El mayor de los dones divinos

El don más sublime que ofrece Dios a los hombres es la vida eterna o salvación, lo que también se conoce como nacer de nuevo. Dicho don se recibe en el momento en que uno declara su fe en Jesucristo como Hijo de Dios y le da cabida en su vida (Juan 3:16).

«De tal manera amó Dios al mundo que ha dado a Su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna».

Ninguno de nosotros es perfecto. Por naturaleza todos somos pecadores, y nuestros pecados nos apartan de Dios (Isaías 59:2). El único modo de reconciliarnos con el Creador es expiar esos pecados; y el único que puede hacer eso es Jesús, que fue perfecto. Jesús abandonó el Cielo para venir a la Tierra y vivir como nosotros, pasar por las mismas cosas que pasamos nosotros a diario, experimentar alegría y pesar igual que nosotros y entregarnos la prueba más cabal del amor divino al morir en nuestro lugar a fin de que nosotros viviéramos. Entregó su vida «en rescate por muchos» (Mateo 20:28). Murió para que todos obtuviéramos perdón y reconciliación con Dios. Ofrendó Su vida para que todos alcanzaran la vida eterna. Sin embargo, de haber sido preciso, lo habría hecho solo por ti. Dios te ama tanto que entregó a Su único Hijo para que muriera en tu lugar. Y Jesús te ama tanto que lo hizo de buen grado.

Esa es la verdad lisa y llana. Dios se propuso que la salvación fuera sencilla; de hecho, tanto que hasta un niño pudiera entenderla y obtenerla. Basta con que admitamos que hemos cometido faltas y necesitamos el perdón de Dios, que aceptemos con fe infantil Su explicación de que envió a Jesús a expiar esas faltas, le pidamos perdón y recibamos el don de la salvación.

Si te donaran un cheque por un millón de dólares, ¿lo inspeccionarías minuciosamente para verificar su autenticidad antes de aceptarlo? ¡Por supuesto que no! Lo aceptarías sin más, y después harías la comprobación. De igual manera con la salvación: nos basta con aceptarla cuando Dios nos la ofrece. Luego, al profundizar en lo que dice al respecto Su Palabra y ver los magníficos cambios que trae a nuestra vida, descubrimos de primera mano lo real y valioso que es ese don.

¿Te gustaría saber sin asomo de duda que Jesucristo es el Hijo de Dios y el camino de la salvación? ¡Ponlo a prueba! Si aún no has reconocido que Él es tu Salvador, puedes hacerlo ahora mismo rezando una oración como la que reproducimos seguidamente:

Jesús, te agradezco que entregaras Tu vida por mí para perdonar todos mis errores y faltas. Te abro la puerta de mi corazón y te pido que entres y me concedas el don gratuito de la vida eterna. Amén.

Si has orado para aceptar a Jesús, puedes tener la certeza de que te escuchó y te respondió. «A todos los que le recibieron, a los que creen en Su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios» (Juan 1:12). Ya tienes el don de la salvación. «El que cree en el Hijo [de Dios] tiene vida eterna» (Juan 3:36). ¡Felicitaciones! Has iniciado una nueva y maravillosa vida de amor que no tendrá fin ¡jamás!

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Solo Dios puede satisfacer tus ansias más profundas de amor y comprensión integrales.
¿Hay ocasiones en que te sientes solo, vacío e insatisfecho? ¿Anhelas un amor que nunca has conocido, un amor verdadero, sincero, el gran amor de tu vida, un amor que nunca te abandone? La solución está a tu alcance; sólo tienes que aceptarla.
Como persona eres algo más que un ente físico. Dentro de ti mora tu espíritu, la esencia de lo que eres, y ese espíritu nunca quedará satisfecho con las cosas terrenales. Para ello debe alimentarse de las cosas espirituales; debe albergar a Dios. El Altísimo ha creado en todo corazón un vacío que solo puede llenarse espiritualmente. Solo Dios y Su amor verdadero pueden llenar ese angustioso vacío que tienes en el corazón y que Él creó de modo que nada ni nadie más pudiera ocuparlo.
Él puede darte todo lo que siempre ansiaste: perdón de tus pecados, fe en Dios, amor en Cristo, paz interior, salud corporal, alegría, felicidad, regocijo y amor por siempre. Cubrirá todas tus necesidades y resolverá todos tus problemas. ¡Él es así de prodigioso, y todo es así de sencillo!
D. B. B.
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Jesús sufrió para que nosotros no tuviéramos que hacerlo.
En la crucifixión Cristo padeció mucho más que sufrimiento físico. Experimentó también la angustia espiritual del pecador que muere sin salvación, sin Dios. Solo que Él no murió porque hubiera pecado, sino por los pecados del mundo entero, todos los pecados de cuantas personas han existido en la Tierra (Juan 1:29). Lo hizo para que nosotros no tuviéramos que pasar por el horror de morir cual pecadores abandonados a su suerte.
Quienes rechazan la expiación de Cristo se ven obligados a sufrir por sus pecados. En cambio, a los que aceptan a Jesús ahora se les perdona todo, y se libran del castigo de sus pecados. «La sangre de Jesucristo nos limpia de todo pecado» (1 Juan 1:7).
D. B. B.
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