¿Qué nos impide amar?

Shannon Shayler

Queda fuera de toda duda que demostrar amor a los semejantes produce mucho bien. Sin embargo, siendo tanto el provecho que podemos sacar de ello, ¿por qué no lo hacemos con más asiduidad? ¿Qué nos impide muchas veces decir palabras amorosas u obrar con el debido amor? ¿A qué obedece esta incapacidad nuestra?

El orgullo

Uno de los principales escollos que se nos presentan es el orgullo.En el fondo todos tenemos un nervio sensible que procuramos evitar a toda costa que nos toquen. Muchas veces no manifestamos amor por miedo a que el asunto salga mal. Tememos toparnos con rechazo, lo cual nos lleva a preocuparnos demasiado de las opiniones ajenas.«Quizá pensarán que soy muy directo —razonamos—. Tal vez me considerarán insincero. O pensarán que tengo motivos egoístas. O se sentirán incómodos y obligados a corresponderme aunque no lo deseen».

¿Cómo podemos superar ese orgullo que entorpece el ejercicio del amor? Exactamente del mismo modo que se vence el miedo a los trampolines: ¡zambulléndonos!

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El amor vence el orgullo. Quien obra con amor desestima el qué dirán y ama de todos modos.

D.B.B.
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La persona realmente humilde es también una persona amorosa, y viceversa, pues el amor y la humildad son inseparables. No se puede demostrar amor verdadero sin ser humilde, y tampoco se puede obrar con auténtica humildad sin una gran dosis de amor. Para ser cariñoso y aceptar muestras de cariño hay que tener humildad.

Lo mismo se puede decir de nuestra relación con Dios. Hay que ser humilde para aceptar que Dios nos ama y que por amor Jesús murió por nosotros. El amor contribuye a la humildad.

D.B.B.

La timidez

He aquí otro obstáculo. En realidad, tiene mucho que ver una vez más con el orgullo. Muchos se privan de amar y ser amados por simple timidez, la cual les impide dar el primer paso. Se parecen a los personajes de la triste fábula que reproducimos a continuación:

Había una vez una niña que se pasaba los días junto a una laguna observando a un sapo que vivía en un nenúfar. La niña sabía que aquel animalito podía ser un príncipe. Y el sapo —que en efecto era un príncipe— sabía que si ella le besaba la nariz rompería el sortilegio que le había impuesto una bruja perversa. Lamentablemente, la niña que estaba en la orilla de la laguna era muy tímida para entablar conversación con el sapo; y éste tampoco se atrevía a decirle cuánto anhelaba que le besara la nariz. Así las cosas, la niña siguió sentada contemplando el sapo. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

¡Cuánto mejor es aventurarse!

El ajetreo

Si uno pudiera observar a personas de todos los estratos sociales durante un día y tomar nota de cada oportunidad perdida de manifestar un poco de amor, y luego les preguntara por qué no lo hicieron, la mayoría probablemente respondería que estaban demasiado atareadas. Las últimas generaciones han visto un incremento muy señalado en el ritmo de vida. Casi todo el mundo vive presionado, desviviéndose por progresar, por no perder la delantera o por alcanzar a los demás, en muchos casos a expensas de las cosas que más importan en la vida. Un sondeo tras otro demuestra que, más que los bienes materiales, la gente valora el cariño, el apoyo, la motivación y la satisfacción que deriva de su familia y sus amigos. Sin embargo, las mismas encuestas indican que esa misma gente se queja de que no tiene tiempo para dedicarse a su familia y amigos.

La solución es sencilla, aunque no siempre fácil de llevar a la práctica: si algo es prioritario hay que darle la importancia debida. Recuérdate cada mañana y a lo largo del día que debes dar mayor prioridad a las personas que a las ganancias materiales o al trabajo. Procura que cada encuentro que tengas con una persona sea positivo. Normalmente bastará con una sonrisa o unas palabras de elogio o de aliento. Y por lo general no interferirá con lo que estés haciendo ni mermará tu rendimiento. Es más, probablemente te hará más llevadero el trabajo y te ocasionará menos estrés. En poco tiempo verás que los demás se alegran cuando te ven llegar, y esas sonrisas, elogios y palabras afectuosas te serán correspondidos. Y lo que es más importante, tendrás la satisfacción de haberle aliviado el trabajo o alegrado la vida a alguien. ¡Todo un logro!

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Si estás demasiado ocupado para amar a quienes te rodean, ¡estás más ocupado que el propio Dios!

D.B.B.

El egoísmo

Si aprendiéramos a ver a las personas y las situaciones como las ve Dios y actuáramos en consecuencia, el mundo sería muy diferente. Casi todo el mundo ha oído la máxima bíblica según la cual es más bienaventurado dar que recibir. La mayoría considera legítimo el principio; pero como suele decirse, del dicho al hecho hay mucho trecho.

Dios jamás nos pedirá que hagamos algo que, aun contando con Su ayuda, supera nuestras posibilidades.  Conviene que tengamos eso presente. Él no nos pediría que manifestáramos amor desinteresado de no estar con nosotros para ayudarnos a hacerlo. Ahí es donde entra en juego la fe. Si realmente creemos lo que nos dice, actuaremos en consecuencia, aunque se oponga a nuestro razonamiento natural o a la forma en que se conduce el mundo que nos rodea. Y al hacerlo cosecharemos las innumerables recompensas que Dios tiene reservadas a quienes aman con abnegación. Aunque no cobremos los beneficios enseguida o éstos no sean precisamente monetarios, no nos arrepentiremos. Tarde o temprano Dios nos devolverá con creces lo invertido. Aun los actos que identificamos como sacrificios no lo son en realidad: representan inversiones que algún día nos reportarán grandes beneficios.

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Una mañana fui a visitar a dos mujeres que estaban en el mismo hospital de Miami. La habitación de Marie Smith estaba llena de flores, tarjetas y regalitos. A Marie le habían llovido las expresiones de bondad. Aquel cuarto era un reflejo de su vida, pues a lo largo de los años había sembrado amor y ternura en los demás, y estos se los retribuyeron en su momento de necesidad.

En la otra habitación se encontraba una mujer sola. Sus rasgos faciales denotaban resentimiento y desconfianza. Su egoísmo y sus continuos juicios negativos sobre los demás le habían arruinado la vida. Estaba tendida de cara a la pared. Había construido en torno a sí un muro de antipatía, frialdad, dureza de corazón y egoísmo, y esperaba la muerte ahí encerrada.

¡Qué dispar era el clima imperante en aquellas dos habitaciones!

Virginia Brandt Berg

La excesiva familiaridad

Cuando unos novios se hacen la promesa de permanecer juntos a las duras y a las maduras, en el mágico momento de ensueño en que contraen matrimonio se imaginan una vida en común que irá de bien en mejor. Los padres miran profundamente a los ojos de su primer hijo recién nacido y juran que jamás le harán daño ni lo decepcionarán. Dos niños se prometen mutuamente ser siempre los mejores amigos. Los médicos, enfermeras, docentes, asistentes sociales, misioneros y otras personas dedican la vida a servir al prójimo. Esos compromisos se labran a base de amor —ese prodigioso aglutinante que une familias, amigos y toda cosa buena—. ¿Cómo explicar, pues, las riñas matrimoniales? ¿Qué hace que los padres regañen machaconamente a sus hijos, los denigren y pierdan la paciencia con ellos? ¿Por qué se enfrían las amistades? ¿Qué hace que merme la inspiración para servir desinteresadamente?

En muchos casos se debe a la excesiva familiaridad. Con el paso del tiempo llegamos a acostumbrarnos tanto a los seres a quienes más queremos que dejamos de valorarlos y tratarlos como debiéramos. El ajetreo y las vicisitudes de la vida cotidiana tienen un efecto erosionante. Así, el lustre de aquellas relaciones que una vez tuvimos por sublimes se va perdiendo. Al vernos continuamente la cara empezamos a percibir defectos e imperfecciones. Lo habitual y corriente se convierte en rutinario y tedioso. Las bendiciones que apreciábamos comienzan a pesarnos.

¿Te ha pasado algo semejante? En ese caso, es hora de revertir la tendencia. Demandará un esfuerzo de tu parte y puede que no resulte fácil, sobre todo si ese exceso de confianza en el trato  es ya una costumbre arraigada, pero es posible. Aprecia más lo que tienes. Considérate afortunado. Repasa las diversas características de la otra persona que te atrajeron a ella cuando la conociste. Luego ponte en su lugar y hazte la misma pregunta. La forma más rápida y segura de devolver el brillo a una relación opacada es lustrar tu mitad. Empéñate en convertirte en la persona que te propusiste ser en un comienzo, y seguro que la otra hará lo propio sin que se lo señales directamente.

Recuerda que Dios es perito en reconstruir relaciones. «Si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí, todas son hechas nuevas» (2 Corintios 5:17). Esa promesa no solo es válida para la salvación; se aplica igualmente a la vida cotidiana. Si le pedimos que comience por nosotros, Dios revitalizará y renovará cualquier relación.

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Dos adultos mayores llevaban ya muchos años de matrimonio, tantos que los dos eran capaces de adivinar en cualquier momento lo que pensaba el otro. Al menos ese fue el argumento con que explicaron por qué habían dejado de hablarse. Una noche, mientras contemplaban un hermoso atardecer a la puerta de su casa, la vista los emocionó, pero ninguno de los dos emitió palabra. El marido pensó después: «¡Qué espectáculo tan conmovedor! ¡Casi, casi le digo a Margarita cuánto la quiero!» No debemos permitir que la familiaridad nos impida expresar a nuestros seres queridos cuánto significan para nosotros.

Anónimo

El resentimiento

El resentimiento y el rencor son capaces de levantar muros entre las personas con más rapidez que ninguna otra cosa. Lo peor es que generalmente empiezan por desacuerdos de poca monta. Alguien hace algo que nos ofende o nos duele, y le guardamos rencor. Con ello colocamos el primer ladrillo. Si la persona lo vuelve a hacer, apilamos el segundo. Una vez que sabemos qué esperar de ella, las ofensas —y los ladrillos— se amontonan rápidamente. En poco tiempo, el solo hecho de pensar en esa persona ya justifica acomodar otro ladrillo. Llega un momento en que ya no podemos ni verla. El muro que hemos levantado nos lo impide.

Una de las peores características del resentimiento es que se justifica a sí mismo. Decimos: «Ya sé que no soy perfecto y que en parte es culpa mía, ¡pero lo que él me hizo es mucho peor!» Sin embargo, cuando albergamos resentimiento, quienes salen perdiendo en realidad somos nosotros mismos. El rencor no solo nos aparta de la persona con la que estamos airados, sino que la naturaleza destructiva del mismo es tal que no puede circunscribirse a la relación entre las dos personas afectadas. Esos sentimientos negativos se filtran a otras relaciones. Levantamos muros en otros flancos y nos aislamos en nuestra desdicha.

Hay que emplear la bola de demolición: el perdón.

Si no encuentras fuerzas dentro de ti para hacerlo, sigue los siguientes pasos:

1. Haz una lista de todas las cualidades buenas y puntos fuertes de la persona a quien guardas rencor.

2. Vuelve al comienzo y procura entender por qué esa persona te agravió. ¿Se proponía hacerte daño? De haber estado tú en su lugar, ¿habrías actuado de otro modo?

3. Reconoce que el resentimiento que abrigas constituye una falta tan grave como el acto que te ofendió. Luego, pide a Dios que te perdone, te libre del rencor y vuelva a suscitar en ti sentimientos positivos hacia la persona en cuestión. No podemos librarnos del rencor a fuerza de voluntad, ni podemos realmente hacer nacer en nosotros el amor por los demás. Necesitamos la intervención de Dios.

Ahora haz uso de la bola de demolición.

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En cierta oportunidad una mujer enumeró al juez a quien solicitaba el divorcio todas las faltas de su marido. Adujo que no podía vivir con aquel hombre ni un día más. Y prosiguió con su diatriba.

Finalmente hizo una pausa para recuperar el aliento, y el juez le preguntó:

—¿Por qué se casó con él? Tuvo que haber alguna característica de él que la atrajo. ¿Cuál fue?

—Pues... —respondió la mujer— tenía buen carácter, era muy trabajador y sabía ganarse la vida. Además, era cariñoso con los niños y muy fiel.

—¿Y todavía es así? —inquirió el magistrado.

—Pues, sí —replicó la mujer enfurruñada antes de volver a la carga con sus numerosas quejas—. Pero... ¡es terrible! Deja la ropa tirada en el suelo. Nunca guarda nada. Siempre llega tarde a cenar. Le cuesta levantarse a la mañana. Se hurga la nariz en público. Se queja si le quemo las tostadas...

Eran todas faltas de menor cuantía.

—Veamos —dijo el juez—. Esta es mi resolución preliminar: Vuelva a casa, procure pensar en las cualidades que la llevaron a enamorarse de él y evite pensar en las faltas que la molestan. Si al cabo de treinta días todavía quiere divorciarse, regrese.

El juez nunca volvió a verla.

Adaptación de una anécdota de D.B.B.
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