¿Una vida sin escollos?

Quizás en el momento en que aceptaste a Jesús como tu Salvador te dio la impresión de que todos tus problemas se iban a desvanecer, de que al menos la vida se te haría mucho más fácil. Has sentido Su mano reconfortante y Su desvelo, pero aún se te plantean muchas de las mismas dificultades cotidianas. Tal vez hasta tengas más que antes, o de otra índole.

Puede que increpes a Dios y le preguntes por qué pasa eso, si tú pensabas que Él iba a resolver todos tus problemas. Justo cuando pensabas que habías hallado el remedio para todos tus males, vienes a descubrir que no es exactamente así. Todavía tienes que lidiar con obstáculos, contrariedades, escollos y penas. Aunque te parezca que la situación ha cambiado muy poco, la diferencia radica en que ahora cuentas con ayuda.

Querer es poder, dice el refrán. En cierto sentido eso es válido, pero se omite el factor más importante: ¡necesitamos a Dios! Su poder y Su fuerza nos son imprescindibles. Al pedir a Jesús que formara parte de nuestra vida, recibimos junto con Él Su promesa de asistencia siempre que la requiriéramos.

De modo que si tienes dificultades económicas, o trastornos de salud, o te encuentras en una situación emocionalmente complicada, no desesperes. Si tienes conflictos matrimoniales o con tus padres, hijos, amigos, jefe o compañeros de trabajo, no te dejes abatir. Si piensas que estás destinado a sufrir por el resto de tus días a causa de tu condición social, falta de estudios o de capacitación laboral, no te angusties. Si te encuentras físicamente impedido, no te sumas en el desconsuelo. Si te sientes insatisfecho de ti mismo porque piensas que nunca serás tan inteligente o no tendrás tanto atractivo como quisieras, no te mortifiques. Si tus seres queridos o amigos no entienden la fe que acaba de nacer en ti o se muestran en desacuerdo, no pierdas las esperanzas. Jesús te ayudará a superar cada dificultad y cada contratiempo, siempre y cuando se lo permitas.

Si bien puede que las circunstancias no cambien —al menos no inmediatamente—, Dios es capaz de ayudarte a remontarlas. Si los obstáculos no se quitan del camino, te ayudará a sortearlos, ya por arriba, ya por abajo, ya por el costado. Es posible que no elimine todos tus problemas, pero te ayudará a salir airoso de ellos. La vida del cristiano no se vuelve más fácil, pero sí mejora. Puede ser maravillosa una vez que aprendas a valerte del poder y la gracia divinas para superar obstáculos. Esas piedras de tropiezo pueden tornarse en peldaños. Las alas se fortalecen con pesas. Es posible vencer las adversidades cotidianas, las aflicciones y los avatares de la vida. ¡Cada obstáculo encierra una oportunidad!

* * *
Dios no ha prometido
cielos siempre azules,
ni que la vida toda sea
senda de flores y perfumes.
Dios no ha prometido
sol sin chaparrones,
alegría sin dolor,
paz sin tribulaciones.
Dios no ha prometido
que jamás conoceremos
trabajos, tentaciones
y quebrantos extremos.
No ha dicho que no
llevaremos a cuestas
muchas cruces pesadas,
muchas cosas molestas.
Dios no ha prometido
espaciosas calzadas,
un viaje sin obstáculos
en rápidas jornadas,
sin toparnos jamás
con montañas rocosas
ni ríos de aguas
hondas y estruendosas.
Pero sí ha prometido
fuerzas para cada día,
descanso a su tiempo,
luz para la travesía,
gracia en las pruebas,
ayuda del Cielo,
inagotable compasión
y amor imperecedero.
Annie Johnson Flint
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