Cómo obtener buenos resultados

No hay patrón fijo ni fórmula mágica a la hora de rezar, pero sí algunos pasos que se pueden seguir con el objeto de que nuestras oraciones cumplan el fin que perseguimos.

1. Asume una postura de alabanza y gratitud

La alabanza complace al Señor. Lo impulsa a uno ante Su presencia. «Entrad por sus puertas con acción de gracias, por Sus atrios con alabanza; alabadle, bendecid Su nombre» (Salmo 100:4). «Sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias» (Filipenses 4:6).

Antes de enumerar todas las cosas que quieres que Dios te conceda, toma un momento para alabarlo y darle gracias por todo lo que ya ha hecho. Si no le agradeces las bendiciones que ya te ha prodigado, no se va a sentir muy movido a agraciarte con una respuesta a tu oración.

Naturalmente, habrá ocasiones en que no te sentirás muy deseoso de alabar a Dios o de darle gracias —por ejemplo, cuando estés enfermo o dolorido—; pero esas son precisamente las circunstancias en que más importante resulta adoptar una actitud positiva y alabarlo. Siempre hay algo que agradecer a Dios. Exprésale gratitud por todas las cosas buenas que ha puesto en tu camino. Agradécele todas las dificultades y tribulaciones que no tienes. A medida que pienses en esas cosas buenas y las expreses verbalmente, las mismas alabanzas que brotan de tus labios te reanimarán más que ninguna otra cosa. Con la ayuda del Señor y a fuerza de alabanzas, pronto te despedirás de las contrariedades y males que te aquejan.

2. Comienza con un corazón limpio

Para poder tener fe en que el Señor responderá tus oraciones, es requisito esencial que tu relación con Él sea transparente. «Si nuestro corazón nos reprende, mayor que nuestro corazón es Dios, y Él sabe todas las cosas. Si nuestro corazón no nos reprende, confianza tenemos en Dios; y cualquiera cosa que pidiéremos la recibiremos de Él, porque guardamos Sus mandamientos, y hacemos las cosas que son agradables delante de Él» (1 Juan 3:20-22).

El sentirte indigno de la bendición del Señor —o sea, si tu corazón te reprende— puede indicar que o bien te sientes culpable por algo que no debías haber hecho, o bien no has hecho nada malo en realidad y el Diablo procura convencerte de lo contrario. Evidentemente que el primer paso para impedir que una oración sea respondida es evitar que se pronuncie, que se rece. Por eso el Diablo trata de convencerte de que no tienes méritos para presentarte ante el Señor o pedirle ayuda. De modo que no puedes basar tus plegarias o tu relación con el Señor en tus impresiones. Es preciso distinguir la verdad de la mentira. Por eso pide al Señor que te ayude a ver las cosas desde Su óptica.

Si has obrado mal, simplemente repara el error reconociendo tu culpabilidad, pidiendo al Señor que te perdone y comprometiéndote a rectificar el asunto o reconciliarte con las personas afectadas. Una vez que hayas hecho eso, el Señor está presto a perdonar, escuchar y responder todas tus demás oraciones (V. 1Juan 1:9; Mateo 5:23-24; Salmo 103:8-12).

No cabe duda de que, una vez que el Señor te ha perdonado, los sentimientos persistentes de culpabilidad y de falta de méritos se deben al influjo de Satanás. No lo escuches; más bien «[acércate] confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro» (Hebreos 4:16). Haz caso omiso del Diablo, resístete a creer sus mentiras, y éstas se desvanecerán. Si emprendes vuelo en alas de la oración, el Señor aliviará las cargas que llevas dentro.

3. Ora que se haga la voluntad de Dios

Cuando te esfuerzas por agradar al Señor, a Él le complace hacer realidad tus deseos. «Deléitate en el Señor, y Él te concederá las peticiones de tu corazón» (Salmo 37:4). Como todo padre que ama a sus hijos, Dios te da gustoso lo que necesitas, y aun lo que quieres, siempre y cuando sea bueno para ti y no haga daño a nadie.

Piensa primero en función de lo que complace al Señor y lo hace feliz. Luego, basa en ello tu oración. Cuando la voluntad divina concuerda con la nuestra, podemos «[pedir] lo que [queramos], y [nos] será hecho» (Juan 15:7).

4. Antepón las necesidades ajenas a las tuyas

La oración reporta estupendos beneficios al cristiano, pero entraña también una gran responsabilidad. Dios espera que no sólo roguemos por nosotros mismos, sino también por los demás.

Nuestras oraciones pueden hacer una diferencia como de la noche al día en la vida de otras personas, aun cuando éstas se encuentren a cientos o miles de kilómetros de distancia. Nuestras oraciones se proyectan y alcanzan a quienes atraviesan dificultades para ofrecerles auxilio. Son capaces de consolar, de componer, de amar, de llevar alegría y felicidad. Pueden derribar barreras, superar todo obstáculo y explotar los infinitos recursos divinos. Nuestras oraciones mueven la mano de Dios para que obre en la vida y el corazón de otras personas.

Al Señor le encanta responder oraciones desinteresadas. Cuando vea que antepones las necesidades ajenas a las tuyas, es muy posible que te otorgue más bendiciones personales de las que podrías haberle pedido.

5. Sé concreto

Jesús quiere que seamos muy específicos en lo que le pedimos. Nos pregunta: «¿Qué queréis que os haga?» (Mateo 20:32). Las oraciones concretas obtienen respuestas igualmente concretas. En cambio, las oraciones vagas e imprecisas indican una de estas tres cosas: o no nos interesa demasiado el asunto; o no sabemos a ciencia cierta qué queremos que haga; o bien no tenemos fe en que lo hará. Sé, pues, tan claro y específico como si estuvieras girando un cheque a cargo del Banco del Cielo. Llénalo con la cantidad exacta que quieres, hazlo nominativo —ya sea a tu nombre o al de quien lo necesite—, féchalo, endósalo y obtendrás la cantidad deseada.

6. Ora con todo el corazón

A veces razonamos que siendo Dios omnisciente y conocedor de todo lo que necesitamos, qué necesidad hay de orar siquiera. ¿Para qué pasarnos un montón de tiempo pidiendo si Él ya sabe de antemano lo que vamos a pedirle? Si bien es cierto que Dios sabe lo que te hace falta antes que se lo pidas (V. Mateo 6:8), aun así Él espera que ores. Con ello demuestras que dependes de Él, que lo necesitas. Es una declaración concreta de que tienes fe en Su capacidad divina de responder a tus oraciones, y eso lo complace. Si asumes una actitud perezosa y piensas que el Señor responderá tus oraciones por mucho o poco entusiasmo que pongas en ellas, o si especulas que Él lo hará todo por ti sin que tengas que molestarte en pedírselo, es probable que te sientas decepcionado con Sus respuestas, o quizá por Su silencio. En el Antiguo Testamento, el profeta Isaías llegó acertadamente a la conclusión de que a Israel le iban mal las cosas porque el pueblo no rogaba a Dios para que interviniera en su favor: «Nadie hay que invoque Tu nombre, que se despierte para apoyarse en Ti» (Isaías 64:7).

Dios espera que mostremos interés y oremos. Y cuando la situación reviste gravedad, espera que cuando acudamos a Él lo hagamos muy seriamente. Si nosotros nos despertamos para pedir, Él hará lo propio para responder. «Me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón» (Jeremías 29:13).

7. Ejercita tu fe

¿Qué es la fe? Es fiarse de la Palabra de Dios. Es creer que Él hará lo que ha prometido. Cuando se tiene fe, no importa si la lógica o la razón apuntan en la dirección de lo que uno cree; uno sabe que se cumplirá lo que espera porque Dios lo ha prometido, aunque la mente humana no alcance a comprender el porqué.

Cuanto mayor sea nuestra fe en la facultad del Señor para respondernos, mayores serán las respuestas que recibiremos. La disparidad entre los dos ejemplos que siguen a continuación ilustra a las claras este principio: Cuando dos ciegos pidieron a Jesús que les devolviera la vista, Él les preguntó si creían que era capaz de hacerlo. Al responder ambos que sí, les dijo que conforme a su fe les sería hecho, y procedió a sanarlos (V. Mateo 9:27-30). Por contraste, leemos en otro pasaje que no hizo muchos milagros en cierta ciudad a causa de la incredulidad de la gente (V. Mateo 13:58). Sin duda que la medida de nuestra fe determina la respuesta de Dios.

¿Cómo se edifica la fe? Se la alimenta con la Palabra de Dios (V. Romanos 10:17), y se la ejercita a diario por medio de la oración. Si te olvidas de nutrirla, se marchita; si no la ejercitas, se torna fláccida.

8. Ora en el nombre de Jesús

Jesús nos dice: «Si algo pidiereis en Mi nombre, Yo lo haré» (Juan 14:13). En un versículo anterior expresa: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre sino por Mí» (Juan 14:6). Ese segundo pasaje alude más que nada a la salvación, pero también se aplica a la oración. Cuando Jesús vino a la Tierra a morir por nuestros pecados, se convirtió en mediador nuestro ante Dios Padre. La Biblia enseña que «hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre» (1 Timoteo 2:5; V. también Hebreos 8:6). Si diriges tus oraciones a Jesús, recibirás respuestas maravillosas.

9. Reclama las promesas de la Palabra de Dios

Dios cuenta con un cúmulo de tesoros inigualables y riquezas infinitas. Tiene todo lo que uno podría pedir, necesitar o imaginar siquiera. En Su Palabra nos lo ha prometido todo. Tal como explican las Escrituras, se nos han dado «preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas [lleguemos] a ser participantes de la naturaleza divina» (2 Pedro 1:4). Lo único que tenemos que hacer es invocarlas.

La Palabra de Dios se asemeja a un contrato al que Dios se ha sujetado. El primer paso es familiarizarse con las cláusulas del mismo. Eso se hace leyendo la Palabra. Luego, Él quiere que cuando oremos invoquemos esas cláusulas. Cuando le recordamos Sus promesas, demostramos tener fe en lo que ha dicho. Es decir, manifestamos la certidumbre de que Él es capaz de hacer lo que le pedimos.

Naturalmente, el contrato también contiene cláusulas que nos corresponde cumplir a nosotros. Muchas de las promesas de Dios son condicionales. «Cualquiera cosa que pidiéremos la recibiremos de Él, porque guardamos Sus mandamientos, y hacemos las cosas que son agradables delante de Él» (1 Juan 3:22). Para poder reivindicar la promesa que Él nos ha hecho de darnos «cualquiera cosa que pidiéremos», debemos poner todo de nuestra parte para guardar Sus mandamientos y complacerlo. Cuando nosotros cumplimos con nuestra parte del trato, estamos en condiciones de reclamar con convicción todo lo que nos pertenece por derecho conforme a Su Palabra.

10. No des lugar a las dudas

El Diablo se propone hacernos dudar de la Palabra de Dios. Si logra convencernos de que las promesas divinas son huecas y no se puede confiar en ellas, habrá conseguido restar eficacia a nuestras oraciones.

La Palabra dice que «[pidamos] con fe, no dudando nada, porque el que duda es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento, y echada de una parte a otra. No piense, pues, quien tal haga que recibirá cosa alguna del Señor. El hombre de doble ánimo es inconstante en todos sus caminos» (Santiago 1:6-8). Evita dar cabida a pensamientos que contradigan la Palabra. Son semillas de duda sembradas por el Diablo.

11. Dalo por hecho

Para Dios, toda oración que se ajusta a Su voluntad y a lo que Él considera mejor para todas las partes afectadas está ya respondida aun antes de terminar de pronunciarla (V. Isaías 65:24). La Palabra de Dios es infalible; así pues, siempre que cumplamos con las sencillas condiciones que Él nos fija en ella —como las que explicamos en el presente librito—, nuestras peticiones nos serán concedidas automáticamente. Puede que no nos responda tal y como esperábamos, o que no veamos la respuesta enseguida; pero Dios ha puesto en acción los mecanismos necesarios para que nuestras oraciones sean respondidas cuando Él lo juzgue oportuno, en tanto que estén acordes con Su voluntad. De modo que una vez que has presentado tu pedido al Señor, es hora de asumir lo que se denomina una postura de fe. Debes confiar en que la respuesta está en camino y creer que si has cumplido con tu parte del trato, Él intervendrá a tu favor, aunque a veces tome un tiempo. Dalo por hecho.

12. Agradece a Dios la respuesta

Si crees sinceramente que Dios ha escuchado tu oración, no hace falta que esperes a ver la respuesta; dale las gracias por fe. Es importante terminar nuestras oraciones de la misma forma que las empezamos: con acción de gracias y alabanza.

* * *
¿Estás en un compromiso? ¡Date la vuelta y pon a Dios en un compromiso!
Al Señor le encanta precipitar crisis. A veces permite que sucedan ciertas cosas para impulsarnos a orar y a confiar en que Él nos dará la respuesta. Quiere que seamos explícitos, que demos pasos concretos de fe, pidiendo cosas muy definidas y esperando también respuestas muy definidas. Las oraciones explícitas ponen a Dios y a nosotros mismos en un compromiso, pero a la vez son señal de nuestra fe, lo cual complace a Dios.
Algunas personas son reacias a pedir respuestas concretas a la oración por miedo a no obtenerlas, lo que dejaría mal parada su espiritualidad, o lo que es peor, desprestigiaría a Dios. ¿Qué pasará si no responde nuestras oraciones? ¿Qué pensará la gente de nuestra fe y nuestro Dios? Se limitan, pues, a orar con generalidades para no verse en apuros en caso de no recibir respuesta.
Sin embargo, a Dios le encanta que lo pongan en un compromiso, porque se sabe infalible. Nunca nos defraudará, siempre que cumplamos con Sus condiciones, ejercitemos nuestra fe por medio de la oración y obedezcamos Su Palabra. Entonces, cuando nos responde, constituye un testimonio vivo de la veracidad de Su Palabra y Su fidelidad, así como también de nuestra fe para contar firmemente con una respuesta concreta. Sé, pues, preciso a la hora de expresar lo que necesitas, y Él no te fallará.
D.B.B.
*
El Dr. Alexander Whyte, de Edimburgo, era famoso por sus oraciones en el púlpito. Siempre encontraba algo por lo cual dar gracias a Dios, aun en las circunstancias más difíciles. Un día tormentoso, un feligrés se puso a pensar: «No creo que el pastor tenga nada que agradecer a Dios en un día como éste».
Pero Whyte empezó su oración con las siguientes palabras: «Te damos gracias, Señor, porque no todos los días son como éste».
*
Un bebé ilustra perfectamente la fe
¿Cómo recibimos del Señor el alimento espiritual que necesitamos? Es muy sencillo. Solamente necesitamos la fe de un recién nacido.
Cuando un bebé llora pidiendo que le den de mamar, sabe que a su madre ni se le ocurriría negárselo. Dios le dio la facultad de saber que cuando llama, la madre acudirá en su auxilio. Parte de la base de que su pedido será atendido, y en efecto así sucede. Si nosotros, en calidad de hijos del Padre celestial, pedimos leche, sin duda que no nos va a dar una serpiente ni nada semejante. (V. Lucas 11:10-13.)
¿Qué extrae la leche del pecho de la madre? Cuando el bebé succiona, crea un vacío dentro de su boca, él cual extrae la leche. La oración equivale a crear un vacío semejante en nuestro corazón: «Señor, aquí tienes un espacio vacío. ¡Llénalo!»
Cuando la criatura es muy chiquitita, la madre tiene que acercarle el alimento y mostrarle dónde está. Sin embargo, a medida que el nene crece, automáticamente sabe dónde encontrar la leche y está en condiciones de obtenerla por sí mismo. De igual manera, cuanto más nos ejercitamos en recibir alimento de Dios, mejor sabemos dónde hallarlo. Siempre que sigamos succionando, obtendremos más, por cuanto la capacidad de dar de Dios es ilimitada.
D.B.B.
*
Cuenta una anécdota que había una mujer muy ignorante que había vivido la mayor parte de su vida en un lugar muy apartado de los montes de Escocia. Era tan pobre que la iglesia le pagaba el arriendo de la casa. Cierto día, cuando el pastor fue a llevarle el dinero del alquiler, le dijo:
—Sra. McKintrick, ¿cómo es que su hijo no la mantiene? Tengo entendido que goza de una magnífica posición en Australia y que es un buen muchacho y la quiere mucho. ¿No es así?
—Uy, sí —dijo la señora—. Y nunca se olvida de mí. Todas las semanas me escribe una carta de lo más cariñosa.
Aquello despertó la curiosidad del pastor, a quien le intrigaba aquel joven que quería tanto a su madre y, sin embargo, no la mantenía. Así que pidió ver algunas de las cartas. Enseguida la mujer le enseñó dos paquetes.
—Éstas son sus cartas —le dijo entregándole el primero—. Y éstas son las lindas estampas que me envía con cada una de ellas. Caben justito en los sobres. Se ve que permanentemente piensa en mí.
—¿Una estampa con cada carta? —A esas alturas la curiosidad del pastor era incontenible—. ¿Me las mostraría también?
—¿Cómo no? —respondió ella—. Algunas son de un hombre montado a caballo y otras tienen el retrato del rey. Mire. En ésta aparece el rey de Inglaterra. ¡Viva el rey!
—¡Viva su hijo! —dijo el pastor atónito—. Mi estimada amiga, ¿se da usted cuenta de que es rica? Esto es dinero. ¡Tiene usted una buena cantidad! ¡Y pensar que ha pasado estrecheces cuando todo este tiempo ha tenido aquí mismo, en su casa, billetes que usted confundía con lindas estampas!
Las promesas de la Palabra de Dios no son meras figuritas o hermosas alegorías. La Palabra de Dios dice que «nos ha dado preciosas y grandísimas promesas» (2 Pedro 1:4). Además, hay cientos de ellas. Provisión abundante, recursos ilimitados.
Virginia Brandt Berg
*
Dios dice: «¡Mandadme!»
Estás en manos de Dios, pero en cierta forma, Él también está en las tuyas. «Mandadme acerca de la obra de Mis manos» (Isaías 45:11). ¿Eso significa que podemos dar órdenes al Señor? En efecto; si le obedecemos, hacemos Su voluntad y deseamos únicamente lo que lo complace y glorifica, podemos mandarle cualquier cosa. Si obramos bien, lo amamos y tenemos fe en Su Palabra, Él ya ha prometido responder a nuestras oraciones.
Mucho de lo que Dios hace depende de nuestra voluntad y nuestras acciones, de lo que queremos y de cómo oramos. Él se ha sujetado a Sí mismo y ha supeditado sus acciones a nuestra fe y nuestras rogativas. «No tenéis porque no pedís» (Santiago 4:2). Está a la espera de que te hagas dueño de la situación.
La oración mueve la mano y el corazón de Dios. Él disfruta valiéndose de nosotros, poniendo en manos de frágiles hombres y mujeres la majestad y el poder de Su omnipotencia. Así que, ¡no dejes de orar!
D.B.B.
Copyright 2020 © Activated. All rights reserved.