Si sufrimos, también reinaremos...

La vida está llena de dificultades. Si nos descuidamos, este mundo nos agobia con sus innumerables problemas. Nos quedamos empantanados en ellos y no podemos ver más allá.

Dios quiere que miremos hacia adelante, por encima de los obstáculos que se nos presentan en el momento presente. No quiere que pensemos en función de las circunstancias del momento, sino de las posibilidades futuras. Tenemos que apartar la vista del fango y fijarla en las estrellas.

Cuando Jesús abandonó la Tierra y regresó al Cielo, explicó que iba delante de nosotros a fin de prepararnos un lugar donde habrá muchas moradas y donde no existirá más pena, dolor ni llanto.1

«Cosas que ojo no vio ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman.»2 La expectativa de las glorias, los placeres y los premios que nos aguardan en el Cielo hace más fáciles de sobrellevar las pruebas y tribulaciones del presente.

Ya nada importará al ver al buen Jesús;
se desvanecerá todo pesar.
Las penas del ayer se irán al verlo a Él.
Sigue luchando, pues, sin desmayar.

«Esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria. [...] Pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas. Si sufrimos, también reinaremos con Él.»3

Nuestra estadía en la Tierra constituye una parte importante del plan divino para cada uno de nosotros; pero no lo es todo. Lo que experimentamos en nuestro tránsito por la vida hace de nosotros los hombres y mujeres que debemos ser para alcanzar los objetivos más inmediatos de Dios, del aquí y del ahora. Pero también cumple una finalidad a futuro, de cara a la vida venidera. Se trata de una preparación para todo lo que el Señor nos tiene deparado, a corto y a largo plazo.

De modo que cuando te veas asediado y zarandeado por tribulaciones, temores y preocupaciones, cuando la vida sea una lucha cotidiana y te preguntes si realmente vale la pena el esfuerzo, piensa en todo lo que te espera. Cuando llegues al final de la senda de la vida, te encuentres ante Jesús y entres en Su Reino celestial, recibirás una recompensa indescriptible por haber «peleado la buena batalla de la fe».4

Jesús promete: «Al que venciere le daré que se siente conmigo en Mi trono, así como Yo he vencido, y me he sentado con Mi Padre en Su trono».5

Sin duda la vida es una lucha. En cierto modo es aún más encarnizada ahora que antes que dieras cabida a Jesús en tu alma, porque el Diablo se propone impedirte que hagas la voluntad de Dios. Pero al menos ahora sabes que tus pruebas y dificultades tienen un propósito. Tu Padre celestial vela por ti con gran amor y ha dispuesto cada detalle relativo a tu vida. Sabe exactamente qué necesitas y en qué quiere que te conviertas. Promete además sacar algún provecho a cada dificultad. Te apoyará, te dará fuerzas y te sostendrá en cada prueba.

Él te ama, y todo lo que permita que te sobrevenga —ya parezca bueno o malo, ya sea una prueba o un castigo— es para bien. Si en medio de ello confías en Él, te convertirás en una mejor persona, más madura, más amorosa, un instrumento más útil en Sus manos, una vasija con la cual Él podrá verter libremente las aguas de Su amor y Su Palabra para consolar y fortalecer a otros seres necesitados.

De modo que cuando lo veas todo tenebroso, confuso o turbio, cuando las lágrimas te bañen los ojos y la desesperación quiera apoderarse de tu corazón, aparta la mirada de ti mismo y de los males del mundo. Vuélvela hacia los ojos de Aquel que te ama y vela tiernamente por ti. Halla consuelo en Sus brazos y deja que Sus fortalecedoras Palabras de vida te infundan fe y paz interior.

Ten en cuenta todas las cosas con las que te ha favorecido y agradéceselas. Luego fija la vista en todo lo que te tiene preparado, las recompensas y las bendiciones que ha prometido para quienes perseveren y aguanten. Si tienes la mirada puesta en el galardón final —el Cielo—, cobrarás ánimo y no te cabrá duda de que todas las contrariedades por las que pases en esta vida bien valen la pena. Si pese a los escollos, obstáculos y pruebas que se te presenten, complaces al Señor perseverando en tu relación con Él y manifestando Su amor a los demás, de palabra y de hecho, Él te bendecirá concediéndote las peticiones de tu corazón para siempre. «Deléitate en el Señor, y Él te concederá las peticiones de tu corazón. Tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse.»6 ¡Sé un triunfador!

1. V. Juan 14:2; Apocalipsis 21:4
2. 1 Corintios 2:9–10
3. 2 Corintios 4:17–18; 2 Timoteo 2:12
4. 2 Timoteo 4:7–8
5. Apocalipsis 3:21
6. Salmo 37:4; Romanos 8:18
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