Convierte tus pensamientos en oraciones

Cuanto más cultives el hábito de orar, más lograrás por medio de la oración y más feliz serás. Habrás descubierto el secreto de mantenerte en comunicación estrecha y constante con tu amado Salvador y Amigo. El siguiente artículo escrito por María David explica magníficamente este principio:

La Biblia habla mucho de nuestros pensamientos. Constituye un tema excelente para un estudio bíblico. Por ejemplo, dice que casi no es posible contar los pensamientos del Señor para con nosotros y que debemos aborrecer las vanidades ilusorias y amar Su Palabra (V. Salmo 40:5; 119:113).

Una de las mejores formas de dar buen uso a los pensamientos es convertirlos en oraciones. Considera todo lo que haces a lo largo del día, todo lo que se te ocurre, todos los pensamientos que se te pasan por la cabeza. Ahora sopésalos, evalúalos, analízalos, examínalos y pregúntate qué logras por medio de ellos. ¿Hacia dónde van? ¿Los transformas en energía positiva que obre en favor de los demás?

Si quieres lograr más por medio de la oración, considera tus pensamientos: tienen existencia real. Allanan el camino o lo obstaculizan. ¿Contribuyen tus pensamientos a sostener a un alma necesitada? ¿O con su silencio hacen oídos sordos al clamor de quien pide ayuda? ¿Qué dirección toman? ¿Responden a los llamados? ¿Aprovechas la energía telepática celestial? ¿Enfocas tus pensamientos hacia donde puedan ser útiles y ejercer una influencia positiva determinante?

Dios quiere que aprendamos a convertir nuestros pensamientos en oraciones eficaces. Los pensamientos vueltos oraciones se materializan en forma de bendiciones divinas, actos de intervención y protección, poder, fortaleza y el derramamiento del bálsamo curativo de Dios sobre los seres que amamos.

Los pensamientos que traducimos en oraciones llegan a hacer portentos, vuelven viable lo imposible y cambian el curso de la historia. Por otra parte, los pensamientos ociosos se desvanecen en la masa informe de la nada, se cuelan por las grietas de la complacencia, donde se descomponen, se echan a perder y se desaprovechan.

Cada vez que se nos cruza un pensamiento por la cabeza —no importa el momento, el lugar o si estamos solos o acompañados—, podemos convertirlo en una oración imbuida de gran fuerza. A lo largo del día, mientras hacemos trabajos rutinarios que no requieren mucha concentración, podemos transformar nuestros pensamientos en oraciones. Podemos encauzarlos, enfocarlos hacia Dios y presenciar milagros.

Por ejemplo, si estás en casa cocinando y te pones a pensar en los niños, que han ido al colegio, ruega por que tengan un buen día. O supongamos que en medio de la jornada laboral te pones a cavilar en una difícil tarea que tienes por delante: convierte ese pensamiento en una plegaria en la que le pidas al Señor fuerzas para realizarla. O quizá camino de casa pases por el lugar de un accidente: pide por quienes puedan haber resultado heridos y por tu propia seguridad y la de tu familia.

Sea cual sea la actividad que estemos desempeñando, solemos pensar en muchas cosas a lo largo del día. Lo importante es cómo filtramos y encauzamos esos pensamientos. Lo que cuenta es lo que decidimos hacer con ellos y la dirección que les imprimimos. En la medida en que aprendamos a controlar nuestros pensamientos por medio de la oración, filtrándolos por el tamiz de la Palabra de Dios y proyectándolos hacia donde puedan ser útiles, cumpliremos con nuestra sagrada misión de orar.

A solas con nuestros pensamientos, podemos traducir cada uno de ellos en una oración y cambiar el mundo. Podemos convertir en oraciones los juicios y percepciones que nos hacemos a consecuencia de lo que ocurre en nuestro entorno.

Transformar cada pensamiento en una oración es un gran privilegio y un gran don: el privilegio de aprovechar este eficaz recurso que nos brinda el Cielo. Ya verás que te será sumamente útil. Te facilitará la vida y obrará milagros. Los pensamientos pueden ser una carga o una bendición. Empléalos para bien traduciéndolos en oraciones. Echa mano de la energía telepática celestial.

* * *
No sé por qué me viene al pensamiento
una persona perdida en la distancia.
Su figura me martilla la memoria.
Quizá quiere decir que me es necesario orar.
Muchas veces por apremio apenas pensamos,
semana tras semana, en un amigo distante.
Tal vez Dios una señal nos esté enviando
que debe interpretarse como un llamado a orar.
Quizás esté ese amigo en feroz lucha,
o sufra una pena, o esté falto de valor.
Quizás esté a oscuras, o se le nubló el juicio,
y por eso, si lo precisa, debo orar.
Amigo, haz por mí lo mismo si un buen día
te importuno penetrando en tu conciencia.
Dedícame siquiera un fugaz momento.
No dudando de que me hace falta, ¡ponte a orar!
E. Middleton
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Una señora que ostentaba un alto cargo en una empresa se compungía cada vez que pasaba junto a cierto mendigo. El hombre llevaba más de un mes sentado en la calle a una cuadra de su oficina. La señora le preguntó cómo se llamaba y se enteró de que no tenía casa. Cada vez que lo veía le daba unas monedas, lo que evidentemente no le alcanzaba ni para una parte de su subsistencia. Además, ¡había tantos como él!
Una noche antes de acostarse, ella oró: «Señor, sé que no puedo resolver todos los problemas del mundo, pero muéstrame qué puedo hacer para aliviar la existencia de ese pobre hombre y de otros en circunstancias similares.
Al día siguiente leyó en le periódico un artículo sobre la próxima inauguración de un albergue para personas sin techo de los barrios céntricos. Buscaban patrocinadores y voluntarios.
Emocionada llamó al número que aparecía en el artículo. Le expresó al organizador que contestó al teléfono que le gustaría brindar apoyo económico y además dedicar algunas horas para ayudar a poner en funcionamiento el centro.
Luego de su iniciativa, el monto de su cuenta de ahorros se redujo unas cifras, y mermó un poco el tiempo libre de que disponía los fines de semana. Pero reiteradamente se decía a sí misma que aquella inversión de tiempo y dinero valía la pena.
La compensación le llegó unas semanas después cuando el mendigo le anunció orgulloso que había conseguido trabajo y que se estaba instalando en un apartamento al otro extremo de la ciudad.
—Señora, usted hizo más llevadera mi vida cuando yo estaba en las últimas. Me faltan palabras para agradecerle todo lo que ha hecho por mí —le dijo.
¡Ella no dudó entonces de que Dios había respondido a sus oraciones!
*
La Biblia es un libro de oraciones. De las 667 que hay en sus páginas, consta que 454 fueron respondidas.
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