Procede como si ya tuvieses lo que has solicitado

Una vez que hayas pedido algo a Dios, actúa en consecuencia. La fe debe moverte a actuar. Pon a prueba a Dios demostrándole que estás tan convencido de que te responderá que vas a proceder como si ya lo hubiera hecho. El siguiente relato verídico referido por Virginia ­Brandt Berg ilustra muy bien este principio:

Cuando yo pastoreaba una iglesia en Wag­oner (Oklahoma), había una chica llamada Etta que deseaba ardientemente estudiar para hacerse misionera. Durante dos años estuvo orando, a la espera de recibir el dinero que necesitaba para costear su matrícula. Sin embargo, el segundo año se endeudó mucho. La situación parecía imposible.

Vino a mí llorando, muy desanimada. Le pregunté si sabía si era la voluntad de Dios que fuese a estudiar, y me contestó que estaba completamente segura.

Entonces le dije:

—Yo desde luego no esperaría más. Llevas dos años pidiéndole el dinero al Señor, pero nunca lo has exigido de forma tajante ni has demostrado con ninguna de tus acciones que verdaderamente cuentas con que te lo dé. Si creyeses de todo corazón que Él va a responder tu oración y te va a dar el dinero para el pasaje, la matrícula y todo lo demás, ¿qué harías?

—Haría mi equipaje, escribiría al instituto bíblico informándole que voy y haría todos los demás preparativos para marcharme —contestó ella.

—Pues eso es ni más ni menos lo que haría yo en tu lugar. Aférrate firmemente a Su promesa y ponte a arreglar todas tus cosas, como si ya tuvieras el dinero en la mano. Cuando se tiene auténtica fe, se obra como si ya se hubiese obtenido la respuesta. Si alguien te prometiera el dinero, tú le creerías. Pues Dios mismo te ha prometido en Su Palabra darte las peticiones de tu corazón (V. Salmo 37:4), y tú no le crees.

—No es así, Sra. Berg —respondió la chica—, sí le creo. Voy a demostrarlo. Voy a irme a casa a hacer el equipaje y preparar mis cosas. Las clases comienzan dentro de poco, así que tendré que darme prisa.

A partir de aquel momento Etta no volvió a vacilar. Se dedicó a hacer los preparativos como si ya tuviese los fondos. Estaba convencida de que el Banco del Cielo abriría sus ventanillas en el momento oportuno (V. Malaquías 3:10).

Apenas un día antes de la fecha prevista para marcharse, me llamó para decirme que ya tenía preparada la ropa y todo lo demás, pero no tenía maleta. Por teléfono invocamos la promesa de la Escritura que dice: «Dios suplirá todo lo que os falta conforme a Sus riquezas en gloria» (Filipenses 4:19). Seguí trabajando y me olvidé del asunto.

Cosa de una hora más tarde, una amiga me llamó para decirme que estaba limpiando la casa y que, entre otras cosas de las que quería deshacerse, tenía una maleta grande que no le servía. Se le había ocurrido que a lo mejor podía serme de utilidad.

Me reí y le dije que estaba sirviendo un pedido del Cielo, pero que se había equivocado de dirección. El Señor quería que enviara la maleta a casa de Etta.

La noche siguiente, varios fuimos a despedirnos de aquella chica que partía al instituto bíblico. En la estación me dijo al oído:

—¿Sabe? Todavía no tengo el dinero, pero estoy de lo más tranquila, porque sé que el Señor ha oído mi oración y sé que tengo la petición que le he hecho (V. 1 Juan 5:14-15).

«En algo nos hemos equivocado», pensé. Unos amigos me habían dicho que habían hecho una colecta para ella, pero...

Mientras meditaba en eso, oí el silbido del tren y a lo lejos vi la luz del faro de la locomotora. Noté que Etta me miraba fijamente. ¿Qué podía decirle?

De pronto, uno de los que habían organizado la colecta se acercó corriendo.

—Estaba trabajando en mi oficina cuando me acordé del dinero que me habían dado para Etta —dijo—. Y traigo un poco más, obsequio de mi esposa y mío.

—Y aquí hay otro poco —dijo otro amigo que acababa de llegar.

—¡Viajeros, al tren! ¡Viajeros, al tren! —gritó en ese momento el revisor.

—Viajeros, al tren de las promesas de Dios —le dije a Etta—. Dio resultado, ¿no?

—Es maravilloso —contestó ella—, es impresionante lo que puede lograr la fe.

* * *
Has acudido a presentarte ante un Rey:
¡grandísimas peticiones puedes traer!
Su gracia, favor y poder son tales
que es imposible mermar Sus caudales.
*
La oración es la energía más poderosa que uno puede generar. La influencia de la oración en la mente y el cuerpo humano es tan fácilmente demostrable como la de la secreción glandular. Sus resultados pueden medirse en términos de incremento del optimismo, mayor vigor intelectual, fuerza moral y una mayor comprensión de las relaciones humanas.
La oración es indispensable para la plenitud del desarrollo de la personalidad. Sólo mediante la oración se puede obtener esa perfecta unión de mente, cuerpo y espíritu que dota a la frágil condición humana de una fuerza inconmovible. Al rezar nos ponemos en contacto con la fuerza inagotable que hace girar el universo.
Dr. Alexis Carrel, fisiólogo y cirujano francés, premio Nobel en 1912
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