Consejos prácticos

Versiones de la Biblia

Existen muchas traducciones de la Biblia al español, y no tenemos espacio aquí para evaluarlas todas. La versión Reina-Valera sigue siendo la preferida de muchos. Data de la época cumbre de la literatura española. Además ha sido sometida a sucesivas revisiones con el objeto de actualizar su lenguaje. Hoy en día son de uso común la revisión de 1960, la de 1995, y más recientemente la Reina-Valera Contemporánea1. De esas versiones se han tomado la mayoría de los versículos que se citan en este y en otros libritos de la colección Actívate.

También son recomendables la Biblia de Jerusalén2 y la versión Nácar-Colunga3. Por otra parte, en las últimas décadas se han realizado diversas traducciones en lenguaje moderno que hacen más accesible el texto bíblico y le imprimen un tono más coloquial. Entre estas destacan la Nueva Versión Internacional4, la Biblia didáctica5 y la versión Dios Habla Hoy6. La lectura de un pasaje familiar en una versión a la que no estamos acostumbrados puede llevarnos a descubrir en él nuevos matices y aplicaciones.

Libros de consulta, comentarios sobre la Biblia y otras publicaciones cristianas

Un buen maestro facilita mucho el aprendizaje. Un ejemplo clásico de esto lo tenemos en la historia de Felipe y el eunuco etíope, que aparece en el octavo capítulo del libro de los Hechos.

En el camino de Jerusalén a Gaza, Felipe se encontró con un eunuco que era «funcionario de Candace, reina de los etíopes». El eunuco iba sentado en su carruaje leyendo el libro de Isaías, y Felipe le preguntó si entendía lo que leía. «¿Y cómo podré —respondió el etíope—, si alguien no me enseña?» Resulta que el eunuco leía el capítulo 53 de Isaías, que contiene profecías muy detalladas acerca de la venida del Mesías, las cuales se habían cumplido con gran precisión en Jesús. Felipe entonces «abriendo su boca y comenzando desde esta escritura, le anunció el evangelio de Jesús». El resultado fue que el eunuco aceptó a Jesús como su Salvador7. Felipe era un buen maestro.

También nosotros podemos beneficiarnos de los conocimientos adquiridos a base de estudio por otros cristianos más experimentados.

Una buena concordancia bíblica ayuda mucho a localizar versículos de los cuales uno a veces solo recuerda una o dos palabras clave. (Una concordancia bíblica es un índice alfabético de las palabras que figuran en la Biblia, con las referencias de los versículos en que aparecen.) Las concordancias varían en tamaño y amplitud. Las hay en grandes tomos, como la de C. P. Denyer8 y la Concordancia completa de la Santa Biblia de William Sloan9, y las hay más breves, como las que se encuentran en los apéndices de algunas biblias. Dado que las concordancias más grandes son más completas, es más probable que incluyan la referencia del versículo que uno busca, aunque uno a veces tiene que leer bastantes entradas para dar con él. Las concordancias más breves son prácticas; la desventaja es que contienen menos entradas, y por tanto son menores las probabilidades de encontrar lo que uno busca. La mayoría de los programas informáticos de la Biblia incluyen excelentes concordancias.

Algunos de los libros de consulta y estudio de la Biblia más reconocidos son el Compendio manual de la Biblia de Henry H. Halley10 y la Biblia de referencia Thompson11. Existe además una diversidad de diccionarios, entre los que cabe destacar el Nuevo diccionario bíblico ilustrado de Samuel Vila12, el Nuevo diccionario de la Biblia de Alfonso Lockward13, el Diccionario ilustrado de la Biblia14 y el Diccionario bíblico abreviado15. Algunas de estas obras están integradas en programas informáticos para estudiar la Biblia. Lo malo es que muchas hacen más hincapié en los detalles históricos que en la aplicación práctica del cristianismo. De los libros de estudio que hacen más hincapié en temas relacionados con la vida cotidiana, recomendamos Tour temático de la Biblia16 y La Biblia en cápsulas17.

También hay numerosos libros devocionales basados en la Biblia, como Nuevas fuerzas para cada día18, Luz diaria para el camino diario19 y los de la colección Manantiales en el desierto, de L. B. Cowman20. Estos libros pueden ser muy útiles, sobre todo cuando todavía no se conoce a fondo la Biblia.

Testimonios de fe y del poder de Dios, poemas inspirativos, anécdotas y novelas que promuevan la fe y los valores cristianos, biografías de cristianos consagrados, etc. son también publicaciones que vale la pena leer. Asimismo recomendamos los libros de la colección De Jesús, con cariño21, compilaciones de mensajes de consuelo e instrucción recibidos directamente en profecía del mayor de los maestros: Jesús.

¿Por dónde comenzar?

La Biblia es un libro excepcional en el sentido de que no hace falta empezar a leerlo por la página 1. Hay quienes lo hacen y se empantanan en el libro de Números o en el Deuteronomio. Pierden el interés y paran de leer antes de llegar a las partes realmente importantes.

Recomendamos que comiences a leer la Biblia por los primeros cuatro libros del Nuevo Testamento —los Evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan—, crónicas de la vida y el ministerio de Cristo. Tal vez lo mejor sería que leyeras primero el Evangelio según San Juan, dado que es el que contiene la mayor cantidad de palabras textuales de Jesús. Hasta podrías leer todos los Evangelios o partes de ellos más de una vez antes de pasar a otros libros.

El libro de los Hechos de los Apóstoles es también importante, porque además de narrar los principales acontecimientos en los que participaron los primeros cristianos, sirve de modelo para la vida cristiana y la evangelización que realizamos en la actualidad.

El resto del Nuevo Testamento —las epístolas y el Apocalipsis— pueden resultar un poco difíciles de entender en un principio; pero si oras para que el Espíritu Santo te ilumine22, hallarás infinidad de pasajes bellísimos y contundentes promesas23. No te pierdas 1 Corintios 13, el capítulo sobre el amor.

Del Antiguo Testamento, el libro de los Salmos ha sido durante miles de años fuente de ánimo y consuelo para millones de personas. El libro de los Proverbios contiene mucha sabiduría y pensamientos que invitan a la reflexión. En los demás libros del Antiguo Testamento hay numerosos relatos fascinantes, salpicados de enseñanzas acerca del poder milagroso de Dios. Seguramente te tomará un buen tiempo leerlos todos. Es aconsejable que no te detengas demasiado en las instrucciones y rituales detallados del libro de Levítico, ni en las largas genealogías que aparecen en Números o en el primer libro de Crónicas. Si cierto pasaje no despierta tu interés, déjalo y busca algo que te resulte más atrayente.

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Marta y María —las hermanas de Lázaro, a quien Jesús levantó de los muertos— se contaban entre los amigos y seguidores más cercanos del Maestro. Cada una le manifestaba amor de forma muy diferente. En cierta ocasión en que Jesús enseñaba en casa de ellas, Marta «se preocupaba con muchos quehaceres». María, en cambio, «sentándose a los pies de Jesús, oía Su Palabra».
Al quejarse Marta a Jesús de que su hermana María debería ayudarla, Él repuso: «Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas. Pero solo una cosa es necesaria, y María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada»24. Dicho de otro modo, señaló que María había obrado con acierto al dar máxima prioridad a la Palabra. Jesús agradeció los servicios prestados por Marta; sin embargo, sabía que Su propio bienestar físico no era tan importante como las necesidades espirituales de ella.
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El ciclo de la vida
«Como desciende de los cielos la lluvia y la nieve, y no vuelve allá, sino que riega la tierra y la hace germinar y producir, y da semilla al que siembra y pan al que come, así será Mi palabra que sale de Mi boca: no volverá a Mí vacía, sino que hará lo que Yo quiero y será prosperada en aquello para lo cual la envié».
Isaías 55:10,11
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Que la potente llama de tu poder divino,
surgiendo poderosa, cual fuego abrasador,
encienda en cada mente, con rudo torbellino,
el bello pensamiento de paz y santo amor.
No falta en tus acordes, de celestiales notas,
la dulce melodía que el alma hace desear.
¡Eres la vida hermosa que de los cielos brotas,
inmensa, cual los cielos; profunda, cual la mar!
Tus páginas benditas, sembradas de diamantes,
irradian por doquiera destellos divinales;
tu voz, cuando se escucha, despide centelleantes
fulgores de la gloria y acentos celestiales.
¡Oh Biblia, Biblia hermosa! ¡Cuán dulce melodía,
sonando con dulzura, palpita blandamente
en ti, divino arpegio, albor de un nuevo día,
legado primoroso del alma del creyente!
Destilan miel y aromas tus perfumadas hojas,
tus dichos y promesas, tu grande bendición;
no son blancas tus hojas, tus páginas son rojas,
marcando así el gran precio de nuestra redención.
Adalberto López
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Importante: Consulte el manual del Fabricante antes de utilizar este aparato
Cualquiera que tenga dos dedos de frente estudia con detenimiento el manual de un aparato costoso antes de hacerlo funcionar. Así se ahorra mucho tiempo e inconvenientes, y evita causarle un daño irreparable. En cambio, quienes son muy impacientes para consultar primero el manual, o creen que ya saben cómo funciona el aparato, o no quieren admitir que necesitan leer las instrucciones, suelen meterse en un berenjenal.
¿Por qué pasarse la vida bregando con un problema tras otro cuando nuestro Creador y Fabricante —Dios— encargó a varios de Sus hombres la redacción de un manual de instrucciones que contiene diagramas detallados e indicaciones precisas para el complejo arte de vivir y hacer funcionar el cuerpo, la mente y el espíritu? Si no nos tomamos la molestia de leer primero el Manual, a fin de aprender a hacer funcionar bien nuestra alma, podemos desperdiciar muchísimo tiempo y causarnos a nosotros y a los demás una barbaridad de daño. La idea es preservar nuestra alma para uso de Dios, sin abusar de ella, y lograr que llegue al Cielo sana y salva. ¡No te arriesgues! ¡Lee el Libro y sigue sus instrucciones!
D. B. B.
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Cuándo leer

Con un programa de actividades tan apretado como el que tiene la gente hoy en día, ¿cómo hace uno para encontrar aunque sea unos minutos para leer la Palabra todos los días? He aquí una excelente oportunidad de poner a prueba a Dios pidiéndole que cumpla la siguiente promesa Suya: «Buscad primeramente el reino de Dios y Su justicia, y todas estas [otras] cosas os serán añadidas»25.

A la inversa, si te enzarzas en otros asuntos aparentemente más importantes y urgentes y resulta que no te queda tiempo para la Palabra de Dios, será inevitable que las cosas te salgan mal.

Prioriza la Palabra, y el Señor te concederá tiempo para todo lo demás que tengas que hacer. Probablemente te ayudará a obrar con más eficacia y economía de tiempo. Pronto descubrirás que al dar primacía a la Palabra, además de resolverse el problema de falta de tiempo para leerla y estudiarla, se te resolverán muchos otros problemas. Saldrás ganando desde todo punto de vista. Notarás claros progresos en tu relación con el Señor y en tu vida en general, y te sorprenderá cómo te las arreglabas antes sin ello.

El mejor momento para leer la Palabra es cuando se está más predispuesto a ello y en condiciones de prestarle mucha atención. A la mayoría de la gente ese momento se le presenta en la mañana, antes que se desate el ajetreo de la jornada. Una vez que te sumerges en tus demás tareas y obligaciones es mucho más difícil hacer caso omiso de las presiones para concentrarte en la Palabra de Dios y asimilarla.

Si por cualquier motivo la primera hora del día no te viene bien, busca algún otro momento propicio. Quizá te venga mejor tomarte ese tiempo apenas llegues al trabajo, o incluso en el trayecto, si no conduces. Si eres madre de familia y estás muy ocupada, procura hacerlo en cuanto hayan partido los niños al colegio o hayas puesto al nene a dormir en la mañana. Una excelente manera de llenarse de la Palabra es escuchar grabaciones, por ejemplo cuando vas en automóvil, o cuando sales a dar un paseo; o simplemente si prefieres escuchar a leer. En muchas librerías religiosas venden audiobiblias y audiolibros devocionales; muchos también se pueden descargar de Internet. También puedes grabar tú mismo tus pasajes preferidos.

Si no te resulta posible apartar un rato largo para leer la Palabra, prueba a hacerlo en dos o tres sesiones cortas de 10 o 15 minutos. Aprovecha para leer durante la pausa del café, o utiliza para ello parte de la hora de almuerzo. Te sorprenderá cuánto mejor te salen las cosas el resto del día. Hasta tus compañeros de trabajo se quedarán admirados. La noche es otro buen momento para leer la Palabra, sobre todo con tu familia. Tómate unos minutos para leer algo con ellos después de cenar, mientras aún están sentados a la mesa; o lee un relato de la Biblia a los niños antes de acostarlos. Otra opción puede ser estar un rato leyendo juntos tranquilamente la Palabra antes de retirarse a dormir. (Los momentos que pases leyendo la Palabra con tu familia contribuirán a estrechar los vínculos familiares más que ninguna otra cosa.) Unos minutos de lectura de la Palabra antes de dormir te servirán para calmarte si has tenido un día agitado. «Encomienda al Señor tus afanes»26 y dormirás mejor.

Una vez que descubras el momento más adecuado, dedícalo todos los días a la lectura de la Palabra hasta crear un hábito.

Elabora un plan de lectura

Siempre viene bien fijarse una meta y elaborar un plan para alcanzarla. Claro que la meta tiene que ser realista. Comienza con algo que sea asequible, como por ejemplo, 10 o 15 minutos al día de lectura de la Palabra. Hazlo durante una semana. Una vez que lo hayas logrado, aumenta los ratos de lectura a 20 minutos o media hora diaria. Otra posibilidad es hacerse el propósito de leer un Evangelio por semana y terminar con los cuatro al cabo de un mes. También puedes leer sobre algún tema que te interese: las preocupaciones, las relaciones humanas, consuelo si has perdido a un ser querido, etc. (En Tour temático de la Biblia se abordan de forma concisa más de 50 materias.)

Generalmente conviene trazarse un plan y tener un esquema diario de lectura. Sin embargo, habrá días en que te vendrá mejor leer algo distinto de lo que tenías pensado. Acostúmbrate a orar antes de leer. Así el Señor tendrá ocasión de indicarte un cambio de planes, en caso de que quiera que abandones el programa preestablecido y dediques tiempo a otro tema.

Pon variedad en tus ratos de lectura leyendo diversos libros de la Biblia y otras publicaciones devocionales. Un día puedes leer varios salmos; al día siguiente, unos cuantos capítulos de algún Evangelio; y al siguiente, unos pasajes breves de algún libro devocional, que puede ser Nuevas fuerzas para cada día o De Jesús, con cariño. Otra alternativa es seguir un programa similar de lectura pero por períodos más largos: por ejemplo, una semana puedes dedicarla enteramente a la lectura de un Evangelio; y la siguiente, a estudiar uno de los aspectos fundamentales de la fe cristiana que se presentan en Tour temático de la Biblia.

Calidad antes que cantidad

A diferencia de la mayoría de las otras cosas que leas —que pueden ser de carácter informativo, recreativo o laboral—, la Palabra de Dios nutre el espíritu. Digerir y asimilar una comida toma tiempo; el mismo principio vale para sacarle el máximo provecho a la Palabra. No sirve de mucho hojearla o leerla de prisa.

Lee detenidamente y tómate tiempo para reflexionar, meditar y orar sobre lo que leas. Si no comprendes o no retienes lo que lees, aminora la marcha. Aunque no leas más que un versículo o un pasaje, si descubres en él alguna verdad nueva, o si te induce a meditar profundamente, o te infunde paz o consuelo, o te hace sentir la presencia de Dios, o te lleva a emprender una acción positiva, tu lectura de la Palabra habrá valido la pena.

Sin embargo, no vayas a creer que todo rato de lectura de la Palabra irá necesariamente acompañado de un estremecimiento espiritual o de un novedoso descubrimiento. A veces no se siente nada. Eso no significa que debas parar de leer o que la lectura de la Palabra no tenga efecto. Cuando se ingiere un alimento saludable, el organismo se fortalece, aunque uno no lo perciba inmediatamente con los sentidos. De igual forma, la Palabra nos fortalece el espíritu, tanto si sentimos sus efectos enseguida como si no.

Limita las distracciones

Busca un lugar tranquilo donde no te vayan a interrumpir. Si te mentalizas de que se trata de tu cita diaria con el Señor, tan importante como un compromiso de índole comercial o cualquier otra actividad, estarás menos inclinado a admitir interrupciones. Cuelga en tu puerta un letrero que diga «Se ruega no molestar». Desconecta el teléfono o pide a tu secretaria que no te pase las llamadas por un rato. Prepara una actividad para que los niños se entretengan solos un ratito sin hacerse daño.

Finalmente, antes de leer la Palabra ora para que no te distraigas con otros pensamientos. Aun cuando tengas por delante un día muy ajetreado o complicaciones mayúsculas, Jesús puede ayudarte a dejar de lado temporalmente tus preocupaciones para que puedas concentrarte en lo que leas.

Dónde leer

Huelga decir que algunos sitios son más adecuados para leer la Palabra que otros. Un banco en una plaza puede llegar a ser un poco incómodo. Por otro lado, un sillón mullido puede resultar demasiado cómodo. Algunas personas son perfectamente capaces de despertarse, estirar el brazo, encender una luz y pasar un rato provechoso de lectura a primera hora del día. Otras se despiertan, estiran el brazo, encienden la luz y se vuelven a dormir. Tú mismo tienes que descubrir lo que te va mejor.

Entra en calor alabando al Señor

El Salmista dijo: «Venid ante [la] presencia [de Dios] con regocijo. Entrad […] por Sus atrios con alabanza. ¡Alabadlo, bendecid Su nombre!»27 Antes de iniciar la lectura de la Palabra, tómate unos momentos para dar gracias a Dios por Su bondad y por las bendiciones que te ha otorgado. Eso contribuye a crear un ambiente propicio y aparta tus pensamientos de otras cosas. Piensa en todas las formas en que te ha favorecido y exprésale tu gratitud. El libro Para Jesús, con cariño: En acción de gracias28 contiene hermosos textos de alabanza a Dios. De vez en cuando, prueba a leer una página del mismo antes de iniciar la lectura de la Palabra.

Si te sabes canciones de alabanza al Señor, puedes cantar una al inicio de tu rato de lectura, aunque solo lo hagas en tu corazón. Si tienes un disco de canciones de alabanza, escucha algunas29.

Memorización de la Palabra

«Pondréis estas Mis palabras en vuestro corazón y en vuestra alma»30. La mejor forma de retener los versículos más importantes que se leen es aprendérselos de memoria. Los versículos que memorices se convertirán en parte de ti. Aumentarán tu fe y te acompañarán toda la vida. El Espíritu Santo podrá recordarte alguno de ellos con más facilidad cuando sea la clave para resolver una situación o dificultad que se te haya presentado. Te resultará natural invocarlos cuando ores.

Memorizar versos importantes y saberse la referencia de cada uno —por lo menos en qué libro y capítulo se encuentra— es de mucha utilidad para transmitir la Palabra a personas que necesitan la verdad y las soluciones divinas. El estudioso de la Palabra tarde o temprano se convierte en maestro de la misma.

Al principio la idea de aprenderte partes de la Biblia puede llegar a intimidarte, pero en poco tiempo le agarrarás la onda. Comienza leyendo un par de veces el versículo que quieras memorizar. Luego procura repetirlo entero o en parte sin mirar el texto. También puedes copiarlo en un cuaderno o mecanografiarlo para tenerlo a mano y poder repasarlo más tarde.

Repásalo por un par de minutos varias veces al día hasta que te lo aprendas y seas capaz de repetirlo sin mirar el texto. Puede que al final del día ya te lo sepas, o puede que te tome más tiempo. Cuando te lo hayas aprendido, escoge otro verso para memorizar. Para que no se te olviden los versos, repásalos al menos dos veces al día durante una o dos semanas; cuando ya los tengas grabados en la memoria, puedes reducir la frecuencia. Repasar a intervalos regulares lo memorizado es vital para garantizar su retención. Verás que todo lo que memorices, aunque te lo aprendas muy despacio, enseguida te aprovechará.

Si no te consideras capaz de memorizar la Palabra, piensa en lo mucho que ya te sabes de memoria: por lo menos un idioma, las tablas de multiplicar, números de teléfono, direcciones, fechas de cumpleaños y otras cosas por el estilo. La repetición es una de las leyes de la memoria. Lo que uno oye o lee con bastante frecuencia, acaba por quedársele grabado.

(Si quieres memorizar la Palabra de Dios pero no sabes por dónde empezar, en el librito La Biblia en cápsulas encontrarás una excelente recopilación de versículos sobre 35 temas.)

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Llénate el corazón y la mente de la verdad de Dios
El Señor nos ha dotado de la mejor computadora que se haya inventado jamás: nuestra mente. Ahora bien, lo que pongamos en ella depende de nosotros. De algo se tiene que llenar, bueno o malo. Todos tenemos reflejos condicionados que nos llevan a reaccionar de determinada manera según lo que hayamos aprendido o vivido. Por eso, difícilmente puede haber algo más importante que memorizar la Palabra de Dios.
Dios mismo es como un gigantesco Servidor. Puedes conectarte a Él para que te transmita mediante Su energía —Su Espíritu— toda la información, la sabiduría y las soluciones que necesites. Si lees, estudias y memorizas aplicadamente Su Palabra, Su Espíritu te la recordará cuando sea preciso. La hará aparecer en tu pequeño terminal cada vez que hagas la conexión justa en tu programa.
Una vez que hayas saturado tu corazón y tu mente de la Palabra de Dios, solo te hace falta ser un instrumento dócil. De esa manera, el Señor podrá sentarse frente al teclado y extraer de tu computadora la información que quiera, pues en los módulos de memoria instalados en tu cabeza habrá cantidad de datos, según la programación que tú hayas hecho.
D. B. B.
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¿No es estupendo contar con la Palabra de Dios como fuente de aliento? Absórbela hasta lo más profundo de tu ser. Lo que te fortalece es la Palabra, que obra por medio del Espíritu del Señor y de Su amor.
D. B. B.
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Puede que algún día las únicas Escrituras con que cuentes sean las que hayas atesorado en tu corazón.
D. B. B.
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¿De dónde sacaba Susana Wesley tiempo para comulgar con Dios y leer Su Palabra cada día? Tenía 17 hijos. Sin embargo, hacía malabares para pasar una hora diaria leyendo la Palabra y rogando por ellos. Es evidente que priorizaba la lectura de la Palabra, ejercicio que a la larga rindió sus frutos, sobre todo teniendo en cuenta lo que lograron por el Señor dos de sus hijos —John y Charles— ya de mayores. Además de fundar la Iglesia Metodista, John Wesley dio inicio a un reavivamiento religioso que se extendió por toda Inglaterra y Gales. Su hermano menor Charles también fue un predicador de renombre y escribió más de 6.000 himnos.
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Siempre verdadera, siempre a tu disposición
«Ninguna palabra ha fallado de toda Su buena promesa» (1 Reyes 8:56, NBLH).
«Para siempre, Señor, permanece Tu Palabra en los cielos» (Salmo 119:89).
«La suma de Tu Palabra es verdad, y eterno es todo juicio de Tu justicia» (Salmo 119:160).
«La hierba se seca y se marchita la flor, mas la Palabra del Dios nuestro permanece para siempre» (Isaías 40:8).
«El cielo y la tierra pasarán, pero Mis palabras no pasarán» (Mateo 24:35).
«La Escritura no puede ser quebrantada» (Juan 10:35).
«La palabra del Señor permanece para siempre» (1 Pedro 1:25).

1. © Sociedades Bíblicas Unidas.
2. Editorial Desclée De Brouwer.
3. © Biblioteca de Autores Cristianos de la Editorial Católica, S. A.
4. © Biblica.
5. © Ediciones SM.
6. © Sociedades Bíblicas Unidas.
7. Hechos 8:26–39.
8. Editorial Caribe.
9. Editorial CLIE.
10. Editorial Portavoz.
11. Editorial Vida.
12. Editorial CLIE.
13. Editorial Unilit.
14. Editorial Caribe.
15. Editorial Verbo Divino.
16. © Aurora Production AG.
17. © Aurora Production AG.
18. © Aurora Production AG.
19. Editorial Mundo Hispano.
20. © Editorial Vida.
21. © Aurora Production AG.
22. Juan 16:13.
23. 2 Pedro 1:4.
24. Lucas 10:38–42.
25. Mateo 6:33.
26. Salmo 55:22 (NVI).
27. Salmo 100:2,4.
28. © Aurora Production AG.
29. Efesios 5:19.
30. Deuteronomio 11:18.

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