Preguntas frecuentes en torno a la salvación

¿Quién la necesita?

La mayoría de la gente cree que Dios califica a las personas del mismo modo que un profesor a sus alumnos. Si uno procura ser bueno y no comete faltas muy graves, cuando muera y termine el curso de la vida probablemente se lo calificará con una nota aprobatoria. En caso de no sacar buena nota y reprobar el curso, la cosa es distinta...

A simple vista podría dar la impresión de ser un plan bastante justo —sobre todo si se obtiene una calificación por encima de la mínima para aprobar—; sin embargo, según la Biblia no es así.

Ninguno de nosotros merece el Cielo. Reza la Escritura que «todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios» (Romanos 3:23). «No hay hombre justo en la Tierra, que haga el bien y nunca peque» (Eclesiastés 7:20). «No hay justo, ni aun uno» (Romanos 3:10). Cualquiera que se considere merecedor del Cielo por causa de sus buenas obras se engaña a sí mismo y se privará del más grande de los regalos de Dios. «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros» (1 Juan 1:8).

No hay quien pueda decir que es realmente bueno. Uno no puede ganarse la salvación ni acceder al Cielo gracias a sus buenas obras. «Por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe» (Efesios 2:8-9). «Nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por Su misericordia» (Tito 3:5).

¿Quién la necesita entonces? ¡Todo el mundo!

¿Qué me va a costar?

«Debe de implicar algún esfuerzo —dirás—. La cuestión no puede ser así de simple. Seguro que tendré que renunciar a algo, trabajar con ahínco o hacer algopor ganármela». Pero no es así. ¡Eso es precisamente lo hermoso de la salvación! Es un don de Dios (Efesios 2:8), o sea, es gratuita. ¿Alguna vez has tenido que ganarte un obsequio, o pagar para obtenerlo? De haber tenido que hacerlo, no habría sido un regalo.

La salvación no es un premio a nuestras buenas obras. Estas no nos abren las puertas del Cielo, así como tampoco nuestras faltas nos condenan al Infierno si es que hemos pedido y recibido el perdón de Dios mediante el sacrificio de Jesús. Uno se salva por pura fe en Él. Nos basta con admitir que no podemos comprar nuestro acceso al Cielo y con aceptar luego humildemente el regalo de Dios. Así de sencillo.

¿Hay algún pecado que Dios considere imperdonable?

Dios anhela perdonar con liberalidad a todo hombre cuantos males haya hecho. Dice: «Deje el impío su camino y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase al Señor, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar» (Isaías 55:7). En otro pasaje manifiesta: «Si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como la blanca lana» (Isaías 1:18).

«No envió Dios a Su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por Él» (Juan 3:17). Él quiere perdonar a todos; pero para obtener el perdón divino es preciso creer en Jesús (Hechos 16:31). «El que en Él [Jesús] cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no cree en el nombre del unigénito Hijo de Dios» (Juan 3:18).

Cuando la verdad —el proyecto divino de perdón y salvación por medio del sacrificio de Jesús— llega a oídos de una persona, expresada de tal manera que la puede entender a cabalidad, el Espíritu Santo habla directamente al corazón de esa persona y la lleva al punto de decisión. Si cree y reconoce a Jesús por Salvador, sus pecados le son perdonados. Por otra parte, si rechaza obstinadamente el perdón que se le ofrece, Dios se ve impedido de actuar. «Esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas» (Juan 3:19). Un repudio deliberado de esa naturaleza constituye lo que la Escritura llama blasfemia contra el Espíritu Santo, la cual Dios no puede perdonar (Marcos 3:28-29). Habiendo otorgado a cada hombre la sagrada facultad de elegir, Dios no puede de un momento a otro invalidar esa facultad y privar a una persona del libre albedrío que tiene para rechazar Su ofrecimiento de salvación si así lo desea.

Huelga decir que el solo hecho de que alguien rechace la verdad la primera vez que la oiga no significa que no se le volverá a dar ocasión de decidir correctamente.A muchas personas se les concede más de una oportunidad. Aun así, la Biblia nos avisa: «He aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de salvación» (2 Corintios 6:2). «No sabéis lo que será mañana. Porque, ¿qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece» (Santiago 4:14).

¿Cuánta fe se necesita?

Te sorprenderá la poca fe que se necesita para recibir el regalo de la salvación. Dios no nos pide que tengamos gran fe en algo que conocemos muy poco y entendemos menos aún. Lo cierto es que es imposible entender o apreciar la salvación sin haberla experimentado. Basta con tener suficiente fe para admitir que Jesús puede ser el camino de la salvación, y un sincero deseo de que Él te lo demuestre. Con tal de que tengas un granito de fe y reces: «Jesús, si en verdad existes y eres el camino de la salvación, revélamelo», ¡Él lo hará! Si lo que acabas de leer te ha convencido para hacer la prueba, Él te ha dado la fe necesaria para ser salvo.

¿Qué significa nacer de nuevo?

Nacer de nuevo es otra expresión para referirse a la salvación. Proviene de un pasaje del Evangelio de Juan:

Había un hombre de los fariseos que se llamaba Nicodemo, un principal entre los judíos. Este vino a Jesús de noche, y le dijo:
—Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro; porque nadie puede hacer estas señales que Tú haces si no está Dios con él.
Respondió Jesús y le dijo:
—De cierto, de cierto te digo que el que no naciere de nuevo no puede ver el reino de Dios.
Nicodemo le dijo:
—¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre y nacer?
Respondió Jesús:
—De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua [nacimiento físico] y del Espíritu [renacimiento espiritual], no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. No te maravilles de que te dije: «Os es necesario nacer de nuevo». El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu (Juan 3:1-8).

Uno nace de nuevo en el momento en que acepta a Jesús como Salvador. «Todos los que le recibieron [...] no fueron engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios» (Juan 1:12-13).

¿Qué es la vida eterna?

Nuestros cuerpos terrenales a la larga morirán y volverán al polvo del que se originaron. La salvación no altera eso. No se trata de la fuente de la eterna juventud que te permitirá trascender la mortalidad de la carne. Lo que vivirá para siempre es tu espíritu, la verdadera esencia de tu ser. El espacio en que morará tu espíritu por la eternidad es mucho más importante que el reducido ámbito en que pasarás tu efímera vida terrenal. Jesús promete a cuantos lo reciben que pasarán la eternidad con Él en el Cielo, un hermoso mundo espiritual en el que no habrá más pesar, solo alegría, amor y vida para siempre. La salvación es la entrada gratuita al Cielo. A eso alude la expresión vida eterna que tanto aparece en las Escrituras.

Si optas por rechazar la salvación que Dios te obsequia, tu espíritu de todos modos permanecerá con vida después que fallezca tu cuerpo. En el mundo espiritual hay diversos estados o niveles, entre ellos el Infierno y una especie de purgatorio. La Biblia no entra en mayores detalles acerca de ellos ni puntualiza quién va a dónde. Sin embargo, es muy clara respecto a una cosa: que solo quienes obtengan la salvación por medio de Cristo alcanzarán el reino de Dios y gozarán de toda la belleza, placeres, tareas interesantes y felicidad que ofrece. Verdaderamente disfrutarán de vida para siempre.

¿Tiene que ser con Jesús?

Puede que te preguntes: «¿Por qué debo aceptar a Jesús en mi corazón? ¿Por qué tengo que emplear ese nombre? ¿No puedo rezar simplemente a Dios y acceder a la salvación invocando el nombre de Dios?

Resulta que Jesús es el único que vino a la Tierra y dio la vida por ti. Él dijo: «Yo soy la puerta [de la casa de Su Padre, el reino de Dios]; el que por Mí entrare, será salvo» (Juan 10:9). De modo que si quieres ir al Cielo, tienes que pasar por Jesús, la puerta abierta.

Jesús es, además, la única puerta. «No hay otro nombre [aparte de Jesús] bajo el cielo [...] en que podamos ser salvos» (Hechos 4:12). «Hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre» (1 Timoteo 2:5). Jesús mismo dijo: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre sino por Mí» (Juan 14:6). Así es ni más ni menos como Dios lo ha determinado.

¿Qué pasa entonces con los adeptos de todas las demás religiones del mundo? ¿No pueden salvarse? Por supuesto que sí. Todos pueden acceder a la salvación, sea cual sea su religión. Pueden salvarse aunque no tengan religión, pero solamente por intermedio de Jesús.

¿Puedo perder la salvación?

¡No! Una de las maravillas del don de la salvación es que una vez que has aceptado a Cristo, Él no se ausenta jamás. Ha entrado en tu vida y estará contigo para siempre. Jesús prometió que nunca te dejaría ni te abandonaría, y que estaría contigo todos los días, hasta el fin del mundo (Hebreos 13:5; Mateo 28:20). Nada que uno diga o haga puede invalidar esas extraordinarias promesas.

Jesús sabe que no eres perfecto y que nunca lo serás. Pero aun así te ama. Al perdonar tus pecados, no solo te remite los que ya cometiste, sino que te perdona también los que cometas ahora e incluso en un futuro.

Cierto es que uno puede hacerse acreedor a mayores bendiciones de Dios si procura agradarlo y obrar bien; pero ello no vale para mantenerse salvo. El único capaz de encargarse de eso es Jesús. Él ya selló eso de una vez para siempre. La vida eterna no es algo que se tenga a ratos; uno no se salva y luego cae de la gracia de Dios, ni vuelve a salvarse cada vez que peca y se arrepiente. No hay tal cosa. Una vez que se es salvo, se es salvo para siempre.

Naturalmente, si uno se empeña en obrar mal una vez que se ha salvado y no se arrepiente ni se enmienda, a la larga pagará por esos pecados. El Señor tendrá que permitir que pague las consecuencias para enseñarle una lección. «El Señor, al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo» (Hebreos 12:6). Aun así, no se pierde la salvación.

¿En qué se distinguen las diversas corrientes cristianas?

¿Qué diferencia existe entre las corrientes cristianas que abrazan la doctrina de aceptar a Jesús y nacer de nuevo, y las demás religiones o incluso las doctrinas promovidas por otras iglesias cristianas?

En cierta ocasión David Brandt Berg ofreció la siguiente explicación:

La polémica religiosa más encarnizada que ha habido a lo largo de la Historia se ha dado entre las religiones que propugnan que uno puede salvarse a sí mismo y las que sostienen que sólo Dios puede salvarnos. Los hombres siempre han pretendido salvarse por su cuenta, ganarse el Cielo con apenas un poquito de ayuda divina, para poder atribuirse a sí mismos la mayor parte del mérito y trazar su propio derrotero.
Todos los seguidores de las religiones falsas se rigen por su propio concepto de rectitud. Se esfuerzan tanto por ganarse la salvación que creen merecérsela —con o sin ayuda de Dios—; y se ofenden bastante si les parece que Él no aprecia sus buenas obras. Dicen: «¡Mira todo lo que he hecho por ti, Dios! ¡Deberías darme una medalla! ¡Yo sí que merezco salvarme! Si a alguien vas a salvar, ¡debería ser a mí! Si alguien va a alcanzar el Cielo, ¡ese sin duda debería ser yo!»
Ese conflicto ha derivado en tremendos malentendidos y en algunas de las más graves tergiversaciones de la Biblia. La mayoría de la gente siempre ha tratado de salvarse a sí misma con un mínimo de reconocimiento a Dios, y ha falseado las Escrituras para demostrar que podía hacerlo. Sin embargo, Dios no puede ayudar a quienes procuran salvarse por sus propios medios. No ayuda a quienes creen valerse por sí mismos, sino únicamente a los que se saben impotentes. Por mucho que uno se esfuerce por obtener la ayuda divina para salvarse a su manera, jamás lo conseguirá.
Cuando era joven en la fe, durante un tiempo yo también me dejé engañar por una falaz doctrina promovida por ciertas iglesias y religiones que propugnan la salvación por obras: me refiero a la doctrina de la inseguridad eterna, eso de que a ratos eres salvo y a ratos no. Hasta que un día, ya en mi adolescencia, me fascinó descubrir la sencilla verdad contenida en Juan 3:36, donde Jesús dice: «El que cree en el Hijo tiene vida eterna», ¡ahora mismo! Sin peros ni condiciones. Tras años de abatimiento, derrotismo e incertidumbre sobre mi salvación, descubrí que sólo tenía que creer, ¡que con eso basta!

¿Y si una persona muere sin haber tenido ocasión de salvarse?

Dios es magnánimo, justo y misericordioso. Él toma en cuenta a quienes no han tenido una oportunidad clara de conocer y aceptar Su verdad. La Biblia dice que «no [quiere] que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento» (2 Pedro 3:9). La Biblia explica además que durante los tres días que transcurrieron entre la crucifixión de Cristo y Su resurrección, Él mismo descendió a predicar a los «espíritus encarcelados». Se dirigió a quienes habían muerto sin haber tenido ocasión de escuchar el Evangelio, a fin de darles una oportunidad de aceptar la salvación que Él ofrecía (Mateo 12:40; 1 Pedro 3:19).

Los que pese a haber gozado de muchas ocasiones de recibir el don divino de la salvación se nieguen obstinadamente a aceptarlo, serán juzgados en conformidad. Sin embargo, existe una segunda oportunidad en el más allá para quienes mueran sin haber tenido suficientes ocasiones de comprender cabalmente la salvación mientras estaban en la Tierra y, en consecuencia, de aceptarla.

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El Cielo está lleno de pecadores
No podemos salvarnos merced a nuestras buenas obras, nuestra propia rectitud o nuestros esfuerzos por acatar las leyes de Dios y amarlo. Ni siquiera empeñándonos en descubrir Su verdad y seguirla. No podemos salvarnos por muy bien que nos portemos. No hay nada que podamos hacer para obtener la salvación. Solo podemos recibirla por fe. ¡Nada más! Es preciso que reconozcamos humildemente que nola merecemos, que somos pecadores sin remedio y que no hay modo en que podamos alcanzarla, salvo por la gracia de Dios.
El pecador más redomado puede llegar al Cielo por fe. A la vez, la persona más íntegra puede irse al Infierno a causa de su incredulidad. El Cielo está lleno de pecadores salvos por gracia mediante la fe.
D. B. B.
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¡Dios nunca deja de amarnos!
¿Qué aspecto, qué imagen tiene Dios? Algunos lo describen como un ser airado, una suerte de ojo que todo lo ve, un vigilante que anda por todos lados portando una inmensa vara con la que se dispone a fustigar a la gente. O se lo imaginan como un cruel tirano, una especie de monstruo que amenaza con condenar a todo el mundo al Infierno. En realidad, ¡Dios es amor! Es un Dios amoroso que procura tiernamente que todos lleguen al Cielo. Está cercano a nosotros, desea entablar una relación íntima y personal con nosotros. Es cariñoso, se desvela por nosotros y nos trata con gran delicadeza. Nos aguarda para estrecharnos en Su regazo. El único motivo por el que anda detrás de nosotros es que alberga la esperanza de que nos demos la vuelta y lo recibamos con los brazos abiertos.
Nunca deja de amarnos, hagamos lo que hagamos. Jamás nos rechaza ni nos suprime Su amor. Nunca pierde las esperanzas en nosotros, por mucho que nos hayamos descarriado. Por eso, es posible que cuando nos sentimos apartados de Él se deba a que no hemos abierto el corazón a Su amor y Su perdón. De modo que no debiéramos dejar que el remordimiento que sentimos a causa de nuestros errores y pecados nos abrume; basta con que nos arrepintamos, pidamos perdón y lo aceptemos (Isaías 1:18; 1 Juan 1:9).
Con que emprendamos camino hacia Dios, con que nos volvamos hacia Él y busquemos la vía de regreso a casa, el Padre saldrá corriendo a nuestro encuentro, lleno de amor, y nos recibirá con los brazos abiertos (Lucas 15:18-24).
D. B. B.
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Nadie puede entender plenamente la salvación. Por eso dijo Jesús que había que ser como un niño y aceptarla sin más por fe. ¿Acaso entiende un recién nacido el cariño de su madre? ¿Entiende un pequeñín el amor de su padre? No. Simplemente lo percibe y lo acepta. Aun antes de entender el lenguaje hablado, entiende el amor. Percibe el amor de sus padres, lo ve manifestado en sus acciones y confía en ellos. Análogamente, no hace falta un conocimiento profundo sobre Dios, Su inefable amor y Su salvación por medio de Jesús. Lo único que hay que hacer es aceptarlo.
D. B. B.
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Se puede aceptar lo que ha hecho Cristo sin entenderlo a fondo; es más, uno desde luego no lo entiende a fondo hasta que lo acepta.
C. S. Lewis
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La luz se abre paso
(Al momento de vivir esta experiencia, Virginia ­Brandt Berg era una inválida desahuciada. Paralítica de la cintura para abajo, llevaba casi cinco años confinada a su lecho. Sufría graves trastornos respiratorios y cardíacos que ponían en riesgo su vida. Para colmo, una larga serie de intervenciones quirúrgicas fallidas con miras a restablecerle el uso de las piernas le habían dejado diversas secuelas. Su estado se había ido deteriorando de forma inexorable hasta que terminó pesando 35 kilos.)
Una noche, a solas en mi lecho, me vinieron de golpe unas ansias incontenibles de clamar pidiendo ayuda a algún poder invisible. No podía levantar la voz por encima de un susurro, así que con gran fervor rogué en voz baja: «Si existe alguna posibilidad de que en alguna parte haya un Dios, revélate a mí. Si estás ahí, manifiéstate». Fue como si una fuerza trascendente me impulsara a clamar una y otra vez. De modo que invoqué repetidamente: «Si estás ahí, te ruego, te imploro que por piedad te me reveles».
Me vino entonces lo que interpreté como una respuesta a mi súplica: un convencimiento de que había pecado. Me sentí la mayor de las pecadoras. Eso de por sí era algo extraño en mí, ya que siempre había tenido un concepto bastante elevado de mi bondad y honradez. Había tenido un comportamiento bastante moral, lo cual me enorgullecía. Estaba muy satisfecha de mí misma. De repente fue como si se me hubieran abierto los ojos y por primera vez en la vida me viera a mí misma en el verdadero estado en que me encontraba. De pronto mis buenas obras perdieron su valor. El peso de mis pecados y de mi egocentrismo fue haciéndose cada vez mayor hasta que no pude más. Al cabo, comencé a sollozar.
Por más que quisiera, me sería de todo punto imposible describir lo que me sucedió interiormente en aquel momento. Volver a nacer es algo misterioso y sobrenatural, obra del Señor mismo. No puedo explicar cómo lo hizo, ¡pero me transformó por completo el corazón! Aquella noche, sola en mi cama, nací de nuevo. Parece muy sencillo —casi algo trillado— decir simplemente: «Fui transformada. Volví a nacer». Sin embargo, de intentar describirlo en detalle no haría otra cosa que empequeñecer los prodigios de Dios y la milagrosa transformación que se operó en mí aquella noche. No puedo sino declarar lo mismo que el ciego a quien Jesús sanó: «Una cosa sé, que habiendo sido ciego, ahora veo» (Juan 9:25).
Ya no estaba sola, pues percibía la presencia del Señor en aquella habitación tan patentemente como si un familiar hubiera estado de pie junto a mi cama, y le hablaba con tanta naturalidad como un niño a su padre. Se lo conté todo y tuve la certeza de que me había escuchado y comprendido. Lo comprobé porque mi atribulada alma se vio invadida por una paz y serenidad indescriptibles. No había visto, oído ni percibido nada con los sentidos, pero había escuchado el «silbo apacible» (1 Reyes 19:12) en mi corazón y establecido un contacto tan real con el Señor que podía afirmar con toda certeza: «Sé a quién he creído, y estoy segura que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día» (2 Timoteo 1:12). Toda mi incredulidad se había desvanecido. Dios en verdad existía, y yo era una «nueva criatura» en Cristo Jesús (2 Corintios 5:17). ¡La luz se había abierto paso!
Tomado de El borde de Su manto, autobiografía de Virginia Brandt Berg
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Un beneficio garantizado
No tienes que preocuparte de que vayas a perder la salvación, ni esforzarte por conservarla, pues la salvación eterna por gracia significa que una vez que uno se salva, es salvo para siempre. Una vez que se acepta a Jesucristo como Salvador, ya está todo hecho: uno se convierte en hijo de Dios salvo. «El que cree en el Hijo tiene vida eterna» (Juan 3:36). Ese versículo debería bastar para acabar con nuestras preocupaciones. Tenemos vida eterna en este preciso instante, y es imposible que la perdamos.
Además, nuestros esfuerzos resultan igual de inútiles para obtener la salvación que para conservarla. Pese a nuestras imperfecciones y a que inevitablemente cometeremos errores, Dios nos salvará. Una vez que aceptamos a Jesús, a los ojos de Dios quedamos totalmente purificados. El sacrificio de Cristo en el calvario nos redime. A partir de ese momento somos salvos; Dios lo prometió, y la Palabra de Dios es veraz. Él no puede faltar a ella.
La salvación es eterna. Una vez que Él nos la da, no nos la quita. ¡Es nuestra!
D. B. B.
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El mensaje del Diablo siempre ha sido: «¡Sálvate a ti mismo! Eres tu propio dios, tu propio salvador. ¿Para qué depender de otro?» Por el contrario, el mensaje de Dios es: «Solamente Yo puedo salvarte. Adórame a Mí». Dios no salva a quienes creen poder hacerlo por su cuenta, sino a los pecadores que se saben incapaces.
D. B. B.
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