El buen efecto que tienen en los demás nuestras oraciones

Además de influir en nuestra propia existencia, la oración puede contribuir a mejorar significativamente la vida de otras personas. Se suele decir que orar no es lo mínimo que se puede hacer por alguien, sino lo máximo. Nuestras oraciones mueven el corazón y la mano de Dios para que intervenga en favor de las personas por las que le pedimos.

Por medio de nuestras oraciones, otras personas pueden obtener los mismos beneficios que obtenemos nosotros cuando oramos: consuelo, protección, alivio de la ansiedad y del temor, curación, provisión material y muchos otros.

Orar nos capacita para asistir más directamente a nuestros semejantes. En muchas ocasiones el Señor se vale de nosotros, los seres humanos, como agentes Suyos en la Tierra. Teniendo esto en cuenta es muy posible que Él quiera que nosotros mismos contribuyamos a hacer realidad nuestras propias oraciones. El hecho mismo de orar por alguien demuestra que nos interesamos por su felicidad y bienestar. Eso nos coloca en situación de comprender mejor la voluntad divina para esa persona y ayudar a que ese designio se cumpla en ella. Por ejemplo, cuando oramos por alguien que está enfermo, puede que el Señor nos indique de qué manera podemos reavivar la fe latente de esa persona y cumplir así el doble propósito de la dolencia: por un lado, dar lugar a una curación, la cual para el enfermo y para los demás constituirá un testimonio del poder milagroso de Dios; y por otro, hacer que se afiance la relación de esa persona con Dios.

Cuando pasamos tiempo con el Señor orando, Él nos colma de los frutos del Espíritu, a saber: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza (V. Gálatas 5:22-23). A medida que participamos más de Su Espíritu, los que nos rodean ven al Señor y Sus dones reflejados en nuestra vida cotidiana. «Nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor» (2 Corintios 3:18).

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Podemos comunicarnos también unos con otros a través de Dios, como una telecomunicación a través de la atmósfera; como dos amigos o dos enamorados pueden comunicarse a través del espacio aunque estén en dos ciudades muy distantes una de otra, y pueden estar más unidos a través de la distancia que lo están dos vecinos con una pared de por medio en una aldea.
Ernesto Cardenal
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Es la oración solícito tercero,
que concierta los pleitos más insanos;
es carta de favor, fiel mensajero,
refugio, sombra, albergue de cristianos,
dádiva que reprime al juez severo,
cuerda que liga las divinas manos,
música de admirable punto y letra,
que al mismo corazón de Dios penetra.
Es un rayo que va del suelo al cielo,
neblí que en lo más alto hace presa,
calor que de las almas quita el hielo,
manjar sabroso de la empírea mesa;
de los desconsolados es consuelo,
río caudal que rompe la represa
que en la misericordia hizo el pecado,
y, en fin, es un retórico abogado.
Bartolomé Carrasco
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Un domingo por la noche, en abril de 1912, cierta señora daba vueltas en su cama sin poder conciliar el sueño. De repente la asaltó una tremenda preocupación por su marido, que en ese momento se encontraba en medio del océano Atlántico, navegando rumbo a Norteamérica en el Titanic. Pasó varias horas rezando fervientemente por él. A eso de las cinco de la madrugada la invadió una enorme paz y por fin pudo dormirse.
Entre tanto su marido, el coronel Gracie, junto a cientos de hombres, trabajaba con frenesí por lanzar al agua los botes salvavidas del navío, que naufragaba luego de estrellarse contra un témpano de hielo. El coronel ya había perdido toda esperanza de salvarse. Se esforzaba simplemente por ayudar a las mujeres y a los niños. Deseando hacer llegar un mensaje de despedida a su mujer, clamó desde lo más íntimo de su alma: «¡Adiós, amor mío!»
Al irse a pique la embarcación, un gigantesco remolino se tragó al coronel. Instintivamente se puso a nadar bajo las heladas aguas, clamando dentro de sí: «¡Adiós, amor mío, hasta que nos volvamos a ver!»
De pronto salió a la superficie y se encontró frente a un bote salvavidas volcado. Él y varias personas más lograron encaramarse a la barca. A la mañana siguiente los recogió un buque de rescate.
Al regresar a casa, el coronel le contó a su mujer la experiencia que había vivido. Entonces se dieron cuenta de que ella había estado rezando por él justo durante las horas en que había corrido mayor peligro. Lo más impresionante es que cuando los rescataron eran las cinco de la mañana en la ciudad donde su esposa se encontraba orando, la hora exacta en que el Señor le aseguró a ella que su marido estaba bien.
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Intercesión
No digas que desconozco la feroz lucha que libras;
muchas veces en tus tinieblas te hice yo compañía.
A pesar de la distancia, de nuestras edades dispares,
percibo tu honda angustia y tus enormes pesares.
No digas que peleaste a solas en lóbrego entorno,
pues yo intercedí por ti en oración ante el gran Trono.
La espada del Espíritu, el escudo de la fe,
esas fueron mis armas cuando el mandato escuché.
No digas que es quimera oír tan distante clamor;
somos uno en Jesús, nos une Su inmenso amor.
Hablándome al corazón, me llama Él con urgencia.
Por muy lejos que tú estés, te presto asistencia.
Virginia Brandt Berg
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Mucho tiempo atrás hubo en Nueva Inglaterra un pueblo aislado en el que abundaban los conflictos y las personas conflictivas.
Cierta noche, en el curso de una conversación entre unos amigos devotos, uno dijo:
—No seremos sacerdotes ni predicadores preparados, pero algo tenemos que hacer en este pueblo. Formemos un grupo de oración. Empecemos rogando todos por una misma persona. ¿Quién podría ser?
Escogieron a uno de los hombres más duros de la localidad, un borracho empedernido. Todos concentraron en él sus oraciones. Esa misma semana aceptó a Jesús como su salvador y cambió radicalmente. A continuación se pusieron de acuerdo para rezar por otro vecino, el cual también se convirtió. Luego oraron por otro, y por otro, hasta que al cabo de un año cientos de personas habían llegado a conocer a Jesús. ¡El pueblo se había transformado!
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