Hacerse el tiempo

No hay manera de evitarlo: la comunicación requiere tiempo. Con todos los trajines de la vida moderna, puede que al principio tomarnos unos minutos con el Señor antes de comenzar el día nos parezca un sacrificio. Es posible que postergar otras actividades para poder hablar con el Señor nos parezca una interrupción incómoda, inoportuna. Sin embargo, es erróneo considerar que habríamos podido emplear mejor en otra actividad el tiempo que pasamos orando. Por muy ocupados que estemos, si nos tomamos un tiempo para orar, lograremos mucho más que si no lo hacemos. Es una inversión a largo plazo, y una vez que empecemos a cosechar los resultados, no comprenderemos cómo nos las arreglábamos hasta ese momento para salir adelante sin conversar con el Señor. Veamos seguidamente unos cuantos consejos para adquirir la costumbre:

Hay que hacer un esfuerzo. Al igual que cualquier hábito nuevo que se desee cultivar, durante un tiempo hay que ponerle esfuerzo. Al comienzo hay que dedicarle atención, ya que uno muchas veces se olvida. Sin embargo, a la larga verás que cada vez te acuerdas más seguido.

Da prioridad a los momentos de oración. Siempre tenemos tiempo para lo que consideramos más importante.

Cuando planifiques las actividades del día, reserva unos momentos específicos para orar. El rey David escribió en el libro de los Salmos: «Tarde y mañana y a mediodía oraré [...] y Él oirá mi voz» (Salmo 55:17). Si esperas a haber terminado todo lo demás, ese momento nunca llegará. Si ves que a cierta hora del día no resulta viable, prueba a otra.

Busca un momento y lugar tranquilos en los que no tengas distracciones.

Fíjate un objetivo que puedas cumplir, quizás cinco o diez minutos al día; luego intenta hecerlo dos veces al día, o más. Las oraciones no tienen por qué ser largas. Cuando los discípulos de Jesús le pidieron que les enseñase a orar, les puso de modelo una plegaria que hoy conocemos como el Padrenuestro, que no tiene más de setenta palabras (V. Mateo 6:9-13). Lo que cuenta no es la extensión de la oración, sino la fe que se pone en ella, el afán y la sinceridad con que se reza.

Aprovecha los momentos libres que se te presenten durante el día para elevar breves oraciones al Señor y pedirle que te levante el ánimo o te dé fuerzas. Puedes emplear el rato que dedicas a tomarte un café, a cocinar, a ducharte, a pasear al perro, el tiempo que pasas en un atasco de tránsito, mientras esperas a alguien, mientras duermes al bebé... de hecho cualquier momento. Concentra tus pensamientos en el Señor y deja que Él te renueve y te comunique fuerzas e inspiración para seguir adelante (V. 1 Tesalonicenses 5:17; 1 Crónicas 16:11; Lucas 18:1; 21:36).

Aun después de haber adquirido el hábito de orar mientras te ocupas de otras cosas, todavía será necesario que pases ratos tranquilos en que dediques tu entera atención al Señor y prestes oído a lo que Él quiera decirte.

Si un día te saltas tus ratos habituales de oración, no te des por vencido. Inténtalo de nuevo al día siguiente.

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Robert LeTourneau, inventor y primer fabricante de la máquina excavadora, fue un cristiano muy activo.
Cierta noche tenía que diseñar una pieza que había que fabricar al día siguiente. Esa misma noche, sin embargo, estaba invitado a asistir a una reunión de oración. Posponer el trabajo que tenía pendiente le saldría caro; pero por fin resolvió que más importante era asistir a la reunión de oración, lo cual hizo. ¿Cómo lograría tener listo el diseño para el día siguiente?
Llegó a su casa alrededor de las diez de la noche. Hasta ese momento no había tenido ocasión de empezar el diseño. Sin embargo, se sentó frente al tablero de dibujo y en cuestión de cinco minutos hizo el boceto de un mecanismo sumamente innovador y práctico. ¡Dios le inspiró la idea! No sólo eso: el pequeño mecanismo que diseñó aquella noche fue una pieza esencial de muchas otras máquinas que inventó después.
¡Vale la pena orar!
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Si te tomas un tiempo para escuchar a Dios, Él se un tomará tiempo para resolver el problema
D.B.B.
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Comienza bien el día: escucha al Señor
Todos los días debemos pasar un rato en oración, temprano en la mañana, si es posible. Antes de iniciar la jornada de trabajo, pide al Señor que te guíe y te ayude. Ni bien te despiertas, antes de hacer ninguna otra cosa, habla con Dios. Recibe de Él tus instrucciones para el día. Escucha Su voz, y te sorprenderá cómo Él resuelve tus problemas antes que comience la jornada.
Pero si te sumerges en todos los problemas sin detenerte a hablar con el Señor y recibir tus instrucciones de Él, serás como un músico que opta por tocar primero el concierto y afinar después su instrumento. Comienza el día orando y leyendo la Palabra de Dios. Ante todo sintonízate con Él.
Nunca vayas a pensar que orar es demasiado engorroso o que no te queda tiempo para hacerlo. Cuanto más intensa se presente la jornada, más motivo tienes para orar y más tiempo deberías dedicar a ello. Si pasas un poco más de tiempo orando, descubrirás que será menor el tiempo que tendrás que invertir luego para lograr tu cometido. Es muy sencillo. Si hilvanas la jornada con oración, es menos probable que se deshilvane.
D.B.B.
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Hoy en día la mayoría de los cristianos están más interesados en que Dios los oiga a ellos que en escuchar lo que Él les quiere decir. Tratan de conseguir que Él les rubrique su plan. Una vez oí a alguien decir: «¿Estás dispuesto, no a presentarle tu plan a Dios para que lo firme, ni siquiera a que Él te presente el Suyo para que lo firmes tú, sino a firmar una hoja de papel en blanco y dejar que Dios escriba en ella a Su antojo, sin que sepas siquiera cuáles van a ser Sus designios?»
Es primordial que aprendamos a escuchar al Señor. No le corresponde al Rey andar corriendo tras Sus súbditos dando voces para conseguir que hagan lo que Él quiere. Uno más bien se acerca a Él callada y respetuosamente. Con sinceridad y sano temor presenta su petición y aguarda en silencio la respuesta. Debemos tener una actitud de temor, respeto y reverencia ante el Señor, y tratarlo como el Rey que es.
D.B.B.
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Hacer silencio ante el Señor demuestra que se tiene fe en que Dios va a resolver la situación, en que Él se va a encargar de todo. Demuestra que se confía en el Señor. «Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en Ti persevera, porque en Ti ha confiado» (Isaías 26:3). Si no confiamos en el Señor, viviremos en perpetua confusión. Me recuerda lo que dice una rima:
«Cuando confiamos, no reflejamos ninguna inquietud;
cuando nos inquietamos, ¡no estamos confiando aún!»
¡Si estamos en un laberinto, confundidos, preocupados, impacientes y alterados, es que no estamos confiando! No tenemos la fe que debiéramos. Confiar equivale a reposo, paz y serenidad total de pensamiento, corazón y espíritu. Aunque el cuerpo tenga que seguir trabajando, se tiene una actitud, un espíritu de calma.
D.B.B.
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Me levanté temprano un día
y aprisa inicié mi jornada.
¡Había tanto, tanto que hacer
que un momento para orar no encontraba!
Los problemas se iban acumulando.
Dije: «Ay, ¿por qué no me ayuda Dios?
Cada vez está todo más complicado.»
«¡Es que no me lo pediste!», me respondió.
Ante Él quise presentarme,
mas la puerta no se me abría.
Con paciencia y ternura Él me dijo:
«¿Por qué no llamaste, hija Mía?»
Ansiaba alegría y cosas bellas;
mas el día seguía nublado y triste.
¿Por qué no veía yo nada claro?
Él me dijo: «¡A Mí no acudiste!»
Hoy me levanté temprano
y me detuve antes de iniciar mi jornada.
¡Tenía tanto, tanto que hacer
que sin orar no quise emprender nada!
Anónimo
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