Qué hacer cuando no se ve que Dios responda

Por qué algunas oraciones son respondidas antes que otras, y por qué da la impresión de que algunas no son respondidas? Hay muchos motivos. Dios siempre responde nuestras oraciones, pero no en todos los casos lo hace enseguida ni de la forma en que esperamos. A veces nos dice que sí, otras que no, y en otros casos nos pide que esperemos.

Cuando te parezca que tus oraciones no son respondidas, hazte las siguientes preguntas:

¿Tengo la plena certeza de que aquello por lo que ruego es también lo que quiere Dios? ¿Estoy seguro de que es conforme a Su voluntad?

Dios no responde algunas oraciones de la forma que queremos o esperamos porque sabe que lo que le pedimos en realidad no nos conviene a nosotros o a otras personas. La Biblia nos advierte que si nuestro corazón no es puro o nuestros móviles son egoístas, el Señor quizá no nos conceda lo que le pedimos (V. Santiago 4:3).

A veces Dios no responde a nuestras oraciones porque nos tiene reservado algo mejor. Dios da lo mejor de lo mejor a quienes dejan sus decisiones en manos de Él.

¿He cumplido con lo que me corresponde, es decir, he acatado las instrucciones que me ha dado el Señor?

La fe y la obediencia vienen primero; luego Dios responde la oración. Si hacemos todo lo posible por cumplir con nuestra parte del trato, si hacemos lo que esté a nuestro alcance para propiciar el resultado deseado y nos esforzamos al máximo por obrar bien y complacer al Señor —es decir, si lo amamos a Él y a los demás,— podemos tener la plena confianza en que nuestra oración será respondida (V. Juan 15:7; 1 Juan 3:21-22). Por otra parte, cuando no hacemos lo que nuestra conciencia nos indica, o cuando no cumplimos con las condiciones que Él ha establecido en Su Palabra o que nos ha revelado directamente, no podemos contar con que nos dará lo que le pidamos (V. Juan 9:31; Salmo 66:18-20).

A veces puede que nos pida que hagamos algo contrario a lo que pensábamos o esperábamos. En tal caso, es importante recordar que Dios es omnisciente y que todo lo ve, que nos ama y vela por nosotros y por nuestro bienestar. Por lo tanto, conviene hacer lo que nos pida. Puede que en un comienzo nos parezca difícil o costoso, pero a la larga siempre descubriremos que Él tiene razón.

¿Será que el Señor está poniendo a prueba mi fe?

A veces Dios quiere ver con cuánto apremio queremos la respuesta. Si realmente creemos que es capaz de hacer lo que nos ha prometido, insistiremos en ello (V. Lucas 11:5-10; 18:1-8; Romanos 4:21; 12:12; 1 Pedro 1:6-7).

A Dios le agrada que sigamos adelante por fe, aun cuando parezca que no responde nuestra oración. A Él le complace la fe que se niega a darse por vencida, la que sigue adelante cualesquiera que sean las circunstancias. Le gustan las personas que no dejan de creer que se producirá el resultado esperado, simplemente porque Él lo ha dicho.

Una buena ilustración de ello es el caso de Abraham en el Antiguo Testamento. El patriarca contaba unos 100 años y todavía no tenía heredero. Dios prometió que su esposa Sara concebiría un hijo, pese a sus más de 90 años y a que hacía ya mucho que había pasado la edad fértil. Pero Abraham insistió en creer en la promesa de Dios no obstante las escasísimas probabilidades que le presentaba la situación. Como consecuencia, Dios cumplió lo prometido, y milagrosamente Sara concibió y dio a luz un hijo, Isaac, el cual se convirtió en el padre de la nación judía.

El apóstol Pablo escribió lo siguiente acerca de la postura de fe asumida por Abraham: «No se debilitó en la fe al considerar su cuerpo, que estaba ya como muerto (siendo de casi cien años), o la esterilidad de la matriz de Sara. Tampoco dudó, por incredulidad, de la promesa de Dios, sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios, plenamente convencido de que era también poderoso para hacer todo lo que había prometido; por lo cual también su fe le fue contada por justicia» (Romanos 4:19-22).

Si uno tiene auténtica fe, está en condiciones de afirmar: «Invoqué la promesa de Dios y sigo adelante, aunque en este momento no pueda ver el camino». Al igual que el capitán de un buque que navega con visibilidad cero en una noche tempestuosa, puede que no veamos lo que tenemos por delante, pero eso no nos detiene. Sabemos que el Señor ha escuchado nuestra oración y que la responderá cuando lo considere oportuno. Esa es la fe que complace a Dios y obtiene resultados.

¿Se propone el Señor enseñarme a tener paciencia o algún otro principio espiritual?

La naturaleza humana es tal que nos acercamos más a Dios cuando necesitamos algo de Él. A Él le complace atender nuestra necesidad, pero a la vez es sagaz y aprovecha esos momentos en que cuenta con toda nuestra atención para enseñarnos cosas que estrechen nuestra relación con Él y hagan de nosotros mejores personas. La paciencia es una de las virtudes que más frecuentemente procura enseñarnos. Puede que además nos quiera enseñar a ser más amorosos, más humildes, más constantes en la oración o cualquier otra lección de vida que nos haga falta. En ese caso, una vez que hayamos aprendido lo que trata de enseñarnos, responderá nuestra oración.

¿Ha llegado el momento dispuesto por Dios y las condiciones son las más propicias?

«Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del Cielo tiene su hora» (Eclesiastés 3:1). Dios dispone el momento. No se le puede meter prisa. A veces la oración se asemeja a la siembra: para que una semilla germine, brote, madure y dé fruto se necesita tiempo. Además, algunas tardan más que otras. Hay flores que se abren de la noche a la mañana. Sin embargo, un árbol tarda años en dar fruto.

Antes que Dios responda, las circunstancias tienen que ser propicias. La solución de una situación compleja a veces requiere tiempo. Es como un espinoso problema de matemáticas: cuanto más complicado sea y más factores haya de por medio, más compleja y dilatada será la resolución.

¿Se ve afectada la respuesta por las decisiones o acciones de terceros?

El resultado de una oración depende de tres factores principales: nuestra voluntad —lo que nosotros deseamos—, la voluntad de Dios —lo que Él quiere— y las decisiones y acciones de las otras personas afectadas. Aun cuando concuerden nuestra voluntad y la de Dios, es posible que Él se vea impedido de lograr el resultado deseado, puesto que ha concedido a todos el libre albedrío. Las decisiones y acciones de los demás contribuyen a determinar el resultado. No está enteramente en nuestras manos; tampoco en manos de los demás, y Dios se ha fijado la limitación de no manipularlo todo. Si tu oración no se ve respondida porque otras personas toman lo que a tu juicio son decisiones erróneas, no pierdas las esperanzas. Ruega a Dios que obre en el corazón de esas personas y las conduzca a modificar sus decisiones.

No obstante, sea lo que fuere que hagan o dejen de hacer los demás, tanto si toman decisiones acertadas como si no, las promesas que nos ha hecho Jesús en la Biblia siguen siendo válidas. Una decisión errónea por parte de alguien no puede anular la veracidad de la Palabra de Dios. Así pues, por más que tu oración no halle respuesta a causa de las decisiones erradas de alguien, Dios te escuchará y te responderá de algún modo, aunque nunca veas la respuesta en esta vida.

Dios acoge la petición de nuestro corazón y de nuestros labios, y en Su sabiduría la responde como le parece mejor, tomando también en consideración las decisiones de otras personas. Cuando echamos mano de la fuerza de la oración, debemos también aceptar que la forma en que Dios resuelva respondernos es la mejor, por mucho que difiera de la que preferimos nosotros.

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¿Sin respuesta aún?
No es posible que la Fe quede sin ser respondida.
Sus pies están firmes, implantados en la Roca.
Permanece imperturbable en la más dura embestida.
Ni ante el más hórrido trueno se apoca.
Sabe que su oración la Omnipotencia ha escuchado
y exclama: «Se hará», algún día, en algún lado.
¿Sin respuesta aún? ¿Que nadie oyó tu pedido?
Quizá no cumpliste cabalmente tu parte.
Lo obra empezó con el primer ruego emitido.
Si Dios comienza algo, hace también lo restante.
Después que el incienso más se haya elevado,
Su gloria verás, algún día, en algún lado.
Robert Browning
*
Oré pidiendo fuerzas a fin de llegar muy alto;
recibí debilidad para que aprendiese a obedecer...
Pedí salud para realizar obras mayores;
recibí padecimientos para que hiciera cosas mejores...
Pedí riquezas para ser feliz;
recibí pobreza para que adquiriera sabiduría...
Pedí poder para que me honrasen los hombres;
recibí impotencia para que sintiese necesidad de Dios...
Pedí tener de todo para gozar de la vida;
recibí vida para que gozase de todo...
Nada de lo que pedí recibí, aunque obtuve todo lo que deseaba.
Casi a pesar de mí mismo, se me concedieron los anhelos de mi corazón.
Me considero muy privilegiado entre los hombres.
Atribuido a un soldado confederado anónimo
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