Un don al servicio de los demás

Cuando descubras las magníficas ventajas de escuchar palabras del Cielo, sin duda querrás que tus amistades, tus seres queridos y tus conocidos se beneficien de ese don. Una vez que te convenzas de que Dios es capaz de hablarte —de revelarte soluciones prácticas, concretas y viables a los problemas y retos que se te presentan, y de consolarte y animarte cuando estés decaído—, te darás cuenta de que tu don puede también ayudar a los demás.

Hoy en día hay en el mundo muchísimas personas angustiadas o que tienen el corazón quebrantado. Seguramente conoces a alguien que está pasando una temporada difícil o se esfuerza por recuperarse de una tragedia. En situaciones así, nada infunde más ánimo que un mensaje personal del Señor, en el cual Él exprese Su amor a esa persona y la reconforte como solamente Él puede. Al fin y al cabo, Él la conoce mejor que nadie. Así que, además de mandarle flores o una tarjeta, ¿por qué no pedirle a Jesús que te dé un mensaje del Cielo para pasárselo a esa persona que atraviesa una crisis?

Dios está al alcance de todo aquel que acuda a Él sinceramente. No es exclusivista ni discriminador, no tiene favoritismos. Si un amigo o pariente tuyo tiene fe y hace el esfuerzo, a Dios le sería igual de fácil hablarle a él. Sin embargo, ocurre con frecuencia que cuando alguien toca fondo, tiene la impresión de que Dios está muy lejano. Aunque conozca al Señor, en muchos casos se siente indigno de que Él le hable o incluso lo ame. O tal vez se sienta abandonado por Él en vista de las dificultades que afronta. Necesita una persona que le canalice el amor de Dios, y tal persona puedes ser tú. Una vez que perciba el amor del Creador por medio de un mensaje que tú hayas recibido para él, puede que se reavive su fe para acudir a Dios él mismo.

No siempre es fácil recibir un mensaje del Señor para otra persona. Hace falta mucho valor. ¿Qué pasa si piensa que te lo inventaste, o que es un poco extraño que te creas capaz de escuchar la voz de Dios? Pero no es preciso que te preocupes por lo que piensen los demás. Jesús dijo: «Yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a Mí mismo»1. Si la persona está mínimamente abierta al Espíritu Santo, Él obrará en ella, y las palabras del Señor tendrán un efecto positivo en su vida. Eso hará que crea. Además, no es tu reputación la que está en juego, sino la de Dios, y Él es perfectamente capaz de velar por ella.

Cuando recibes un mensaje del Cielo para alguien, tu parte consiste simplemente en captarlo y comunicarlo. Es un poco como la labor de los antiguos operadores de telégrafo: tú no eres más que el enlace, y una vez que has transmitido el mensaje, es cosa del destinatario recibirlo. Si acepta las palabras del Señor —aunque en un principio tenga sus reservas—, se beneficiará del consuelo, la paz, las soluciones o cualquier otra asistencia que Dios quiera prestarle.

En tal caso, es posible que acuda luego a ti con el corazón lleno de gratitud. Por haber sido tú el transmisor del mensaje y del amor de Dios, quizá se sienta en deuda contigo. Si no comprende la dinámica de las profecías, puede que te atribuya a ti el mérito de esa maravillosa manifestación del poder de Dios. Puede que desconozca algo tan evidente para ti como que no fuiste más que un receptáculo en el que se depositaron las palabras de Dios, y que ese don no se debe a ninguna cualidad tuya. En esos casos debes dirigir todas sus alabanzas hacia Dios y darle a Él la gloria. Aclara que tú no eres más que un mensajero, y agradézcanle juntos a Dios que haya hablado, aunque haya sido por medio de una débil y humilde vasija de barro como tú.

«Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto»2. Enorgullecerte de los buenos resultados que produce tu don es la forma más rápida de perderlo. Sin embargo, si tienes siempre presentes la grandeza divina y tu propia debilidad y falibilidad, hallarás gran satisfacción y alegría en el conocimiento de que fuiste un «instrumento útil al Señor»3.

Si te vales de tu don para ayudar a los demás, Dios te bendecirá y lo desarrollará más. No se te ha concedido como una suerte de varita mágica, para que lo emplees únicamente en beneficio propio o para hallar respuestas a asuntos que te intrigan. Está más bien para ayudarte a cultivar una relación más estrecha con el Señor, para que seas mejor cristiano y des mejor testimonio de Su amor. En efecto, por una parte te permite tomar decisiones más acertadas en tu vida personal, así como en asuntos familiares y laborales. Ahora bien, al mismo tiempo debe cumplir el propósito de ayudar a los demás, ya sea mediante los mensajes que recibas para ellos, o mediante tu ejemplo de vivir el amor y la Palabra de Dios merced a la instrucción que Dios te dé personalmente. Cuanto más hagas por los demás, más te dará el Señor a cambio.

Dale a Dios ocasión de amar a través de ti. Aparte que cultivarás una relación más estrecha con Él, tu vida se verá bendecida con la satisfacción de estar ayudando a los demás a conocerlo mejor.

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Debemos tener siempre presente que nuestros dones espirituales nos hacen siervos de los demás. El hecho de que el Señor nos conceda un don —como el de profecía— nos impone una obligación para con los demás, en el sentido de que debemos emplearlo para su asistencia y edificación. Es como la parábola de los talentos [V. Mateo 25:14-30]. Tales dones son una gran responsabilidad, y Él espera que les demos buen uso ayudando a los demás, no que los ocultemos por vergüenza o por temor al qué dirán. Hay que tomárselos en serio y ejercitarlos con humildad. María David

1. Juan 12:32
2. Santiago 1:17
3. 2 Timoteo 2:21

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