Haz lo que esté a tu alcance

Dios espera que nosotros hagamos lo que esté a nuestro alcance. Eso demuestra que tenemos fe, que albergamos la expectativa de que Dios hará lo que nosotros no podemos hacer. Comúnmente a eso se lo denomina dar un paso de fe. Los Evangelios contienen muchos ejemplos de ello.

Jesús dijo a un hombre que tenía la mano seca: «Extiende tu mano». Evidentemente el hombre no podía moverla. La tenía paralizada. Pero en la medida que hizo el esfuerzo creyendo que Jesús lo sanaría, su mano «le fue restaurada sana como la otra» (Mateo 12:13).

A otro hombre que había sido ciego de nacimiento Jesús le dijo que fuera a lavarse los ojos en cierto estanque. Aquello seguramente pareció medio absurdo a los que lo oyeron. Sin embargo, el hombre tuvo fe y obedeció, y recobró la vista (V. Juan 9:1-7).

En una ocasión en que diez leprosos imploraron a Jesús que tuviera misericordia de ellos y los sanara, Él les dijo que se presentaran ante los sacerdotes. Según la costumbre, cuando un leproso sanaba tenía que presentarse ante los sacerdotes para que constataran su curación. Aquellos leprosos aún no habían sanado; pero en cuanto creyeron y obedecieron, y partieron a ver a los sacerdotes, se curaron (V. Lucas 17:12-14).

Antes que Jesús resucitara a Lázaro, había que mover la enorme piedra que cubría la entrada del sepulcro. Eso era algo que los demás podían hacer. Cuando los dolientes reunidos en torno a la tumba de Lázaro hicieron caso del pedido de Jesús y quitaron la piedra, demostraron que creían que Él era capaz de obrar el milagro: devolverle la vida a Lázaro. Y así lo hizo. Pudo haberse valido de algún poder sobrenatural para quitar la piedra, del mismo modo que resucitó a Lázaro; pero no lo hizo, porque quería que los presentes tradujeran su fe en hechos (V. Juan 11:1-44).

Quienes manifiestan su fe haciendo lo que está a su alcance ven sus oraciones respondidas y son testigos de milagros. Los que piden reciben. A Jesús le complacía sanar a los enfermos, resucitar a los muertos, consolar a los de corazón quebrantado; pero en muchos casos quienes recibieron la bendición fueron los que tuvieron fe para pedir. Puede que Dios quiera obrar un milagro en tu vida y simplemente esté aguardando a que se lo pidas. Él se ha sujetado intencionalmente a nuestras oraciones y a nuestra fe. Cuando rebosamos de fe y pedimos a Dios que interceda por nosotros, liberamos Sus manos para que obren portentos.

Si no sabes a ciencia cierta lo que Dios espera que hagas antes de responder a tu oración, pregúntaselo. Te lo dirá directamente, o bien te lo indicará por medio de Su Palabra.

* * *
La primera vez que el misionero Hudson Taylor fue a la China, en 1853, hizo el viaje en barco de vela. Tardó cinco meses y medio. Al pasar muy cerca de una isla habitada por caníbales, el viento amainó y la nave quedó a la deriva. La marea la fue llevando hacia la costa, donde los salvajes se preparaban para un festín.
—Usted es un siervo de Dios, señor Taylor. ¡Rece para que Dios intervenga y nos salve! —imploró el capitán.
—Lo haré —dijo Taylor— siempre y cuando usted despliegue las velas para que capten la brisa.
—No puedo hacer eso —protestó el capitán—. Seré objeto de burla de toda la tripulación si izo las velas ahora, en esta calma absoluta.
—Entonces no oraré —dijo Taylor—. Prepare primero las velas.
Así se hizo finalmente.
Taylor se encontraba orando en su camarote cuando oyó que alguien golpeaba a la puerta. Era el capitán.
—¿Sigue usted orando para que se levante viento? —preguntó.
—Sí —contestó Taylor.
—Pues será mejor que deje de hacerlo —indicó el capitán—. Hace tanto viento que se está volviendo incontrolable.
Y así llegaron a destino sanos y salvos.
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