nuestra guerra espiritual, Dios nos ha provisto de algo mucho más eficaz incluso que el armamento moderno de avanzada tecnología: armas espirituales. «Las armas de nuestra milicia no son carnales [no son de este mundo], sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas»,2 o como dice la Biblia de Jerusalén, «son capaces de arrasar fortalezas», es decir, las fortalezas espirituales que el Diablo intenta levantar en la mente y el corazón de las personas.

Por eso aconsejó Pablo a los primeros cristianos: «Tomad toda la armadura de Dios para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes. Estad, pues, firmes, ceñidos vuestros lomos con la verdad, y vestidos con la coraza de justicia, y calzados los pies con el apresto del evangelio de la paz. Sobre todo, tomad el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos de fuego del maligno. Y tomad el yelmo de la salvación, y la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios; orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu.»3

Analicemos con mayor detalle el significado de esos versículos:

Al aceptar a Jesús, te pusiste el yelmo de la salvación. Esa es una pieza de la armadura que jamás podrás quitarte ni perder. Una vez que pides a Jesús que entre en tu corazón eres Suyo para siempre. Por mucho que el Diablo te ataque, nunca podrá vencerte ni recobrarte.

La coraza de justicia, de la rectitud. ¿Qué justicia? «La justicia que es de Dios, por la fe.»4 Aunque hayas recibido a Jesús, no eres perfecto ni justo. Todavía tienes defectos y cometes pecados. La diferencia radica en que el sacrificio hecho por Jesucristo en la cruz y la sangre que derramó por ti te otorgan remisión de todos los pecados.5 Al confesarle tus faltas y errores y aceptar por fe Su perdón, te vistes de Su justicia. De modo que cuando el Diablo te acuse recordándote todos tus pecados y debilidades, puedes devolverle el golpe admitiendo que en efecto eres pecador, pero Jesús te ha perdonado y te ha concedido Su justicia.

Cuando hablas de Jesús y compartes Su amor, predicas el Evangelio de la paz. Por sorprendente que parezca, ésa es una eficaz  protección: Dios bendice a quienes divulgan las Buenas Nuevas. Al impartir a los demás las divinas Palabras de amor, éstas arraigan más firmemente en tu corazón y en tu vida. Al fortalecer a otros, tú mismo te haces más fuerte.

¿Qué te protege de las mortíferas mentiras del Diablo? ¡La fe! Estudiando la Palabra de Dios y aplicándola en tu vida cotidiana, tu «escudo de la fe» se hace más resistente, hasta convertirse en un campo magnético que te envuelve y que el enemigo de tu alma no es capaz de penetrar. Eso no significa que nunca vayas a librar batallas; pero cuando lo hagas, no sucumbirás totalmente. Ello obedece a que tienes fe en las promesas que te ha hecho Dios en la Biblia, en el sentido de que siempre estará contigo y te ayudará a salir adelante pase lo que pase.

Por último —aunque no por ello menos importante— dispones de un arma ofensiva: la Palabra de Dios, la espada del Espíritu, que es «viva y eficaz».6 ¡Imparable! Cuando Satanás te presente batalla en la mente y el corazón, procurando asestarte un golpe mortal mediante la desazón, el pesimismo, la confusión, la desesperación que producen las presiones, la preocupación o cualquiera de sus tácticas, tu única esperanza es lanzar una contraofensiva. Desenvaina la espada del Espíritu. Echa mano de un versículo o de una promesa y aférrate a ellos. Eso hizo Jesús cuando el Diablo lo tentó al comienzo de Su ministerio en la Tierra. Se limitó a citarle las Escrituras: «Escrito está...»7 El Diablo no es capaz de hacer frente al poder de la Palabra de Dios. Ante ella, ¡siempre se bate en retirada!

1. 2 Timoteo 2:3
2. 2 Corintios 10:4
3. Efesios 6:13–18
4. Filipenses 3:9
5. V. 1 Juan 1:7
6. Hebreos 4:12
7. V. Mateo 4:1–11
Copyright 2020 © Activated. All rights reserved.