Dar la gloria a Dios

Cuando Dios dijo que recibiríamos poder sobrenatural para testificar, hablaba en serio. Ese poder es real y puede que sus manifestaciones iniciales te sorprendan. Es posible que Dios te dé una perspicacia especial para entender a la gente y sus problemas, es decir, la capacidad de captar ciertas cosas que no te han contado y que no tenías forma de saber. O tal vez te asombre lo clara y persuasivamente que brota de tus labios el mensaje del Señor, aunque en otras situaciones te resulte difícil comunicarte o expresarte. O quizá te pongas a relatar experiencias de las que no te acordabas desde hace años, o digas cosas que no tenías pensado decir, y descubras luego que eso era justo lo que la otra persona necesitaba. Puede que te venga a la memoria algo que leíste una sola vez en la Biblia y que resulte ser la respuesta ideal para la pregunta de tu interlocutor. A ese fenómeno se refería Jesús cuando dijo: «No sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu de vuestro Padre que habla en vosotros»1.

La primera vez que ocurre algo así, uno se da cuenta de que se trata de una experiencia sobrenatural, de que es obra del Señor y no de uno mismo. Y uno se entusiasma tanto que le reconoce a Él el mérito espontáneamente y de todo corazón.

Sin embargo, Dios no tiene por qué circunscribirse a manifestaciones tan patentes e inequívocas de Su Espíritu para obrar por medio de ti. Él se valdrá de cualquier cosa para atraer a la gente hacia Él, incluidos los dones y talentos que tengas. Si eres extravertido y te resulta fácil entablar amistades, se valdrá de eso. Si tienes dotes de mando o de liderazgo, se valdrá de eso. Si eres una de esas personas con las que resulta fácil desahogarse, a las que muchos acuden para contarles sus intimidades, se valdrá de eso. Si eres elocuente, se valdrá de eso. Si eres músico o cantante, se valdrá de eso. Se valdrá de todo talento que tengas, si se lo permites.

Pero también quiere que recuerdes que todo éxito que alcances se debe únicamente a que Él obra por medio de ti, y no a tus propios méritos. Aun tus habilidades naturales son dones que Él te ha otorgado. «Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre»2.

Si empiezas a atribuirte el mérito de ser un buen testificador, o un orador elocuente, o un persuasivo promotor del Evangelio, en vez de levantar a Jesús para que Él atraiga a todos hacia Sí mismo3, vas a atraer a la gente hacia ti. Si haces eso, no serás un testificador eficaz por mucho tiempo. Es propio de la naturaleza humana querer atribuirse el mérito de lo que uno ha logrado; pero en lo relativo a la testificación, el Señor necesita que no perdamos la humildad. Debemos recordar con frecuencia que sin Su poder no podríamos conducir a nadie hacia Él. Él dice: «No con [tu] ejército, ni con [tu] fuerza, sino con Mi Espíritu»4. ¡Esa es la clave!

De hecho, el Señor en muchos casos opta por servirse de seres humanos que no son muy dotados por naturaleza y los convierte en excelentes testificadores, porque así es evidente que lo que los hace destacar no son sus propias habilidades o presuntos méritos. Sobresalen porque se han conectado a una fuente exterior que les ha proporcionado amor, luz, felicidad y otras cosas buenas.

«Mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en Su presencia»5. También se escribió lo siguiente de algunos de los primeros discípulos de Jesús: «Viendo el denuedo de Pedro y de Juan, y sabiendo que eran hombres sin letras y del vulgo, se maravillaban; y les reconocían que habían estado con Jesús»6.

Si deseas servir y complacer al Señor, lo lógico es que le pidas asistencia y orientación, y que por consiguiente quieras darle las gracias y reconocerle el mérito cuando te ayude a tener éxito, como hizo el apóstol Pedro en cierta ocasión en que iba acompañado de Juan y se juntó una multitud alrededor de ellos a raíz de la curación de un cojo en el templo. «Todo el pueblo, atónito, concurrió a ellos. […] Viendo esto Pedro, respondió al pueblo: “Varones israelitas, ¿por qué os maravilláis de esto? ¿O por qué ponéis los ojos en nosotros, como si por nuestro poder o piedad hubiésemos hecho andar a este? […] Dios […] ha glorificado a Su Hijo Jesús. Y la fe que es por Él ha dado a este esta completa sanidad en presencia de todos vosotros”»7.

Nunca dejes de reconocer, por vergüenza, por miedo o por orgullo, que eres un siervo del Señor y que es Él quien te ayuda a realizar todo lo bueno que haces. «Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por Su buena voluntad»8. Si tienes presente y admites ante los demás que no eres más que un instrumento en manos del Señor, Él se llevará la gloria de todo lo que bueno que obre por medio de ti, y verás que así te bendecirá y se valdrá de ti de formas maravillosas. ¡Dale toda la gloria!

1. Mateo 10:20.
2. Santiago 1:17.
3. Juan 12:32.
4. Zacarías 4:6.
5. 1 Corintios 1:26–29.
6. Hechos 4:13.
7. Hechos 3:11–13,16.
8. Filipenses 2:13.
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