La guerra espiritual

La Biblia explica que se libra una guerra entre dos mundos, una lucha espiritual entre el bien y el mal. «No tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes.»1

Una vez que hemos recibido a Jesús como Salvador, ya no tenemos que preocuparnos del poder de Satanás, porque contamos con la protección del Espíritu Santo, cuyo poder es mucho mayor. La protección del Señor es como un campo magnético que nos rodea, nos ampara y nos envuelve, y que el Diablo no puede penetrar. «Hijitos, vosotros sois de Dios y los habéis vencido; pues mayor es el que está en vosotros que el que está en el mundo.»2

El propósito del Diablo es obstaculizar a los hijos de Dios de todas las maneras posibles. Pero no tiene poder sobre nosotros, toda vez que pertenecemos al Señor. Satanás no puede ni tocarnos sin el permiso expreso de Dios. Y Él sólo se lo concede cuando tiene un motivo para ello y sabe que obtendrá el resultado que desea.

No obstante, aunque en el sentido físico el Diablo carece de potestad directa sobre nosotros, sí puede tratar de influir en nuestros pensamientos, actitudes y decisiones. De modo que no tenemos por qué temer al Diablo, pero sí estar en guardia. No debemos «ignorar sus maquinaciones (artimañas)»3, para evitar caer en sus trampas. Hombre prevenido vale por dos.

El Diablo es astuto y malicioso. Si siempre se valiera de estratagemas evidentes y se nos apareciera con cuernos y un tridente, reconoceríamos enseguida sus ataques. En cambio, distorsiona sagazmente la verdad. Por ejemplo, tú o uno de tus seres queridos se encuentran enfermos o han sufrido un accidente del cual te sientes culpable. Piensas que si hubieras obrado de otro modo la cosa se podría haber evitado. Es natural que te sientas así. Puede que Dios quiera enseñarte algo para que en lo futuro tomes precauciones que eviten situaciones parecidas. Pero si habiendo pedido perdón al Señor y habiéndote Él ayudado a asimilar la enseñanza que trae aparejada el asunto, todavía sufres una intensa sensación de culpabilidad y remordimiento, eso es obra del Diablo. Si has cometido un error, el Diablo procurará recordártelo y exagerártelo continuamente para que pierdas toda fe y esperanza en el amor de Dios. Lo que se propone es convencerte de que ni Dios ni los demás podrán perdonarte y de que no podrás deshacer el daño ocasionado. Por tanto, más te vale desistir. Si transitas por esa senda, el Diablo habrá  triunfado.

Para el cristiano, el abatimiento y la condenación son gajes del oficio. El Diablo no persigue otro objetivo que convencernos de que hagamos caso omiso de Dios y de Sus promesas. En lugar de infundirnos fe y esperanza y alentarnos con promesas divinas, se regodea abrumándonos con aprensiones, desaliento y falsedades. Muchas veces comienza cuando nos topamos con algún problema. Intenta armar una montaña tan alta de preocupaciones, temores y dudas que no veamos las soluciones y respuestas que nos garantiza Jesús en Su Palabra.

Dios nos ha dado toda una Biblia llena de increíbles promesas de liberación, victoria, superación, protección, curación, sabiduría, éxito y todo lo que necesitamos para ser felices y estar saludables. Tenemos derecho a reclamar esas garantías, pero nuestra naturaleza humana tiende a aferrarse a lo que podemos ver y palpar. Nos cuesta creer o confiar en lo que es intangible o invisible para nuestros sentidos. Dios quiere que vayamos más allá de eso, que confiemos en Él y creamos que es capaz de resolverlo todo para nuestro bien, aun cuando todo parezca perdido.

Otra treta de la que se vale el Diablo es la siguiente: Le pedimos a Dios que modifique cierta situación, pero la respuesta no llega enseguida o no es la que esperábamos o ansiábamos. Entonces Satanás procura aprovechar la ocasión para inducirnos a la duda. Nos dice que al permitir que suframos, Dios ha faltado a Sus promesas, de donde se deduce que no se preocupa por nosotros ni nos quiere mucho. Si cedemos reiteradamente a ese razonamiento, nuestra fe se debilita cada vez más.

Es importante identificar la naturaleza de esos pensamientos. Son mentiras del Diablo que tienen por objeto abatirnos, deprimirnos y despojarnos de nuestra fe. Devuelve, pues, el golpe y resiste a Satanás, clamando a Jesús para que te libre de las argucias del Diablo.

Las fuerzas del mal siempre se nos opondrán, pero no pueden competir con el poder de Dios: «Yo les doy [a Mis ovejas] vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de Mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de Mi Padre.»4 «Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del Diablo.»5 Puede que perdamos unas cuantas batallas, pero ganaremos la guerra. Combatimos en el bando ganador, y por tanto es imposible que perdamos.

1. Efesios 6:12
2. 1 Juan 4:4
3. 2 Corintios 2:11
4. Juan 10:28–29
5. 1 Juan 3:8
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